miércoles, 21 de septiembre de 2011

MARTIN PESCADOR, UN JUEGO

-Martín Pescador, ¿me dejará pasar?
-Pasará, pasará, pero…
Algo se debía dejar por el camino. Un peaje irrisorio, pero peaje al fin.
Pagar para seguir. El continuar no es gratis, ni en un juego de niños. Y cada mañana, mucho tiempo después, repetimos la pregunta al pararnos frente al espejo rumbo a lo cotidiano.
-Martín Pescador, ¿me dejará pasar?
Y la misma pregunta la vemos en miles de rostros que se cruzan fugazmente con nuestro propio interrogante. En muchos percibimos la respuesta, en otros, la angustia de un vago presentimiento. Pero todos sabemos que hay una ofrenda, un pago ineludible.
Martín Pescador, ese personaje pérfido e implacable, esa metáfora de portero insobornable sigue presente en nuestras vidas. Y no se cansa de sacar, como si de la galera de un mago se tratase, una infinita gama de sanciones y estipendios, multas absurdas y facturas ingratas, una variedad de tributos, a veces, de chiste; muchas otras de una crueldad que pareciera que el fondo de su chistera estuviese en el mismísimo infierno.
Pero él no hace el destino, solo es un empleado. Un funcionario más del insondable universo. De nada vale insultarlo, ni para desahogo. Está ahí para levantar la barrera después de la pregunta de rigor, y la inevitable respuesta. Que nos es igual para nadie. Ni previsible.
Sabe, es su trabajo, que todos pagaremos. A gusto o a disgusto. Todos, absolutamente todos, tendremos, siempre, algo con qué pagar. Nosotros lo sabemos, y el saberlo tiene doble filo: en tanto preguntemos hay camino, y pérdida.
Una sabiduría ancestral ha diseñado un sistema didáctico –uno de tantos-, para que de un modo lúdico incorporemos una regla esencial de nuestras existencias. Nos educa desde pequeños en el precioso, y doloroso, arte de vivir.
“Para nacer hay que romper un mundo”, escribió Hermann Hesse, el gran novelista y filosofo alemán. Del mismo modo que los pollos rompen el cascarón. Y las serpientes. Lo hacemos a diario. Con vehemencia, con desesperación, solos. No hay otro modo. La naturaleza social del ser humano ha buscado diversas formas de minimizar ese terror individual, el pavor a la respuesta del portero. Casi siempre erróneas.
-Martín Pescador, ¿nos dejará pasar?
Así, en plural, gritan a coro multitudes. Como si en la masa, el personaje no pudiese distinguir a cada uno de los componentes del colectivo. El tipo levanta la barrera pero sin mover una ceja da a cada uno su correspondiente factura. Desigual, por supuesto. A cada cual un monto diferente. Y arbitrario. Por eso, Dios. La imagen universal que justifica lo injusto. O merecido. O simplemente inexplicable. Dios, el supervisor del portero, el gerente de la gran empresa. Los reclamos nunca se los hacemos al guardia, dirigimos nuestra ira al jefe. Pedimos hablar con el gerente. Pero como en cualquier administración, nos conminan: pague primero y luego eleve su queja donde corresponda. Lo peor, al igual que en los contratos que firmamos ciegos de ilusión con los bancos creyendo tener asegurada la mensualidad eternamente. Y en el momento más acuciante nos dan a leer la letra pequeña. ¡Ahí va! Esa que subestimamos. ¡Ah, sí, cierto! En fin ¡qué cagada!
-Martín Pescador, ¿me dejará pasar?
Preguntamos nuevamente, solos.

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