Mostrando entradas con la etiqueta fútbol. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fútbol. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de diciembre de 2014

LA CASA

Recordaba entre sueños la casa en la que crecí. Recorría el cuarto que en algún tiempo sirvió de peluquería a mi madre. Era en realidad lo que en un tiempo remoto fue el garaje. Después se modificó para el nuevo oficio de doña Lola, peluquera. Me encantaba el secador de pelo de pie, ese casco con el que jugaba mi imaginación aficionada a las cosas espaciales. También las redecillas que utilizaba para sujetar el pelo luego de alguna permanente, o los ruleros. Esas redecillas me sirvieron muchas veces para armar los arcos de mis invenciones futbolísticas. Me construía con unos palos y alambres la maqueta, y extendía la red. Los jugadores eran pilas viejas y la pelota un envoltorio de cintas adhesivas y papel estrujado. Mi dedo la pierna del jugador que disparaba el tiro libre. Muchos. Unos tras otros. Cuando acertaba en un ángulo gritaba en silencio un gol increíble. Casi siempre el nombre del goleador hacía referencia a un jugador de River. Por supuesto. Era un fanático (lo sigo siendo, en verdad). Gol de Morete. Gol de pinino (Más). Y así. También me llamaba la atención aquella tijera dentada. Y los palitos con cuerdas. Los de hacer permanentes. Pero solo le hurtaba las redecillas. Aquel espacio se convirtió con el paso de los años en el cuarto de mi hermano y el mío.
Anoche caminé entre un montón de trastos herrumbrados en ese sitio. Al principio no sabía por dónde estaba, luego me di cuenta. Más de cuarenta años después. Había unas estanterías polvorientas y en una de ellas una cartera en la que se guardaban unos billetes casi transparentes. Como de papel vegetal. Y unas monedas.
Supongo que el sueño devino de una visita que realicé a mi antiguo barrio, allí en San Justo, provincia de Buenos Aires. Un barrio que se llamó Edison, vaya uno a saber por qué, y después Villa Constructora. Gracias a la maravilla de esta nueva tecnología, Google Heart, caminé por esas calles, como si estuviese allí. Con el corazón en un puño esperando no encontrar mi vieja casa, la que construyó mi padre sobre el terreno que le compró a mi abuelo. Después de tanto tiempo. Pero ahí estaba. Avejentada, claro. Pero tal cual. Increíble. La misma puerta, el mismo porche, la misma entrada de coches, con las mismas piedras lajas. En sus lados las construcciones se alzaban borrando el entorno de mi memoria. Pero la casa permanecía firme, impertérrita a la marea del tiempo. Como si se resistiese a morir. Ennegrecida por la falta de cuidado. Exprofeso o no. Pero la estructura seguía de pie. Casi con orgullo. Con un amor propio de majestuosa decadencia.
Días después llamé a mi padre y le conté lo visto en internet. El es un tipo que no tiene en absoluto buena relación con los ordenadores. Es un artista de la vieja guardia, un gran pintor que a sus ochenta podría dibujar de memoria aquella vivienda. De hecho el diseño se lo dibujó él a los albañiles. Pero con estos modernos artilugios siempre sintió como una competencia desleal hacia su antiguo oficio de diseñador gráfico. Pero en particular no los entiende, ni le interesa entenderlos. Solo aprecia las bondades de las fotocopiadoras. Hasta ahí.
Una vez le enseñé la cantidad de modificaciones que se le pueden hacer a una fotografía, luego de escanearla. Con el Photoshop. Efectos con estilos artísticos: puntillismo, impresionista, etc. Solo dijo: “La puta que lo parió”.
Así que le conté de la casa. Sentí, a través de la línea, a más de diez mil kilómetros, un sutil suspiro de emoción. “¿Así?”, preguntó entrecortado.  Sí, le dije, y le comenté: se nota que la hiciste con materiales nobles, ni las ventanas cambiaron.
Me dijo que los cimientos los mandó a hacer con doble cantidad de materiales para que las humedades no pudiesen afectar el interior, y cosas así.

La vendió allá por mil novecientos ochenta y uno, a un precio irrisorio. Mi madre creo que se compró un televisor y poco más con su parte.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Deportivamente hablando...de sexo.

En términos estrictamente futbolísticos ganar por la mínima diferencia -1 a 0-, y ante el rival de toda la vida, es mejor que por goleada. A quienes no les interese el fútbol no lo van a entender fácilmente, claro: se trata del goce por el sufrimiento ajeno. Y si es en el último minuto del tiempo añadido, aún mejor. Esto en el sexo no es así. El mejor resultado, para un hombre –aunque sé que muchas mujeres también estarían de acuerdo-, es “perder” 1-2, o 2-3, o 2-4…o 3-6 (vaya goleada).
Si el hombre “gana” 1-0, y desde el primer minuto, es fatal.
Un empate no solo es válido, es un gran resultado. Siempre y cuando se haya abierto el marcador, porque un cero a cero es preocupante.
Muchos al revés del fútbol, prefieren el sufrimiento propio si genera el goce ajeno.
Si en vez del fútbol, extrapolamos el baloncesto, obtenemos contradicciones parecidas: Aquí marcar un doble o un triple, en ocasiones no es lo más indicado. Es preferible que de vueltas alrededor del aro y no enceste. El juego puede seguir, y todos felices y contentos.
La equitación también tiene lo suyo. Pero depende del equino. O la equina.
Volviendo al fútbol –que tiene mucha miga, y es más popular-, de nuevo notamos extraños paralelismos a la inversa: si te muestran la tarjeta roja no solo no te echan, seguís jugando aunque te den más de siete fechas. Y los goles los podés gritar a pleno. Y a dúo.
Peligro: si te encuentras un gol en propia puerta, seguro, es que entró un “espontáneo” en la cancha. ¡Ojo! Es lo que tiene ir a jugar de visitante sin conocer previamente el terreno. Ahí sí que perder es perder.
Otra cosa: si la parás con la mano no te cuentan los segundos, pero si la sostenés mucho tiempo puede que alguien se vaya al entretiempo con cierta frustración.
En el fútbol como en el sexo se usa mucho el culo. Y no precisamente en sentido figurado, ni en alusión a la buena suerte. En el balompié es para mantener a distancia a tu marcador. En el sexo, bueno, ya sabemos…es al revés. Y aquí si vale embarrar la cancha. Depende de la estrategia o la brusquedad del encuentro.
Rivales “camuflados”: Esto a veces arruina lo que podría haber llegado a ser un gran partido. Es lo que se dice, un “tapado”. Y no sirve jugar de igual a igual. Bueno, para algunos tal vez, y les va como anillo al dedo. Justamente.
Aquí eso del “fair play” es relativo. Por eso muchos prefieren deportes solitarios. El lanzamiento de jabalina, por ejemplo. Se compite, pero el precalentamiento, el lanzamiento, y luego el festejo, es cosa de uno solo. Como las acróbatas que hacen mil piruetas sobre un banco, en apariencia, frío y tosco. Para gustos.
La cuestión es mantener el estado físico.
Claro que depende de la edad. Siempre hay que buscar lo más apropiado.
Con cierta cantidad de años encima con arrimar el bochín es más que suficiente. Es el juego de las bochas. Se anda despacito, se lanza la bocha con delicadeza, como en cámara lenta, y se juega ya, por supuesto, entre amigos. Y hasta le cuentas como te fue en tu última visita al proctólogo.
De nuevo en el fútbol. De joven podés jugar varios partidos en el día, y volver a jugar de noche, con distintos rivales y en diferentes equipos. Y mucho balonazo, y correr por la raya. Siempre por la raya. Porque hay que tener estado para subir y bajar quinientas veces. Sí, como Di María, hasta parecer un pollo sin cabeza, que cuando ven que lo van a cambiar por otro, ¡corre todavía más! Aunque para pelados veloces: Roberto Carlos. Es cierto que ahora está más para arrimar el bochín que otra cosa.
También el tenis. Hay a quienes les gusta la pareja de dobles. La recibe uno, se la tira al otro; todos se mueven, uno por detrás, otro por delante. Hay parejas más ganadoras que otras, pero divertir se divierten todos. Y al final ¡todos a las duchas!
Para variedad, lo que se dice variedad: Sumo. Que te agarro, que agarras, que te tiro, que me tiras. Un sarandeo para aquí, otro para allá. Muslos hay de sobra…y tetas también. Y lo mejor de todo: nadie se avergüenza de su tripa.