viernes, 4 de octubre de 2013

LAS ISLAS DE LA MEMORIA y OTROS DEMONIOS (1º parte)



Ahí, en ese mar de la existencia consumada (o consumida, o devorada), existen islas; algunas despobladas –ya extinguidos los últimos seres que agitaban sus lejanos días-, y otras aún bulliciosas. O simplemente serenas en la melancólica puesta de sol permanente.
A nado entre unas y otras buscamos reposar luego de la travesía, y encontrar, de ser posible, una voz o un objeto al menos que nos confirme la veracidad aproximada de un destino: el propio. Como si un cometa se volviese sobre los fragmentos de su cola diseminada para reconocer algo del universo transcurrido.
Islas de playas breves. Otras cercadas de peligrosos manglares de pasiones tan densas que solo el afán de morir allí puede justificar que nos internemos con dificultad entre su enredadera. Islas de susurros que se funden con el aire tibio e incierto de su intemporal jornada. Islas de un luto insoportable. O de una algarabía irreconocible.
Es ese mar casi siempre encrespado, continuamente caótico, entre una isla y otra, quien verdaderamente nos acaba arrojando en una de las orillas. Los viajes son por lo general, nocturnos. Y sin más equipaje que la soledad que se ajusta como un traje de neopreno. Suficiente. Más peso nos llevaría inevitablemente al fondo. Y en ese fondo quién sabe.
Hay quienes prefieren quedarse para siempre en una de esas islas, y apagarse laxamente junto al resto de pobladores o ausencias. Hay islas que solo poseen eso, ausencias.
En ocasiones la cercanía de éstas a otras, confunden al viajero con voces que esparcen las ondas marinas y los aletazos de fantasmales gaviotas. Aparentan ser islas circunstancialmente deshabitadas cuando nunca han sido otra cosa. Tal vez pertenecieron a un proyecto, o a un sueño. O se inventaron a si mismas copiando el deseo de otras, el ansia de repetir un espacio aparentemente feliz. Y solo lograron el esquema, la arquitectura y el paisaje. Nada más. En alguna quizá se encuentra un tesoro, que poco tiene que ver con la juventud, más bien todo lo contrario. Y en otra una enorme ruina.
Somos náufragos constantes. Incorregibles.
Y los demonios flotan.
Hacen lo que hacen los demonios: jugarretas, mofas; canturrean y murmuran; se hacen los muertos. Al llegar a una de las orillas solo ellos, a veces, nos dan la bienvenida. Después de haber ido todo el periplo a nuestro lado. Pero es cierto que en eso, también a veces, se agradece su compañía. Somos sus creadores, al igual que creamos las islas, los parimos a ellos. Son…como hijos. Y los queremos sean como sean. Son nuestra canción y nuestras lágrimas.
Son como los fragmentos que arrastra el cometa, junto a las islas. Un solo cuerpo dentro del nuestro.

jueves, 3 de octubre de 2013

DEMONIOS -a César Vallejo-

Y al volver...Sentado en la mesa de este café de Monserrat y Conde Duque, miro los muros del cuartel ahora renovados con sus enormes ventanales y sus ladrillos austeros. ¿Qué pasó? Todo. Sabrina me trae un té y un bollo, me sonríe. Siempre tiene buena disposición, no hay crisis que melle su mirada amable. Tanto tiempo, me dice. Y no hace tanto, la verdad. Pero parece que lo fuera, desde el invierno pasado a este otoño recién venido y ya tan mal dispuesto. Con mala uva.
Alguien me sugirió, a propósito de mi entrada de ayer la de la neutralidad y los mocos, que también, y del mismo modo versátil se podía jugar con las legañas, y hasta con la cera de los oídos. Le pedí que no siguiera, que si es por eso el ser humano tiene mucha materia maleable al alcance de los dedos. Y ciertas poco agradables, al menos para un bar. Lo que sí reconocí es esa miscelánea de elementos que se aculan en el alma de cada uno, y que al meter mano pueden darnos sorpresas, en ocasiones, muy satisfactorias. Multiformes, variopintas,y hasta aromáticas. Puede ser -el alma-, la galera de un mago o el arcón de un Capitán Garfio. Cualquier cosa. Yo he sacado de allí la espuma de un mar con el mar de fondo y la brillante aleta de un cachalote cortando pacíficamente el horizonte. Y he visto cadáveres y los he cubierto piadosamente con unas nubes densas de tormenta bonaerense. Le conté, además, al comedido, que mejor no destapar ciertas alcantarillas. No rebuscar en las canaletas oxidadas. No le dije que me rajé muchas veces por insistir con necedad taurina en ese ejercicio que está al límite del masoquismo. Nada bueno o noble hay por allí. Los sedimentos no suelen ser todos propios, muchas veces te los dejan o uno deja que se los dejen, y no hacen más que fermentar de una forma maligna. Ya sé que a muchos les encanta ver -en particular si de escritores se trata-, las exhibiciones de miserias genuinas, eso de “murió comido por los piojos”, como se dijo del pobre César Vallejo. Que lamentablemente fue así. Y el lector disfruta de aquel auténtico aquelarre de angustia e impotencia. Y sobre todo del personaje que lo ha escrito. No, es que el tipo realmente vivía un infierno, cagado de hambre, comentaba un colega en un bar de la calle Corrientes llamado los tres pinos, mientras se zampaba un pebete de jamón y queso. Y agregó, limpiándose las migas de su barbilla, ése sí que buceaba en lo más profundo del alma. Sí, y se ahogó, pensé en aquel entonces. A los veinte me seducía la saga de escritores mal llamados malditos. Pero no tardé mucho en comprender que toda esa magia tenía un costo atroz y en ningún caso deseado. Más allá de la auto compasiva contemplación de “un mundo sin mí” conmigo convertido en héroe, y la imaginaria observación de un público, o al menos un ser deseado y nunca obtenido llorando a mares por nosotros. No, gracias. A César le hubiesen venido mejor unos buenos platos de fideos, y unas caricias. Nada más. Pasa como en otro ámbito con el Che Guevara. Todo tipo de elucubraciones sobre lo que dijo o no dijo en sus últimos momentos, cuando entre el asma y las extremidades baleadas esperaba un último y piadoso tiro. Todo un sacrilegio pensar que él hubiese deseado, en ese instante irreversible, estar sentado en su Córdoba natal tomando unos mates. Enaltecida su muerte, que se niega a asumirla como tal, al servicio de intereses totalmente ajenos ya, y en ocasiones en las antípodas de las propias ideas del Che. Sí Gardel se hubiese visto “cocinado” como lo hallaron, tal habría preferido ser un simple cantor de barrio. Por suerte no fue así, lo siento Carlitos. Lo que digo, le dije, a Jaime, que así se llama este colega de las sugerencias, que una cosa es hablar de mocos o moquitos, y otra es el suicidio o la tragedia, por glorioso que parezca -y no siempre lo consiguen- en un futuro absolutamente incierto. Si no revolvés bien adentro nunca vas a ser un artista, insistió, y le respondí que lo que quería, hoy por hoy, son unos simples y vulgares mangos para la pitanza, y que estas alturas me daba igual el “arte” o ARTE, así, con mayúsculas, que cada cual hace lo que puede y que en definitiva no se puede cagar más alto que el culo, aunque te subas a una escalera. Sé que me lo dice con buena intención. Yo también.
Sabrina me miró un par de veces pero ya no le iba a pedir más nada. Gastada mis últimas monedas decidí marcharme con los últimos demonios que aunque mansos seguían adheridos a mi como una lapa. En parte me daban pena. Y me hacían compañía.

miércoles, 2 de octubre de 2013

NEUTRALIDAD Y MOCOS



Hay sitios neutrales. Un bar lo es. Allí los ogros y las brujas dirimen sus tribulaciones y desacuerdos infinitos. Los poetas creen verse reflejados en los mármoles mugrientos y los espejos envejecidos. Los solitarios simplemente degustan su condición con más o menos entereza, o sabiduría. Algunos la tienen. Las ideas, colgadas de palabras a veces no muy apropiadas sobrevuelan las testas de los intelectuales, y reposan finalmente con languidez sobre las copas y tazas de café ya definitivamente vacíos. No es tu casa, ni la mía. Es un hogar común, circunstancial. Neutro. En esa neutralidad me recuesto de tanto en tanto a revisar los bolsillos del alma. Y entre pelusas antiguas y alguna moneda sin valor; entre los restos de una galleta molida, y el escombro auténtico de un sueño cobarde, descubro un algo, una cosa, para mi importante. Aunque solo sea por un rato. Como quién juega con su moco. Lo estira, lo aplasta, lo hace bolita, y luego, aburrido lo arroja por ahí. Para que caiga donde caiga. Para algunos es algo trascendente, digo, el moco de su alma. Para otros simplemente eso. Unos describen su moco como el gran hallazgo filosófico. O místico. Se reverencian ante su moco, ya aplastado, ya hecho bola. Yo también me maravillé muchas veces de haber encontrado, como la piedra fundamental, un moquito de mala muerte entre la herrumbre inconfesable de mis entrañas. Lo que tiene mérito, sí, y lo digo por otros, es que hurguen en sus fondos. Al menos cada tantos años. No está mal. ¡Qué va a estar mal! Así hubo quién escribió, no sé, La Divina Comedia, por ejemplo. Pedazo de moco encontró el Dante. ¡Lo que debió ser su alma! Dios la tenga en un buen círculo, que se lo merece el tipo.
Busqué un bar, y a conciencia de todo esto, lo de la neutralidad y los mocos, me encaré de una vez por todas con los demonios. Los míos. Me seguían a sol y a sombra. Más a sombra. Ni mear solo. Es muy curioso como ponen caras de angelitos en cuanto los enfrentas. Pero lo más llamativo es ver en sus caras las nuestras. Y no es que pienses matarlos. Imposible. Simplemente le extiendes una nota de despido. Gracias –o desgracias- por los servicios prestados. Porque fueron útiles. En algunos aspectos sirvieron a un fin. Aunque sea al nuestro. Volví, exclamé para mis adentros, allí en donde también se alojan moquitos. Supe que más de un demonio acabaría siendo otra bolita arrojada a la nada.
Fue un alivio, en parte. No todo queda intacto. Más bien lo contrario. Y es natural que si vas de paseo por el infierno –o de paso-, acabes con demonios pegoteados por todos lados. Como abrojos. Aunque no siempre llegamos a descubrir cuántos llevamos encima. Al igual que los parásitos en la panza de ciertos peces oscuros y trashumantes.
A la distancia una bruja y un ogro, luego de una agria y contenida disputa, entrelazaban sus manos. Hasta les brillaban las miradas. Al menos eso me pareció. Después oí, cuando se marchaban, un susurro de reproche y uno de ellos empezó a menear la cabeza. Quizá uno de mis demonios, aún activo, trataba de distraerme de la tarea esencial que me había propuesto: volver.  No lo conseguiste, salame, demonio de tres al cuarto. Volví. Estoy de vuelta.
Estoy de vuelta.

martes, 28 de agosto de 2012

DE OGROS, BRUJAS...Y DE MI


De regreso de unos meses de ausencia “cincuentaunera”, en los cuales viví fabulosas aventuras y no menos magníficas experiencias que a continuación pasaré a relatarles…sería lindo empezar así. Pero no. No escribí nada en mi blog porque mi cerebro, o lo que queda de él, se ha encontrado un tanto desierto. O superpoblado de contingencias cotidianas de ínfimo, o nulo, interés público. Que para el caso es lo mismo. Pero no he dejado de cruzarme con ogros y brujas. Y hasta de intercambiar “opiniones” con ellos, (entrecomillo porque la verdad más que opiniones son resuellos y exabruptos). De hecho, J.R.M.G., ogro si los hay, se paró delante de mi con el rostro más atribulado que de costumbre, y sin siquiera soltar un “buenos días”, me lanzó un ronco y humeante: ¡Una mierda! ¿Sabes qué? ¡Una mierda! ¿No decías tú que alejarse un tiempo arreglaba el asunto? ¿Te acuerdas? Antes del verano…se fue de vacaciones ¡un mes! ¿Y cómo ha vuelto? ¡Como una bruja! Que le tenía la casa hecha una chabola, que olía, que no se me puede dejar solo…
El siguió pero yo ya no lo escuchaba. Además me reclamaba a mí como si fuese su terapeuta…o el cura que los casó. Le di un par de palmaditas en el hombro y huí. Me arrepentí de ser entrometido. Aunque la vez que hablé con él solo le di mi opinión, no es que pretendiera aconsejarlo. Pero se ve que el tipo se lo tomo muy en serio. Tanto, según me enteré luego por M.C.R.P, una bruja vecina, que el hombre se gastó hasta la última moneda para “darle vacaciones” a su mujer, y a sus dos niñas, y a la vuelta no había en la nevera ni un huevo ni dinero para comprarlo.
M. la excusó a su vecina largándome a mí el fardo de lo terrible que somos los hombres con el manejo de la “pasta”, que somos un desastre total, que sabemos ganarlo pero no nos dura, que si no fuese por ellas viviríamos al pairo, y mugrientos, en fin. Se desahogo. El marido de M. es un tipo calvo, de aspecto pulcro y gestos de timorato. Una vez me dijo: se ve que usted es un hombre con carácter. Me dio pena. Primero porque se confundía, soy bastante cobarde y tímido. Segundo porque me dio a entender que él vivía sometido.
De todos los ogros y brujas con los que me cruzado en estos últimos tiempos no escuché otra cosa más que rezongos, insultos, acusaciones mutuas…bah, lo de siempre. Ninguno parece haber registrado la crisis, las revueltas árabes, las pavorosas matanzas en Siria, (la verdad, toda la izquierda universal tampoco parece darse por enterada), los anuncios de apocalipsis variopintos, ¡el cacharrito con ruedas que recuerda a “Las Crónicas Marcianas”!, las algaradas nacionalistas, populistas o racistas (Grecia), la muerte de la atleta Somalí (Samia Yusuf Omar) que intentó llegar a Lampedusa en patera para –dicen- participar en los juegos de Londres…Nada. Los ogros y las brujas, en sus microcosmos.
Una bruja me preguntó: ¿y tú qué?
-¿Yo?
-Sí, tú…que tanto te gusta criticar…¿qué? Seguro que eres un ogro de lo peor, ¿por qué no hablas de ti? ¿Estás casado?
(Me pareció que me lo preguntaba con otro interés, mal pensados como solemos ser la mayoría de los tipos…como yo. Y mentí).
-Pues no…-, y sonreí tontamente haciéndome el pícaro. Error. La bruja me caló al instante.
-Deberías…y después ponte a hablar de los demás-. Y se fue, meneando el culo, ofendidísima.
No era mi intención liarme con esa…bruja. ¡De verdad! Uno actúa por instinto, nada más. Pero es cierto que muchas mujeres se ven más atractivas cuando se ofuscan que cuando nos miran con un cierto hilo de baba. ¡Ah! Que la baba solo era cosa de hombres…no, no, de ninguna manera. ¡Hasta los ogros y las brujas babean! A su modo, claro.
Esa noche me paré a observarme fijamente en el espejo. Mucho más que de costumbre. Al punto que mi mujer golpeó la puerta del baño y me preguntó si me sentía bien. Cosa que no hace casi nunca. Debí haber estado en silencio demasiado tiempo. Salí rápido como si me hubiesen pillado en algún renuncio, y la miré fijamente a los ojos, (creo que la asusté un poco)
-¿Qué pasa?-, susurró.
-Dime la verdad ¿para ti soy un ogro?
-Claro-, respondió con una sonrisa, -pero no todo el tiempo-, aclaró –sino hace mucho que te hubiese mandado a la mierda…yo también soy un poco brujita, ya sé, pero es lo que hay…como las lentejas…-
-Qué…
-Las tomas o las dejas…
-No; me refiero a eso que soy un “ogro”…
-Tú eres el que habla todo el tiempo de eso…deberías saberlo mejor que nadie, ¿no?
-Hoy “una” me dijo algo parecido…
-¿”Una” qué?
-Y…una…bruja…
-¿Estaba buena?
-Nooo…no te he dicho…era una bruja…

(Está historia continuará)
(Eso espero)
(Sí, creo que si…)
(Si, seguro que si…)
(Si)


sábado, 7 de enero de 2012

SOBRE OGROS Y BRUJAS

Nada. Ni la cada vez más posible guerra de Irán contra potencias occidentales; ni las “primaveras” árabes; ni los otoños capitalistas. Nada. Los ogros y las brujas continúan con su rutinaria y esperpéntica condición en millones de hogares de todo el mundo mundial. Nada cambia en la primitiva e imperecedera estructura cotidiana de estos seres condenados a ser lo que son, y a hacer lo que hacen sin perjuicio de cambios climáticos y tecnológicos. Como los virus, mutan. Se adaptan a los nuevos tiempos, y a las nuevas situaciones medioambientales y sociales. Sin perder jamás su esencia, por supuesto: ogros y brujas.
La cura a semejante pandemia subestimada es simple, me dijo uno, se llama “divorcio”. En cuanto apartas a un ogro de una bruja, o viceversa, verás que reaparece un rostro humano. Aunque otro me sugirió, a modo de exorcismo, y para no ser tan violento, un tratamiento intermedio: la “separación” de ambos seres, cuánto más lejos mejor, por ejemplo, uno a Rumanía y el otro al Congo. Si hay leones, el problema sería resuelto aún más rápido.
No hay bruja sin ogro, y viceversa. Decían.
Unas amigas, sin embargo, me han trasladado serias dudas: el ogro seguirá siendo ogro con o sin bruja. Algo parecido a lo que me dijo un tipo: la bruja es bruja, porque es una bruja…y se acabó. No puedo negar que no les faltan razones, es más, coinciden con ciertas teorías populares muy extendidas, que aunque por poco eruditas no son escasas de sabiduría, aquella sabiduría madurada de boca en boca a lo largo de los siglos: lo que está en la naturaleza de cada uno permanece, siempre, a solas…o en montón. La ciencia le presta poca o ninguna importancia al asunto, de hecho no hay, hasta donde sé, estadísticas que corroboren ni lo uno ni lo otro. Cuando hablamos de ogros y brujas, caminamos a ciegas.
No hay estudio fehaciente que pruebe los cambios que sufre el cuerpo de un ser, que antes fue humano, en el caso que lo haya sido, el exorcismo o la cura antes mencionada. Tampoco hay elementos contrastables acerca del pre proceso de transformación, esto es, cuántos eran, realmente, ogros, y cuántas, brujas, antes de manifestarse de modo concluyente en tales especímenes, durante el matrimonio. ¿La enfermedad proviene del matrimonio? Esto me lo preguntó una joven con rostro preocupado. No supe qué decirle, la verdad.
También me preguntó algo muy interesante, y sobre todo, acorde a éste, su tiempo: ¿No hay estudios genéticos al respecto? Le respondí lo lógico: no me consta. Y me puse a buscar desesperadamente en internet. Nada. Sí, cosas de mitologías hay. Cuentos que no tienen nada que ver con esta dura realidad.
Se pierde el tiempo precioso de geniales científicos, y enormes fortunas, en investigar la genética de una laucha, pero saber si ogro se nace o se hace, ná de ná.
Un fatal descuido de los gobiernos más desarrollados: el ogreísmo y el brujismo son causas de millones de muertes, muchas prematuras, en gente de avanzada edad (hasta ancianas). De hecho es una de las razones de muerte más extendida en nuestras modernas sociedades (¡tan evolucionadas que las creemos!). Causan tabaquismo, alcoholismo, consumismo grave, tos, vómitos, renqueras, migrañas, insomnios, mal de ojo y presbicia (ésta última relacionada con las horas y horas diarias de adicción a Facebook), afecciones de oídos (la música que inducen a escuchar, a veces, es mortal), gastritis, celulitis, ojeras, arrugas, politraumatismos de columna (esto también está relacionado con las malas posturas al sentarse durante horas y horas frente al ordenador, mirando Facebook), y la lista sigue…
Si los ministros de economía de los diferentes estados del primer, segundo, y hasta del tercer mundo, tuviesen en sus manos las cifras del costo sanitario de tal descuido, de seguro tomarían medidas urgentes. Hasta se olvidarían del gasto que les produce a sus gobiernos, por ejemplo, el arribo de miles y miles de inmigrantes sin papeles. Aunque muchos llegan con el síndrome de ogreísmo y brujismo acentuado por sus variopintas culturas.
Lo que decía al principio: se subestima el tema. Se suele hablar de él (del tema) en tono jocoso. Los mismos enfermos se toman a la risa semejante drama. Es cierto que muchos y muchas ríen por no llorar, la verdad. Lo tremendo es que no se trata de un problema heterosexual, no, los gays también lo sufren, y de un modo particularmente complejo: un mismo gay puede convertirse en ogro o en bruja, o al revés, en el mismo lapso de tiempo de matrimonio. A veces hay dos ogros, o dos brujas, en el mismo hogar. Cosa que ya es. Otra amiga me sembró de más dudas: ¡Ojo! Eso puede pasar también en un matrimonio hetero…¡Uf!
Como sigo investigando el asunto –alguien tiene que hacerlo, si nuestros gobiernos no se ocupan, allá ellos-, antes de culminar este “estudio” preliminar les dejo una semblanza “fiestera” de ogros y brujas:
SALDO DE LAS FIESTAS ENTRE OGROS Y BRUJAS
Con toda la resaca encima, y el dinero fuera, los ogros son más ogros, y las brujas, bueno, idem. ¿Pero cómo lo han vivido estos personajes?
Datos no científicos aseveran que: en Navidad (celebración en un 90% penoso para los adultos y 90% feliz para los peques), el ogro o la bruja, o ambos, se han ido a dormir antes de las doce.
El ogro y la bruja se han peleado al menos en tres ocasiones durante la jornada…del 24.
La bruja y el ogro apenas se dirigieron la palabra durante la cena.
Entre la bruja y el ogro se hicieron regalos, pero los compraron al tun-tun, y más de cara a los hijos, y los parientes, que por otra cosa.
El día después (el 25) de la bruja y el ogro, no tiene diferencia con un lunes cerca de fin de mes, de cualquier mes del año. Sin una moneda y con caras largas. Si hubo sexo en algún momento de la madrugada-noche, nadie parece haberlo notado. Más allá de las huellas al uso.
EN AÑO NUEVO LA COSA CAMBIA
Ambos están despiertos hasta después de las doce campanadas. Eso sí, a eso de la una, una y media, alguno falta. Y seguro está durmiendo.
El brindis suele ser cordial: besitos aquí y allá, salutaciones y buenos deseos varios, unas carcajadas sueltas a raíz de un chiste tonto del tonto de turno de la tele…y a la mesa a comer nueces y terminar la copa de sidra, o cava, o lo que haya.
Si tienen hijos grandes, estos salen como misiles disparados a diferentes sitios, aunque todos dicen: voy a saludar al tío Julio –al otro lado de la ciudad-. Saben que el tío Julio sigue en coma desde la Navidad del 90, en la que un corcho mal dirigido le impacto en la nuca. Por eso ¿para qué ir a saludarlo? Todos a la discoteca más próxima, ya lo saludarán mañana. U otro día.
El ogro y la bruja “al fin solos”. Solos, sí, cada uno. Hay quién recoge los platos, como para hacer algo, y otro –más que otra-, a hacer zapping, a ver como reciben el año nuevo al otro lado del planeta. Ese lugar al que quisiera irse el ogro y la bruja, pero sin el ogro ni la bruja. Cada cual por su lado.
¡Y todavía faltan Los Reyes Magos!

viernes, 30 de diciembre de 2011

Deportivamente hablando...de sexo.

En términos estrictamente futbolísticos ganar por la mínima diferencia -1 a 0-, y ante el rival de toda la vida, es mejor que por goleada. A quienes no les interese el fútbol no lo van a entender fácilmente, claro: se trata del goce por el sufrimiento ajeno. Y si es en el último minuto del tiempo añadido, aún mejor. Esto en el sexo no es así. El mejor resultado, para un hombre –aunque sé que muchas mujeres también estarían de acuerdo-, es “perder” 1-2, o 2-3, o 2-4…o 3-6 (vaya goleada).
Si el hombre “gana” 1-0, y desde el primer minuto, es fatal.
Un empate no solo es válido, es un gran resultado. Siempre y cuando se haya abierto el marcador, porque un cero a cero es preocupante.
Muchos al revés del fútbol, prefieren el sufrimiento propio si genera el goce ajeno.
Si en vez del fútbol, extrapolamos el baloncesto, obtenemos contradicciones parecidas: Aquí marcar un doble o un triple, en ocasiones no es lo más indicado. Es preferible que de vueltas alrededor del aro y no enceste. El juego puede seguir, y todos felices y contentos.
La equitación también tiene lo suyo. Pero depende del equino. O la equina.
Volviendo al fútbol –que tiene mucha miga, y es más popular-, de nuevo notamos extraños paralelismos a la inversa: si te muestran la tarjeta roja no solo no te echan, seguís jugando aunque te den más de siete fechas. Y los goles los podés gritar a pleno. Y a dúo.
Peligro: si te encuentras un gol en propia puerta, seguro, es que entró un “espontáneo” en la cancha. ¡Ojo! Es lo que tiene ir a jugar de visitante sin conocer previamente el terreno. Ahí sí que perder es perder.
Otra cosa: si la parás con la mano no te cuentan los segundos, pero si la sostenés mucho tiempo puede que alguien se vaya al entretiempo con cierta frustración.
En el fútbol como en el sexo se usa mucho el culo. Y no precisamente en sentido figurado, ni en alusión a la buena suerte. En el balompié es para mantener a distancia a tu marcador. En el sexo, bueno, ya sabemos…es al revés. Y aquí si vale embarrar la cancha. Depende de la estrategia o la brusquedad del encuentro.
Rivales “camuflados”: Esto a veces arruina lo que podría haber llegado a ser un gran partido. Es lo que se dice, un “tapado”. Y no sirve jugar de igual a igual. Bueno, para algunos tal vez, y les va como anillo al dedo. Justamente.
Aquí eso del “fair play” es relativo. Por eso muchos prefieren deportes solitarios. El lanzamiento de jabalina, por ejemplo. Se compite, pero el precalentamiento, el lanzamiento, y luego el festejo, es cosa de uno solo. Como las acróbatas que hacen mil piruetas sobre un banco, en apariencia, frío y tosco. Para gustos.
La cuestión es mantener el estado físico.
Claro que depende de la edad. Siempre hay que buscar lo más apropiado.
Con cierta cantidad de años encima con arrimar el bochín es más que suficiente. Es el juego de las bochas. Se anda despacito, se lanza la bocha con delicadeza, como en cámara lenta, y se juega ya, por supuesto, entre amigos. Y hasta le cuentas como te fue en tu última visita al proctólogo.
De nuevo en el fútbol. De joven podés jugar varios partidos en el día, y volver a jugar de noche, con distintos rivales y en diferentes equipos. Y mucho balonazo, y correr por la raya. Siempre por la raya. Porque hay que tener estado para subir y bajar quinientas veces. Sí, como Di María, hasta parecer un pollo sin cabeza, que cuando ven que lo van a cambiar por otro, ¡corre todavía más! Aunque para pelados veloces: Roberto Carlos. Es cierto que ahora está más para arrimar el bochín que otra cosa.
También el tenis. Hay a quienes les gusta la pareja de dobles. La recibe uno, se la tira al otro; todos se mueven, uno por detrás, otro por delante. Hay parejas más ganadoras que otras, pero divertir se divierten todos. Y al final ¡todos a las duchas!
Para variedad, lo que se dice variedad: Sumo. Que te agarro, que agarras, que te tiro, que me tiras. Un sarandeo para aquí, otro para allá. Muslos hay de sobra…y tetas también. Y lo mejor de todo: nadie se avergüenza de su tripa.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

¡Facebook me mata! -segunda parte- La libertad

¡Qué cantidad de parejas destruidas por el puto Facebook!, exclamó mi amiga, después de recibir telefónicamente el último anuncio de ruptura amorosa. Ya estarían destruidas desde antes, pienso yo, le respondí, dudando de mis propias palabras. ¡No; no, “esto” de Facebook es terrible!, insistió sabiendo detalles que seguro yo ignoraba. ¿Viste lo del tipo ese que echaron del trabajo? ¡Otro! Por poner en su muro: si me saco la lotería de Navidad los mando a todos estos m…a la m…Claro, lo leyeron sus jefes y lo echaron, así nomás, salió en el diario y todo ¿no lo viste?
Bueno, pensé, en estos tiempos hay que ser cuidadoso con lo que uno escribe en la red, en cualquier parte, y por insignificante que parezca. Justamente yo, que si algo no tengo es eso: cuidado. Escribo exactamente lo que me viene en gana. Siempre digo que si no soy libre para expresarme en mi propio blog ¡Para qué tengo un blog! Ahora, eso sí, Facebook tiene un imán para “para meter la patita”, como diría Cortázar. Además de gente sorprendente, está lleno de “Wikileaks”, de mirones, de correveydiles, de envidiosos, de arrogantes, de ególatras, de narcisistas…y sobre todo mucha soledad e insatisfacción. Sobre todo soledad. Lo del tipo que echaron me parece una jodienda, pero la verdad, es que no estuvo muy acertado con su euforia previa, epa, que es una red social. Y tiene muchas formas de acceso, y puntos de observación. Más aún si uno deja su ordenador en el trabajo ¡con la contraseña puesta! Que no sé si era este el caso. Después, además, la cantidad de amigos, de amigos, de amigos, que muchos de amigo nada, que al final no sabes quién se mandó el chivatazo: ¡Mira lo que puso éste! ¡Juá!...y te echan. Y todos calladitos.
En una pareja, ni hablar: son “amigos” entre sí, lo que ya es, ¿no? ¿Qué necesidad tienen de “tenerse” ahí si ya duermen juntos? Si todo, absolutamente todo, se lo pueden contar hasta en el baño cuando uno va a hacer pis y el otro se está cepillando los dientes. Y se ponen “me gusta” y ambos están en el salón cada uno con su portátil (¿?) y uno mira al otro y le guiña un ojo. Estamos muy, pero que muy enviciados.
Luego, claro, surgen los problemas, y la relación se vuelve asfixiante. Y ni hablar de la sospecha. Porque claro, uno le da un “me gusta” a fulana o a zutano, y el otro lo ve. O tal ahora es amigo de…y se ve quién solicitó la amistad. O los correos “privados” que saltan a la vista con numeritos rojos, y empiezan a volverse una alarma para el que anda sospechando. Y además quienes andan “sueltos o “sueltas”, no tienen el menor empacho en llenar de comentarios sugestivos e insinuantes, las fotos y publicaciones de la/el que le parecen interesantes…aunque sean con la mejor intención del mundo.
Si a todo esto sumamos las horas que te puedes pasar mirando las supuestas bienaventuranzas ajenas –aún aquellas en donde no has sido invitado: perfiles abiertos a todo público ex profeso o por error-, las neuronas van muriendo por una mezcla de frustración y envidia letal: ¡Guau! Qué cochazo se compró fulanito; ¿¡Viajó a Alaska la desgraciada!?; ¡Hum! Esa, seguro que se hizo algo en la cara ¡no puede estar igual que hace quince años!; ¡Qué bien que se la pasa éste! ¡Está siempre de fiesta! Claro, no tiene hijos…
Esto multiplicado por horas, días, semanas, meses…explota. Y la primera víctima de la deflagración es el mirón/na, la segunda, su pareja, y así sucesivamente como las fichas del dominó.
Ni que hablar de los/las que viven pendientes de sus Iphone o similares. ¡Insoportables! Solo por eso una pareja se desmorona.
Pero el voyeurismo virtual, indiscriminado y compulsivo, es lo que masacra más neuronas que cualquier otra cosa. Y rompe más parejas. Esa contemplación extasiada de existencias aparentemente satisfechas de gente común y corriente que podrían ser uno pero son otros. Entonces, se hacen números, se cotejan fechas de nacimiento, lugares, colegios, siempre comparándolos con la vida propia, como si de esa extraña ecuación pudiese aparecer la respuesta del por qué me toca a mí esta vida sin pena ni gloria, aburrida. Y otra vez. Observar a su propia pareja con un dejo de bronca y lástima: ¿Por qué me casé con “esto”? Como si la culpa de su propia mediocridad hubiese llegado soterrada bajo la cara, ahora más vieja, del cónyuge.
Finalmente, creo, lo que más socaba una relación, siempre hablando de Facebook, por supuesto, es la libertad, simulada o no de sus protagonistas. La libertad que imaginamos tienen los otros. Por sus viajes, sus amoríos, sus fiestas, ¡hasta sus protestas! La libertad. Siempre seductora, siempre sensual, siempre irresistible. La libertad, y su infinita gama de posibilidades. Es casi imposible evitar su “virus” y los espíritus más vulnerables, los de uno o ambos componentes de parejas de años, ya devorados por la carcoma de la rutina, acaban sucumbiendo. La libertad, el gusanillo.
Pero no nos engañemos, Facebook es solo una ventana más del cosmos de internet. Si alguien se asoma muy seguido a esa ventana es porque busca algo diferente de lo cotidiano. A veces lo encuentran y dejan el mundo virtual por el real. Otros solo desean divertirse un rato con “amigos”. Muchos acaban, de tanto asomarse, cayendo al vacío. En especial el de sus vidas. Pero Facebook es solo una herramienta, una maravillosa herramienta, sí, pero como cualquier herramienta, todo depende del uso y abuso que le demos. Lo miserable o noble, siempre está dentro de nosotros. Como la libertad.