miércoles, 7 de enero de 2015
martes, 16 de diciembre de 2014
¡Y FELIZ NAVIDAD! -primera parte-
Con o sin fantasma de las
navidades futuras. Aunque generalmente el fantasma es el de las navidades
pasadas. Bastante más tenebroso que el de Dickens. Un fantasma demasiado
material, palpable, y sobre todo decisivo a las horas sensibles de la noche del
veinticuatro.
En Argentina es verano. Hace
calor. Mucho calor. Y el olor a pólvora de la pirotecnia se mezcla con el humo
de los asados, impregnando los rostros sudorosos de los niños que combaten la
ansiedad del soñado regalo de Papá Noel, haciendo estallar cohetes, y
correteando como posesos de acera a acera. Los padres sudan también, pero por
otros motivos. Son tiempos de muchos gastos y pocos recursos. O recursos
acumulados que se tendrán que dividir en regalos, alimentos, bebidas, y luego,
tal vez, vacaciones. Pero la euforia, o más bien la excitación, propia y ajena
por la llegada de las fiestas consigue, ahí sí, de un modo milagroso, disipar
la preocupación de lo cotidiano. Y la bebida ayuda, más si es en cantidad. A
veces tanto que algunos ni siquiera se enteran, a las doce de la noche, del
brindis. Brindaron durante todo el día, y a la noche llegan con un fastidio que
acaba desatando todo tipo de trifulcas y discusiones poco adecuadas para la
ocasión. Y si a eso sumamos las ausencias, recientes o antiguas, o las visitas,
recientes o antiguas, poco deseables, tenemos un coctel, que ni el peor “clericó”.
Indigestión, mínimo. Mala cosa.
Una noche, en Neuquén –también hace
un calor potente-, después de brindar en casa de mi madre me dispuse, como
hacíamos siempre con la pandilla, a recorrer casas con la excusa de ir a
saludar –y atiborrarnos de otras comidas y sobre todo bebidas-. A la vuelta de
una de ellas, a eso de la una de la madrugada, vi pasar a mi madre y a otros
parientes, acarreando, como una peregrinación, tocadiscos, bolsas de comidas,
sillas. Hasta el perro. Una hilera penosa que se apuraba para llegar a otro
sitio. Volvían de la casa de un tío mío en donde el jolgorio duró poco más de
treinta minutos. Alguien sacó a relucir un tema espinoso que en segundos se
convirtió en un verdadero aquelarre. Y allí iban, todos fastidiados. Pasé por
enfrente de la vivienda de marras y ya estaba completamente a oscuras. A dormir
todos ¡carajo! Yo seguí con mi propia peregrinación, con objetivo final la
discoteca. Fue uno de los tantos acontecimientos “religiosos” que me tocó vivir
en esas noches de profunda fe cristiana.
Claro que eso empezó a suceder ya
cumplidos mis catorce años. Que comencé a ir a mi bola. Hasta entonces estaba sujeto a los
avatares del hogar familiar, exclusivamente. La tensión y la expectativa de la
llegada de la medianoche, con el arbolito navideño parpadeando en un extremo de
la cocina, o del salón, dependiendo del humor paternal; los paquetitos debajo de
éste, colocados de un modo arbitrario, a veces con ilusión, otras con desdén, y casi siempre, para mis deseos poco realistas
–eran deseos-, con el regalo menos imaginado. Al punto, recuerdo una noche en
particular, para desaliento de mis padres, en la que al desenvolver mi
paquetito me llevé una desilusión tan grande que agarré un martillo y lo partí
de un solo golpe. Al regalo. Un cubo de plástico transparente, con varias
celdillas internas y una bolita de metal que debía ir pasando de un lado a otro
según lo girase. ¡¿Eh?! ¡Papá Noel y la puta que te parió! ¡Un cochecito! ¡Que
te pedí un cochecito!
Pobres mis viejos. Creo que
quisieron regalarme algo sofisticado. Diferente. Raro.
O lo que pudieron. Qué se yo. Para
sorprenderme, tal vez. Y lo lograron. Justo una navidad en la que ellos, mis
padres, estaban por así decir, en armonía. Que ya era en sí mismo todo un
regalo. Hasta se los veía muy unidos, al menos de acuerdo en una cosa: darme un
sonoro regaño por ser un crío desagradecido. Y les serví de tema de
conversación por un buen rato. Aunque todo eso no me importaba, en esos momentos
solo pensaba que al otro día, por la mañana, no tendría nada que enseñarles a
mis amiguitos del barrio. A esos pibes tampoco les importaría que al menos mis
padres no se habían peleado.
Crecí con una idea fija: no me pienso casar nunca.
Hasta se lo dije a mi padre, una tarde. El se rió. Sabía. Claro que sabía. Esas
cosas suceden a pesar de uno. Es más, uno no sabe hasta cuánto desea que
sucedan. Como las navidades.domingo, 14 de diciembre de 2014
¿PODEMOS o NO PODEMOS?
Hace
un tiempo mi hermano, desde Buenos Aires, me preguntó qué era eso de “Podemos”.
El, mi hermano, siempre fue militante de izquierdas. Desde aquella JP -Juventud
Peronista- de los años setenta, con su precaria “Unidad Básica” hecha de
maderas y chapas, montada en una esquina baldía de San Justo.
Soy
cinco años menor que él, así que por esa época yo me debatía entre potreros y
notas de colegios que variaban según las decisiones de mis padres, que vaya a
saber por qué, con excepción de los dos últimos grados de primaria, me hicieron
ir a uno privado, a otro público, luego a otro privado y particular, hasta que
terminé por fin el ciclo. (A veces pienso que tanta mudanza modeló en parte mi
carácter poco afecto a permanecer de forma continua en un mismo sitio. Así fue
después en mis trabajos y en mi andar, de barrio en barrio, de ciudad en
ciudad, y de país en país. Culo inquieto. Pero eso es otra historia).
Mauricio,
mi hermano, tenía curiosidad por este nuevo movimiento que se estaba gestando
en España. Traté de ser sintético, según mi percepción de esta realidad ibérica
en la que subsisto por momentos, asombrado, y la mayor parte del tiempo
enrabietado. Casi como lo estaba en Argentina. Casi. Le conté que el personaje
más popular –aclarándole que lo de popular no tenía nada que ver con el Partido
Popular, bastante impopular según las encuestas-, era un tal Pablo Iglesias,
que me recordaba en gestos, palabrerío, y solemne impostura de rebelde
incorruptible, al mejor –o peor- estilo de aquellos “compañeros revolucionarios”
de nuestra juventud. Como si hubiesen metido en una máquina del tiempo –ojalá
fuese así, y no desaparecidos como trágicamente están-, a tantos muchachos que
solían venir por casa a tomar mate y enzarzarse en largas discusiones con mi
padre, también de izquierdas, también peronista, regañándole por su
escepticismo: ¡que cómo podía dudar que la revolución estaba a la vuelta de la
esquina! Recuerdo sus rostros iluminados por una ilusión y una energía de la
que era difícil abstraerse, aún siendo un pibe de doce o trece años con bolitas
en los bolsillos y las rodillas sucias como lo era yo por ese entonces. Iguales
argumentos, igual enjundia, igual soberbia frente a las generaciones para ellos
ya superadas definitivamente por la historia. Burgueses, bah. La masa reclamaba
de sus servicios, y ellos dispuestos a liderar el cambio.
Hasta
la estética, le dije. Gafitas, pelo largo –con coleta-, un aspecto casual. De
gente a la que supuestamente no le importa nada de nada la vestimenta. Están en
algo superior, más noble, altruista y sobre todo trascendente a niveles
cósmicos. Vienen a por la “casta”.
¿Qué
es eso de la “casta? Me preguntó. Pues la dirigencia política toda, le dije. Y
la sindical, y en general todo lo que no sean ellos. Le insinué el parecido con
sus antiguos amigos, aunque con la salvedad que sabíamos ambos: sus amigos se
jugaron la vida –equivocados o no-, y la perdieron. Estos neo “revolucionarios”
son producto de épocas de holgura económica y nuevas tecnologías. Hijos de una
patria de ladrillos y créditos fáciles, salidos de círculos universitarios de
pequeños burgueses que han vivido, en su gran mayoría, entre los sudores de sus
padres y las becas, y también bajo el ala de partidos políticos –PSOE,
Izquierda Unida-, que ellos -luego de
haberles servido de agitprop durante años-, piensan
cargarse. Cría cuervos, dirían.
¿Y
el PSOE? Le expliqué lo que se sabe por los medios: son, hoy por hoy, una bolsa
de gatos debatiéndose entre quitarse el lastre de figuras corruptas, pugnas
internas para liderar un futuro gobierno tras un posible y más que probable
derrumbe electoral del PP, y el pánico por la ascensión de ese movimiento llamado
Podemos. Extendiendo inconfesables redes de contacto con éstos para un
hipotético pacto de izquierdas, aunque por momentos tratan de imitar sus tics
populistas con mensajes más o menos plagiarios, a ver si llegan al poder por sí
mismos, otra vez.
Y
sí, la gente está hasta las narices de discursos, el paro sigue en la
estratósfera, y el estado ausente no da una mínima respuesta concreta a las
necesidades diarias de los ciudadanos más desprotegidos. Familias enteras.
Cientos de miles. La precariedad laboral avanza subida al carro del “verso” de
que eso generará trabajo. Los desahucios aumentan para engorde de usureros y
banqueros, que son lo mismo con diferente escenario. La ley está de su parte. Y
el estado, como te digo, ausente. O peor, los encargados de dirigir ese Estado
tienen demasiadas deudas con ellos, los banqueros. O son, o han sido socios.
Sí, corrupción. Sí, como en Argentina.
En
eso ni tiene que mentir Podemos. Y por eso su “ideario” se asemeja al de
Chávez, de Venezuela, latinoamericano, –aunque valdría también el de Chaves de
Andalucía, mucho subsidio, voto cautivo y al que esté en contra, ni agua. Clientelismo,
nepotismo, autoritarismo…-¿Entonces qué? Y qué sé yo, Mauricio. ¿Elegir lo
menos peor? ¿Y cuál es?
Si
además con tan poco rodaje a varios dirigentes de Podemos, y aliados de
Izquierda Unida –hoy más que nunca Hundida-, se les empieza a ver los pelos de “casta”.
Pequeñas corrupciones, proporcionales al “poder” que han tenido. Pero su
discurso sigue siendo aceptado por buena parte de la población. Con razón. Su
discurso.
La
gente al menos quiere una voz que grite lo que todos sabemos, como decía
aquella canción de Charly García: “¡La grasa de las capitales no se banca más!”.
Aunque
mucho antes lo cantaba Antonio Machado, y bien claro: una España de charanga y
pandereta.
¿Qué
están metiendo presos a muchos? Bueno, no tantos. Ya sabés, cabezas de turcos
hay en todos lados. Sí, sí, algunos son muy conocidos. También sus delitos son demasiado
conocidos. Pero recordarás lo que decía Martín Fierro: todos los paisanos son
buenos pero el poncho no aparece. Acá la guita no aparece. Van presos, o están
en causas penales, pero el dinero se esfumó. Y ni rastros. Dicen.
Bueno,
pero ya te iré contando más. A ver, decime algo vos de allá, alegrame el día ¿qué
tal Buenos Aires?
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jueves, 11 de diciembre de 2014
LA OTRA CASA
Mi madre decidió comenzar una
nueva vida desde los cimientos. Consiguió un terreno, nunca mejor dicho, en el
culo del mundo. En las afueras mismas de Cutral-Có. Les dio a unos albañiles
mequetrefes y borrachines las pocas “joyas” que le quedaban. Literalmente. Unas
cadenitas de oro y chucherías por el estilo para pagarles la obra. Le
construyeron un rectángulo con puertas y ventanas, y en el interior dividieron
el espacio en un cuarto grande, otro mediano y un tercero pequeñajo, con la
“idea” de que aquello fuese un baño. Nunca lo fue. Fue mi habitación de
adolescente. ¿Baño? Bueno, pues se aprovechó un rincón exterior de la vivienda
y con cuatro chapas y un retrete ¡bualá!
Hasta allí daba el presupuesto de
doña Lola.
Ah, por supuesto, también le
montaron otro rectángulo pequeño, un piletón, para el agua. El sitio estaba un
tanto alejado de las cloacas y el agua corriente. Por suerte, sí, desde la otra
esquina de aquella manzana semi deshabitada extendieron un cableado hasta un
poste de luz nuevo, desde el que nos proveíamos de energía. Ya era bastante.
Nos bañábamos en un fuentón de
lata y para cocinar mi madre utilizaba un calentador de kerosén, el mismo
alrededor del cual nos calentábamos en las espantosas noches de aquel invierno
patagónico.
Doña Lola, o La Rubia, como la
llamaban por el tinte de su cabello, utilizó el cuarto más grande para
convertirse en comerciante. Así nació el almacén de “La Rubia”. Como sus recursos
eran escasos, compraba en el mayorista, todos los días, a pie, andando sus dos
kilómetros de ida y dos de vuelta tres latas de tomates, tres paquetes de
fideos, o polenta, y así. Vendía dos y el tercero lo comíamos. Y de nuevo. Con
diferencia de centavos.
Me fui del pueblo cuando mi madre
había comenzado una nueva relación sentimental y su situación económica,
gracias al comercio, había empezado a mejorar. Igual yo le enviaba dinero desde
Buenos Aires, cuando podía, para echarle una mano y con esa pequeña ayuda
siguió construyendo sobre el terreno.
Años después volví y ya no
reconocía ni su casa, ni el barrio.
Todo había crecido. Como si se
hubiesen puesto a construir alrededor de la casa de “La Rubia”.
El culo del mundo estaba ahora
muchas calles más allá. Mi madre se había mudado con su pareja a una casa
cercana, y su terreno convertido en cuatro apartamentos le daba una renta todos
los meses. Su esquina lucía una tapia en la que se podría levantar un local con
muy buenas perspectivas de lucro. Todo asfaltado, con todos los servicios, y
sobre una avenida.
De un extremo a otro del tiempo,
casi cuarenta años.
También suelo recorrer el lugar
con el Google. Y comparo las fotos que tengo, llenas de campos
inconmensurables, y aquella vivienda en medio de la nada. Mi madre tratando de
plantar verduras en esa esquina alambrada inútilmente. Demarcando un territorio
que hablaba más del corazón que de la propiedad privada. Como si hubiese visto
en medio del desierto un oasis que tarde o temprano traería paz a su alma.
Hace no mucho mi hermano me envió
un email pidiéndome mi número de documento: mamá deseaba poner a nuestro nombre
aquella propiedad. Le dije que lo pusiese a nombre de él y de nuestra hermana.
Que por mí parte no había ningún problema. Además la distancia. Mi hermano me
dijo que el deseo de ella era que estuviese a nombre de los tres, que le hacía
ilusión. Y accedí.
Después la llamé por teléfono y
le dije lo mismo, pero insistió. Entendí que a sus ochenta y cuatro años
trataba de tener en orden sus cosas, y esa, la casa, la suya, hecha con tanto
esfuerzo, su obra individual, era todo un símbolo.
Me dijo también que no debía
preocuparme, que “gracias a Dios, hijo, estoy bien, de verdad, ya no me levanto angustiada pensando en el
recibo de electricidad, o la factura de gas, sabés, estoy bien…me da pena no
poder compartirlo con vos…con todas las que pasamos ¿te acordás?”.
martes, 9 de diciembre de 2014
LA CASA
Recordaba entre sueños la casa en
la que crecí. Recorría el cuarto que en algún tiempo sirvió de peluquería a mi
madre. Era en realidad lo que en un tiempo remoto fue el garaje. Después se
modificó para el nuevo oficio de doña Lola, peluquera. Me encantaba el secador
de pelo de pie, ese casco con el que jugaba mi imaginación aficionada a las
cosas espaciales. También las redecillas que utilizaba para sujetar el pelo
luego de alguna permanente, o los ruleros. Esas redecillas me sirvieron muchas
veces para armar los arcos de mis invenciones futbolísticas. Me construía con
unos palos y alambres la maqueta, y extendía la red. Los jugadores eran pilas
viejas y la pelota un envoltorio de cintas adhesivas y papel estrujado. Mi dedo
la pierna del jugador que disparaba el tiro libre. Muchos. Unos tras otros.
Cuando acertaba en un ángulo gritaba en silencio un gol increíble. Casi siempre
el nombre del goleador hacía referencia a un jugador de River. Por supuesto.
Era un fanático (lo sigo siendo, en verdad). Gol de Morete. Gol de pinino (Más).
Y así. También me llamaba la atención aquella tijera dentada. Y los palitos con
cuerdas. Los de hacer permanentes. Pero solo le hurtaba las redecillas. Aquel
espacio se convirtió con el paso de los años en el cuarto de mi hermano y el
mío.
Anoche caminé entre un montón de
trastos herrumbrados en ese sitio. Al principio no sabía por dónde estaba,
luego me di cuenta. Más de cuarenta años después. Había unas estanterías
polvorientas y en una de ellas una cartera en la que se guardaban unos billetes
casi transparentes. Como de papel vegetal. Y unas monedas.
Supongo que el sueño devino de
una visita que realicé a mi antiguo barrio, allí en San Justo, provincia de
Buenos Aires. Un barrio que se llamó Edison, vaya uno a saber por qué, y
después Villa Constructora. Gracias a la maravilla de esta nueva tecnología,
Google Heart, caminé por esas calles, como si estuviese allí. Con el corazón en
un puño esperando no encontrar mi vieja casa, la que construyó mi padre sobre
el terreno que le compró a mi abuelo. Después de tanto tiempo. Pero ahí estaba.
Avejentada, claro. Pero tal cual. Increíble. La misma puerta, el mismo porche,
la misma entrada de coches, con las mismas piedras lajas. En sus lados las
construcciones se alzaban borrando el entorno de mi memoria. Pero la casa
permanecía firme, impertérrita a la marea del tiempo. Como si se resistiese a
morir. Ennegrecida por la falta de cuidado. Exprofeso o no. Pero la estructura
seguía de pie. Casi con orgullo. Con un amor propio de majestuosa decadencia.
Días después llamé a mi padre y
le conté lo visto en internet. El es un tipo que no tiene en absoluto buena
relación con los ordenadores. Es un artista de la vieja guardia, un gran pintor
que a sus ochenta podría dibujar de memoria aquella vivienda. De hecho el
diseño se lo dibujó él a los albañiles. Pero con estos modernos artilugios
siempre sintió como una competencia desleal hacia su antiguo oficio de
diseñador gráfico. Pero en particular no los entiende, ni le interesa
entenderlos. Solo aprecia las bondades de las fotocopiadoras. Hasta ahí.
Una vez le enseñé la cantidad de
modificaciones que se le pueden hacer a una fotografía, luego de escanearla.
Con el Photoshop. Efectos con estilos artísticos: puntillismo, impresionista,
etc. Solo dijo: “La puta que lo parió”.
Así que le conté de la casa.
Sentí, a través de la línea, a más de diez mil kilómetros, un sutil suspiro de
emoción. “¿Así?”, preguntó entrecortado. Sí, le dije, y le comenté: se nota que la
hiciste con materiales nobles, ni las ventanas cambiaron.
Me dijo que los cimientos los mandó
a hacer con doble cantidad de materiales para que las humedades no pudiesen
afectar el interior, y cosas así.
La vendió allá por mil
novecientos ochenta y uno, a un precio irrisorio. Mi madre creo que se compró
un televisor y poco más con su parte.
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miércoles, 22 de octubre de 2014
EL CLUB DE LOS HIJOS DE PUTAS
Me lo dijo un tipo, que decía ser
abogado. Por los años y la mirada creo
que tenía más experiencia propia que la adquirida a través de sus clientes.
Luego corroboré que era así. Me dijo: Hagas lo que hagas siempre serás un hijo de
puta. Te hayas ido como te hayas ido. O te hayan ido. Te hayas llevado o no
cualquier cosa. Te espere una amante o la soledad más absoluta. Le dejes deudas
o fortuna. Te haya arrastrado el alcohol, el sexo, el juego, o un tumor en el
cerebro. Da igual: has sido, eres y serás por los siglos de los siglos: un
reverendo hijo de la gran puta.
Por no querer, por no querer
seguir queriendo, por no aguantar, por no tener huevos suficientes. Por creer
que los tienes en grandes dimensiones. Por concretar lo que se presumía y se
reprochaba que no lo hicieras de una bendita vez. Por decidir por ti mismo…
No hay manera.
Entre diálogos, acuerdos,
momentos de agradable franqueza, comprensiones compartidas, antes o después, tu
verdadero nombre, ahora el definitivo, asomará en cada reunión, en las que no
estarás presente, con toda su contundencia, y elocuencia: Fulano, el hijo de
puta. O el hijo de puta de fulano. Invariablemente.
Si te ha ido mal, si te ha ido
bien, si te hundes en las más horrorosas incertidumbres; si aciertas, al fin, y
el destino te lleva a un abrazo desinteresado o a las fauces amorosas de una
perfecta desconocida. Igual: serás el hijo de puta.
Aunque los pelos de ogro comiencen a blanquear o se
evidencien irreparables calvas en el lomo de bestia, como sea serás un ogro. Aunque
este estado, el de animal, seda paso con el tiempo a una persona –difícil pero
posible-, lo que no va cambiar es esa denominación de origen grabada en tu
frente por la bruja –ellas sí que
cambian, hasta convertirse en dulcísimas damas, ya verás, también me dijo-. Lo
que las delata es la boca ¡ay sus bocas! Tendrán siempre una memoria selectiva
y antes de mencionar tu nombre dirán, a pesar de ellas mismas a veces, un hijo
de puta casi deletreado: hi-jo-de-ppppu-ta. Así arrastrando la p casi con
deleite. Matando dos pájaros de un tiro: te putea a ti y a tu madre. No, no hay
eufemismos ni simplificaciones. No dice el canalla, el crápula, el jodido, el
maricón. No, te menciona con nombre y apellido: hijo de puta. Y la referencia a
tu madre no es antojadiza ¡qué bah! Expresa el odio a lo que eres, para ella, y
a tus raíces más íntimas. Es más hiriente. Es una brochete infinita y caníbal.
No te resistas, me dijo, no te
esfuerces en mejorar lo irremediable. La fuerza de la naturaleza femenina es de
una potencia arrolladora. Te morderá, te pellizcará, te escupirá el hijo de
puta allí donde te encuentres. Y con quien estés. Y si estás con más ahínco.
Tratará de que el hijo de puta llegue a los oídos de tu compañía, sea ésta
mujer o no, íntima o no, no importa. Intentará hacerte sentir culpable, lo seas
o no. Y si tienes un mínimo de culpa te la apretará como un grano en tu culo.
El hijo de puta lleva una culpa implícita y totalmente individual: la tuya,
hijo de puta.
Y la de tu madre.
No importa tampoco lo que hayas
hecho antes. Si antes eras un pobre infeliz, ahora eres, y serás, un hijo de
puta. No quisiste morir como infeliz, morirás como un hijo de puta.
Y la culpa es toda tuya, hijo de
puta.
Hay una solución poco probable,
por no decir imposible: un trasplante de cerebro –el tuyo-. O un tratamiento
que borre parcialmente la memoria –la tuya-. Al menos no sabrás por qué o quién
te grita o susurra un hijo de puta con tanta vehemencia. Pero todo esto aún no
se ha comprobado científicamente. Lo hicieron con bichos, pero los resultados
han sido por así decir, poco menos que tremendos fracasos. No lo recomiendo.
Así que, me dijo finalmente el
tipo, la cura o el remedio al menos temporal para estos casos, es el siguiente:
Consiste en un ejercicio realizado durante siglos por hombres de distintas
latitudes y clases sociales diversas, en algunos casos hasta han sido más que
satisfactorios, hay mucha bibliografía al respecto:
Ser un verdadero hijo de puta.
¿En qué consiste? Pues muy
simple, aunque hay que tener, como diríamos, un par de..ya sabes, mucho
temperamento, mucha decisión y sobre todo fe. Fe en ti mismo, digo.
Procedimientos: Que te gustan las
mujeres ¡a por ellas! Que te beberías tal vino o tal whisky hasta caer redondo
del pedo ¡pues hasta la última gota! Que te has quedado sin trabajo –por andar
de copas o de putas-, y no llegas a pasar la mensualidad o el magro euro que
deberías ¡pues no tengo, no has oído, n-o-t-e-n-g-o! ¿Que si tengo para el
tabaco? ¡Por supuesto! ¡Y para el copón también! ¡Y para condones! ¿No soy el
hijo de puta? ¡Pues ahí tienes!
Ajá, le dije al abogado. Y a ti
te ha resultado, le pregunté.
-¿Qué cosa?-, me repreguntó para
mi asombro.
-Y…ser un hijo de puta…verdadero.
-La verdad que no lo he
intentado…es que yo, honestamente, ya no estoy en edad de hacer el tonto.
EL CLUB DE LOS HIJOS DE PUTAS
De a pares, tríos, cuartetos.
Echando pestes, interrumpiéndose para agregar una coma, un punto, un acento, o
una parrafada que el resto asentirá con una mirada a un cielo raso descascarillado,
o un sacudón de cabeza eléctrico como si le tocaran el culo. No importa el qué
o el cómo, ni el cuánto de cada uno. Todos llevan grabadas en sus frentes una
firma, una inequívoca frasecita incandescente: hijo de una gran puta. Las
caligrafías varían por personaje como si fuesen grafitis dolorosos, tatuajes
hechos a mansalva. Bueno, no a todos les duele. Algunos lo lucen con un extraño
orgullo. Al igual que los veteranos de guerra muestran con altanería sus viejas
heridas, las cicatrices elocuentes de durísimas batallas y la satisfacción de
haber sobrevivido a ellas, las heridas. En muchos casos la frase está como sobrescrita
como si se la hubiesen tallado distintas personas. O la misma en diferentes
ocasiones. Todos llevan el estigma. Ganado a pulso o de rebote. Da igual. Así
se reconoce un colega con otro. Aún en la penumbra de una callejuela.
Pertenecen al mismo club. Para siempre. Es cierto que los idiomas varían, pero
en chino o indostaní, español o sueco, el que sea, el contenido es idéntico. Con
más énfasis, con sutileza, adjetivos más o menos groseros, el hijo de puta es
el principio o el fin. El leitmotiv. Quizá en chino suene más poético. Pero
quiere decir hijo de puta, también.
Son manuscritos penosos pero no se
relacionan necesariamente con los hijos de puta de la política, los hijos de
puta de la bolsa, o los hijos de puta comunes: violadores, maltratadores, ladrones,
usureros, sindicalistas, religiosos, deportistas, etcétera. No. Estos hijos de
puta lamentables son gente de lo más…normal.
Separados o divorciados por las
buenas o las malas. En el más amplio sentido. Lo de las buenas y las malas. Y
la letra de sus ex se lee sin mácula.
Las reuniones suelen ser
espontáneas y los relatos quejumbrosos. Poblados de excusas, justificaciones y
lamentos. No es necesaria ninguna credencial para ingresar a éste nada selecto
club. Ni ningún tipo de abono. Se presume que todos o casi todos ya abonaron lo
suficiente, por anticipado, y si está en óptimas condiciones para ser socio es
porque ya exhibe una ruinosa foto carnet de pobre infeliz. Sin foto. Es cierto
que con todo, igualmente, muchos sonríen a la cámara con una soberbia mirada de
huérfanos ancianos. De esas que luego ponen en sus perfiles de Facebook.
¿De qué se habla en estos
encuentros? Pues de todo. Todo lo fatal que le ha sucedido a cada uno. Si hay
hijos muchos ilustraran sus palabras mostrándoles al resto las fotitos que
guarda en la cartera evitando mencionar lo evidente: se parecen a la madre. Y
sí. Se parecen. Mucho.
Si no los hay enseñarán la de su
perro. Que se quedó con la que firma su frente. Y sí. Ese se parece a él.
Igualito.
Lo bueno de este club es que no
tiene sede social. Cualquier sitio puede servir de lugar de confesión: un bar,
la oficina, el rellano de la escalera de la comunidad, la plaza, el cajero
automático, la cola en las oficinas de empleo.
La cárcel.
O el velorio de algún socio.
Están como en cualquier club, los
veteranos y los novatos. También los reincidentes, esto es se fueron del club
sin aviso y un día reaparecen más resabiados, excitados como si los hubiese
perseguido un mastín o magullados pero con la sonrisa tonta de quien se ha
fumado un porro demasiado espeso a profundas e ininterrumpidas caladas. El
resto sabe que el efecto se le va a ir muy pronto y su próximo relato será más
penoso que antes de su partida. Aunque intente justificar su desventura con las
imágenes que guarda en el móvil de su nueva ex. Lo peor: son las tachaduras de
la firma anterior con la intención de que se imponga la nueva talladura. El “hijo
de puta” se ve como deforme. Pero se ve, claro. Y a la distancia.
No hay problema. Siempre serán
acogidos con el rescoldo fraterno de hermanos en desgracia. Como desventurados
machos que son.
Como ángeles caídos de un falso
cielo de tradiciones.
Como aguerridos caballeros
lanceados en plena…plenitud.
Como lo que son, fueron y serán
hasta el fin de los tiempos: unos genuinos ¡hijos de putas!
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viernes, 18 de abril de 2014
GABO
Cada cual recordará este día, o el
de ayer, como un día de desgracia. Aunque no sepa muy bien por qué. Quedará en
su memoria un luto extraño, un recuerdo ambiguo ensombrecido por una tristeza
común. Pero no olvidará este día. O el día de ayer. Periódicos de todo el mundo
resaltan en todas sus portadas el momento. Como lo hicieron con el señor
Mandela. Como no lo han hecho ni lo harán por tantos millones de personas que
han sido simplemente eso: personas. Los cientos de muertos en Siria serán
simplemente eso: cientos. En Siria, Singapur, Malasia, Chile, México, Túnez,
Costa de Marfil…en Colombia. Ni muertos
por enfermedades desconocidas, ni muertos a tiros. O machetazos. Ninguno tendrá
nombre. No lo tienen.
Lo tienen unos pocos elegidos.
Santos o malditos.
Cada cual llorará este día sin
entender, en la mayoría de los casos, el motivo de sus lágrimas. Como si se le
hubiese muerto un pariente muy lejano, un familiar que en algún recodo de su
juventud supo señalar un hito imborrable del espíritu. Con Lennon sucedió lo
mismo. Y con Gardel. Un periodista amigo me confesó una vez que caminando por las calles de Estambul, ciudad a la que
había viajado para cubrir no sé qué desastre, de pronto vio en la primera plana
de un diario el rostro del ex Beatle con un titular sangriento. Se le caían las
lágrimas, sin llanto. Solo con haberse enterado. Y no podía parar de llorar. Le
habían matado a un amigo. Aunque nunca
lo conoció personalmente era su amigo. Un compañero del alma.
Y no era cuestión el que aquel
muerto tuviese o no millones de dólares. Que fuese antipático en el trato
cotidiano. Que amase o no a sus mujeres y amantes. El mérito consistía en algo
sublime que aquel ser había parido más allá de su propia consciencia, y que ya
vivo, habitaba ahora en otras existencias inesperadas. Un prodigio.
Algo
mágico.
El ser humano vive desesperadamente
sediento de magia. Lo real está poblado de muertos sin nombres, de enfermedades
espantosas, de una ruin certeza. El hombre necesita algo mágico para no
sucumbir abruptamente. Algo así como el amor.
Que otra cosa puede ser sino amor
la razón por la cual lloremos a quien nunca conocimos en persona, solo por sus
actos que han llegado a nosotros como una llamarada, y de pronto nos dicen que ha
muerto. Que un viejo mago ha muerto. Cuando se necesita tanta magia. Y
sabiduría.
Por fortuna, para nosotros, gente sin nombre, el mago no se guardó
ningún secreto -¿o sí?-, y dejó volúmenes completos, tratados minuciosamente detallados
de su magia.
Es un consuelo.
Gracias, adiós, Gabo.
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