domingo, 18 de diciembre de 2011

¡Facebook me mata! -parte uno-

Más que una obsesión. Nos hemos vuelto adictos al punto que ya ni miramos el Hotmail…ni siquiera el youtube. Todo es Facebook: el correo, las noticias, el chusmerío, los vídeos, los juegos…Hay gente que vive paranoica y ante el mínimo click del móvil de alguien haciendo una foto, se desesperan: “Eh, eeehhh! No vas a meter esa “fotito” en Facebook, ojo…”. Si van a una fiesta están con un ojo en algo que les interesa y otro en los flashes.
En otra entrada de mi blog, hablé de las “ex” y los “ex” en FB. Pero el universo de pasiones y soledades de este nuevo “juguete” de la comunicación no tiene límites. Si bien es cierto que la mayor parte, el grueso de la información que circula por su escaparate es sólo eso, es decir, un asunto virtual, hasta en lo aparentemente afectuoso o comprometido, que por lo general se queda en apariencia y mera gesticulación de una simpatía que no es tal…se trata más bien de “estar”, de decir “presente”. Aún en asuntos intrascendentes para el propio autor de la foto, el chiste, la noticia, la denuncia o lo que sea. Pero ahí ya aparecen tres o cuatro con su “me gusta”, y algún que otro haciendo un comentario menos trascendente aún, o deliberadamente egocéntrico, que no viene a cuento de nada. Y a este también se le cuelgan un par de “me gusta”. ¿Por qué no? Si es gratis, y rápido. Un toque y ahí estamos, sumando nuestros nombres. Aunque más no sea para llamar la atención de alguien que diga: “¿Quién es este?”, entonces se mete en tu perfil, ve tu información y: “Ah, mira, le gusta Woody Allen y Bukowski…intelectual…le solicito amistad!”. O si no: “Ah, mira, le gusta Woody Allen y Bukowski…carroza…qué aburrido, puaj!”. Y así crecen las amistades como setas. Los “amigos”. Mi experiencia reciente en cuanto a este temita del “compromiso” virtual me a mostrado una cosa curiosa: si dicen que “quizá asistan” (a tu recital, por ejemplo), es seguro que no van. Y si ponen que van a asistir, casi seguro, tampoco van. Muchos se quejan luego, y hasta aparecen los que se habían “comprometido”, poniendo un “me gusta” ¡a la queja! “Falluterías” al margen, hay quienes, claro, no asistieron por verdaderos motivos, pero sí es verdad, lo he cotejado, la mayoría lo hace (poner que van a ir) por “cortesía”. Así pues muchos artistas, escritores, etc, confían, y promocionan, su espectáculo o su estreno, o la presentación de su obra, imaginando un lleno total. Resultado: Van un montón de desconocidos que se enteraron de “boca en boca”, y de los virtuales ¡ni el tato! ¿Los virtuales?, los “amigos”, por supuesto.
¿Qué pasa con otros tipos de citas? Bueno, eso es un tema, como diría Einstein, relativo. Si es uno a uno, o uno contra uno, o sobre uno, la asistencia tiene un alto poder de convocatoria. Aunque de artístico poco, parece que de satisfacción bastante, y el “me gusta” queda relegado solo y exclusivamente a los dos participantes. Aunque no falta el comedido que mete su “me gusta” donde no le corresponde, y su comentario donde tampoco le cabe.
En política más de lo mismo. Sin excepción de ideologías, aunque hay unas que tiene más tirón que otras, of course. La cantidad de gente que se adhiere a propuestas “revolucionarias”, “contestatarias”, “protestatarias”, y de otras “arias”, es casi infinita. Además de las subidas de tono en los comentarios: “Sí, hay que matarlos a todos ¡a por ellos”. Y yo estoy convencido que lo ha escrito un tipo –o una tipa-, muy repanchigado en el sofá de su casa, en el intermedio de la peli que miraba. Tal vez una de Chuck Norris, o de Jean Claude Van Damme. Vamos, que su compromiso duraba los cinco minutos de tanda publicitaria.
¿Con los animalitos? ¿Y las plantitas? Igual. Igual, si es que el asunto es muy simple. Excepto el que se ha molestado en “colgar” la propuesta, y quienes la han compartido, el resto se suma con un automatismo digno de asombro. Diez segundos después lo único que le recuerda que le dio al “me gusta” en el proyecto de enviar una sonda a la luna con semillas de amapola en su interior, o de juntar dinero para una expedición ecologista a la cima del Himalaya para colgar un cartel de papel, por supuesto ecológico, que diga de la importancia de preservar la extraña variedad de caléndulas que está a punto de extinguirse en el Mato Grosso, digo, lo único que se lo recuerda es que aparezca el “ a ti y a otros dos mil más le gusta”.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Sexografías: "Brujas", "Ogros" y resurrecciones.

-¿Sabés lo que te faltó decir? Es quién se transforma primero, si el “ogro” o la “bruja”, entendés-, me cuestionaba mi amiga Julieta, -porque no creo que de la mañana a la noche, y poniéndose de acuerdo, los dos salten de la cama convertidos…siempre hay una de las partes que se transformará primero, digo, ¿no?
Le expliqué que eso sería como buscar un responsable, y en una pareja, como dicen las “viejas de barrio”, las cosas son de dos. Aunque, acotaría yo, las más de las veces son de tres…y hasta de cuatro, o de cinco, si me apuran. Y con el Facebook se multiplican hasta el infinito. Dependiendo de la cantidad de “amigos”, claro.
Sebastián, un amigo, de carne y hueso, me preguntó otra cosa:
-¿Sabés cuánto tarda un “ogro” en convertirse en hombre?
-No-, le respondí intrigado, y sorprendido.
-Un segundo-, respondió con sonrisa maliciosa. Y me hizo caer.
-¿Tan rápido?-, pregunté siguiéndole el juego.
-Bueno, depende de lo que haya durado el primero-, se rió satisfecho de su invención.
No está mal, pensé. Por lo general entre “ogros” y “brujas”, uno ya es demasiado, y en una semana, o al mes. Así que si se repite en una misma noche algo cambió o está por cambiar. O es la despedida. Igual ese hecho –la repetición del acto sexual entre dos infortunados-, puede ser un síntoma de resurrección. O la recuperación súbita que precede a la muerte. Siempre hablando de la parte humana que ahora está abducida por los desagradables personajes míticos de la cotidianeidad.
De todos modos Sebas me aclaró: Yo habló del “ogro” con otra mujer, humana, ¿me entendés?, no con la “bruja”. Con esa ni un millón de años…luz.
Le contesté que desde mi punto de vista el sexo, si bien es esencial, puede llegar a sublimarse en situaciones extremas, y el amor entre ambas personas permanece inalterable. Una cosa es la pasión desenfrenada que se dosifica con el paso del tiempo, y otra el “brujismo” y el “ogreísmo”. Uno de los factores fundamentales para la aparición de éstos es el tiempo. Tiempo de hervor, tiempo de cocción, tiempo de deglución, tiempo de digestión y…tiempo muerto. En cuál estadio de la relación surgen los nefandos personajes, es imprevisible. No hay fórmulas. Quizá alguna que otra estadística no muy fiable, de esas que se publican en las revistas de supuesto valor científico. Nada. Más aún cuando hay otro elemento tan vital como incontrolable: el deseo. Este te puede llevar al milagro o la tragedia.
(Mientras yo me esforzaba por desarrollar una supuesta “teoría” más o menos coherente, mi amigo miraba las piernas cruzadas de una bonita dama, que todo hay que decirlo, también acaparó mi atención unos instantes. Hasta que se fue, concretamente).
-¿Te sigo contando?
-Sí, sí, seguí, seguí-, insistió Sebas, nuevamente interesado en el tema.
Bueno, como te estaba diciendo, son muchísimos los factores que acaban degenerando la fisonomía humana hasta convertirla en “bruja” u “ogro”. Y ese proceso no es fácilmente reversible. No basta con “más sexo”. Ni tener más sexo rehabilita la desmoronada estructura de un matrimonio en ruinas. Lo esencial es el amor, y es lo que se ha evaporado. Cualquier proeza amatoria no hace otra cosa que certificar la ausencia de lo esencial.
Sebas insistió, apuntándome un par de ejemplos de gente conocida por ambos, en que igual es posible revertir el proceso. “Brujas” que han vuelto a ser mujeres con sus respectivos “ogros” reconvertidos en hombres.
-Lo dijiste vos: no hay fórmulas. Y es algo así como una “resurrección”…
-No me decías hace un momento que “ni en cien años…luz”.
-Bueno, es que si no, no me cerraba el chiste…lo del “segundo” y todo eso…lo que yo pienso es que no hay reglas-, se puso serio, al fin, -y si no hay reglas es que hay libertad, y si hay libertad hay elección, y se elige a aquel o a aquella que en algún momento parecía un “ogro” o una “bruja”, es que hay grandes probabilidades de que sea amor, ¿no? ¿No hablabas de lo esencial hace un momento? No digo un amor, así, apasionado. Algo más templado, sabés…más equilibrado…Apasionado pero no tonto…
-Con respeto mutuo…
-Eso, claro, ¿no es lo primero que notás entre “brujas” y “ogros”, la falta de respeto?
-Pues sí…¿Y vos crees que es posible recuperar el respeto cuando ya se han hecho tantas heridas? Cómo se recupera la confianza, antes de nada. Porqué tenés que confiar en que no se va a perder nunca más el respeto, ¿entendés?
-Mirá, yo conozco gente que lo ha logrado. Cómo, y no sé, pero ahí están, y muy felices…
-Cuando se pierde el respeto, puede que hayan formas de recuperarlo, pero te aseguro que cuando se pierde la confianza, no la encontrás nunca más.
-No decías que lo esencial es el amor…
-El amor es confianza.

domingo, 4 de diciembre de 2011

SEXOGRAFIAS: Confesiones de ex "Brujas" y ex "Ogros"

ROSA M. L. ex Bruja
¿Sabés lo que es estar harta? Claro, vos, como hombre lo ves de otra manera. Del otro lado. Mirá, te doy un pequeño detalle: a mí no me gusta el fútbol. Para nada. Ni lo entiendo, ni me importa. ¿Qué cómo me casé con un fanático? José no era así. Se soltó después. Sí; miraba un partido de tanto en tanto. Como cualquier tipo. Lo normal, bah. Pero esto es solo un detalle, un pequeñísimo ejemplo de lo que parece ser y no es. O mejor dicho: lo que venía agazapado en el envase y no se mencionaba en el prospecto, entendés. Ahí también venía el “ogro”, sí, no te rías, propiamente un “ogro”, y no era que tenía que frotar la lámpara para que apareciese el genio, bueno, el mal genio, ¡salía solito! Un “ogro” con mal aliento incluido; sucio, desarreglado, de un humor imposible, malos modos, en fin…un “ogro”. Se “volvió” machista y para colmo, esto sí que ya me daba…asco: pajero. ¡La cantidad de páginas porno que tenía en su computadora era de escándalo! No sé…¿Cómo se sentirían ustedes si nosotras nos la pasásemos mirando tipos jovencitos con unas tremendas...? ¿A qué los pondría enfermos?
Con Felipe es diferente. Es un intelectual…es amoroso. Hasta se sienta en el inodoro para no mear afuera. Lo importante es que él hace su vida y yo la mía. Esa es la clave. No me pone cara de “ogro” cuando vuelvo tarde, o se me ocurre ir sola al cine…o no hice la comida. Es libertad, sabés, li-ber-tad.
Con José tuvimos dos hijos, y los dos están muy bien. Se llevan bien con Felipe –como él no tiene ninguno los quiere como si fuesen de él, con sus límites, claro-. José no llevó bien el tema de la separación. Al principio yo tampoco, imaginate, después de casi veinte años. Felipe me ayudo mucho. Si no fuese por él, no sé…me ahogaba, sabés…parecía que vivía la vida de otra a la fuerza, sí, a lo último sentía que estaba cumpliendo una condena. Me decía a mi misma: “Esperá, aguantá un poco más, cada vez falta menos”. No sabía para qué, pero sabía que un día se acabaría el suplicio. No, no exagero, un verdadero suplicio. Ustedes no tienen ni idea de lo insoportables, insufribles, ¡pesados! que pueden llegar a ser…ni idea. ¡Encima nos llaman “brujas”! Voy a ver a la “bruja”; a ver qué cocinó la “bruja”; lo que pasa es que la “bruja” no me planchó la camisa…”la bruja”. Ahí tenés a la “bruja”, a ver quién te aguanta ahora…La verdad es que recordar ciertas cosas me saca de quicio…me vuelve una “bruja”, já. Otra cosa que me viene a la cabeza es la mirada perdida. Les hablás de cosas que para una son importantes, y deberían serlas también para él, como la salud de los hijos ni más ni menos, y te das cuenta que tienen la vista posada en vaya saber que estupidez…¡Como vos ahora! ¿Ves? Es eso…ustedes son así, tal cual. ¿Felipe? El me escucha. ¿Qué un día se convierta en ogro? Le doy una patada en el culo, y mucho más rápido…¿Vos te crees que me voy a pasar los últimos años de mi vida con otro marmota? No, no…Te aclaro una cosa: a nosotras no nos basta con que lo “haga bien”. Llega un momento en el que sin mucho mimo, pero mucho, eh, no hay modo de tener ganas…a ustedes se les para y listo ¡a la carga! Creen que somos un recipiente…A la única previa que le prestan atención es a la del clásico del domingo…Y del después ni hablar, se dan vuelta, y a roncar…”Ogros”…Ahora, eso sí, cuando ya te hartaste, cuando ya pasaste ¿cómo dice la canción? ¿”Mil noches en vela”? Sí; la del Sabina, esa…Cuando decís basta, hasta aquí llegué, aparece como del fondo de la historia un tipo que apenas se parece a aquel del que te enamoraste, porque apenas se parece, y no porque esté viejo sino porque una cambió, sabés, y ya hoy no te casarías con un tipo así…la verdad…Y te viene llorando: “que por qué ahora”, “qué por qué así”…no se dan cuenta. ¡Creen que es la mamá la que los abandona! ¡La mamá! Ni en ese instante son conscientes…Eso sí, te termina de reafirmar en lo necesario y urgente de tu decisión. Y lo que te decía antes, yo ya tengo dos hijos, suficiente, cumplí con la sociedad y la naturaleza, listo…
¿Si tengo miedo de terminar sola? Si viví tantos años sola, soportando a un semi desconocido en mi cama que no sabés con qué te va a salir…¿miedo? No, no, miedo tenía antes, además te voy a decir algo que le escuché a otra mujer: No hay peor soledad que la soledad compartida.

JUAN E.G. ex Ogro
Reconozco que tenía razón, digo, la Mirta cuando se separó de mí. Bah, se fue. Es cierto que me llevó un tiempo asumirlo, sabés, un tiempo con Normita, otro con Julieta, otro con María, y otros tres o cuatro tiempos más cortos con…bueno, no me acuerdo de todos los nombres…todas buenas pibas, eh, muy buenas pibas. Con Julieta me hubiese casado, ves, pero ella también venía muy golpeada. Y sí, el “dorima” la “fajaba”. Eso sí que es duro. Nosotros somos de otra generación, una mezcla. Por un lado el Rock and Roll, el amor libre…todo eso…y por otro somos como la vieja guardia del tango, con conceptos más bien arcaicos; el orgullo de la familia “unita” como decían los “tanos”. El rol del hombre en el trabajo, el rol de la mujer en el hogar…Rock por un lado y rol por otro, parece joda, já. Pero es así. Volviendo a “lo de Mirta”, sí, al final le di la razón. Al final me refiero a más de un año después. Igual te quedan pequeñas cositas…resentimientos…¿Viste el dicho “el que se quema con leche ve una vaca y llora”? Bueno, eso. Yo veo un gesto, un ademán, cualquier síntoma de acritud, y me digo: ahí está la “bruja”. No les aguanto una. Con Normita me agarré un calentón bárbaro. Claro, hacía muy poco que me había separado y andaba, ya sabés…imaginate, quince años de casado con sus buenas y sus malas…bueno, Normita me invitó a quedarme a dormir dos o tres fines de semana en su casa, al cuarto, un domingo, me acuerdo, a la mañana, salí del baño y entró ella, y así como entró, salió hecha una…una “bruja”. El rostro transfigurado, nada que ver con la “sonrisitas”…propiamente una “bruja”. Que fuese la última vez que dejaba esas gotitas en el suelo…yo estaba medio dormido, che, ¿me entendés? Pero ahí me desperté del todo. Agarré mis ropas, le di un beso, y le dije que la llamaría…algún día. Una cosa es que te lo digan bien y otra que entren en confianza como para sacudirte un escobazo. En realidad no lo piensan, son pura hormona. Y eso es lo que sucede desde que me separé: No puedo ver a una mujer sin imaginarme la “bruja” que llevan dentro. A veces hasta calculo, depende de la historia que me cuenten, o como la cuenten: ¡Hum! Esta se convierte en un mes, ésta en un par de años, ésta otra no va a tardar ni dos días. Y trato de moverme dentro de esos límites. Por ahí me equivoco. Pero ya tengo ese estigma. Supongo que ellas también harán sus propias cuentas, pero seguro que apuestan a que van a transformarnos, bah, a someternos. Yo no apuesto ni una moneda a cambiar a nadie. Y nada de culpas, eh, nada de eso que nosotros las volvemos “brujas”. Si son, lo van a ser siempre. Te doy un consejo: nunca seas condescendiente con una “bruja”, es peor, se crecen, y no van a parar de darte escobazos. Cuando ya se cansen y vos estés tirado en el suelo, encima, van a decir que te dejan porque eres poco hombre para ellas. Son tan “brujas” que si pueden dejarte inutilizable, mejor. Lo mío ahora es cuestión de subsistencia pura y dura. ¿Qué hay que darse otra oportunidad? Yo me la doy, cómo no, pero dentro de los “límites” de los que te hablaba antes. Si todavía estoy tratando de sacarme la cara de “ogro” y de pelotudo que me quedó con Mirta. La de pelotudo es más difícil, es de nacimiento. Eso es como la ciudadanía Argentina. No me hago la víctima, además, que tenga cara no quiere decir que lo sea…totalmente. Es que quedás un poco resentido, la verdad. Quedás re sentido, o sea que sentís más las caricias…y los sopapos, sos más permeable.
¿Miedo a terminar solo? No, por lo menos, por ahora no. Además “mejor solo que mal acompañado”, ¿No? Mirá, el que dijo eso, seguro, pero seguro, vivía con una “bruja”. Aunque le escuché a un tipo una cosa mejor: No hay peor soledad que la soledad compartida.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

SEXOGRAFIA: Matrimonios de "BRUJAS" y "OGROS"

¿Cuánto tiempo le lleva a una mujer convertirse en “bruja”?, preguntó uno con picardía, y ante el silencio curioso del otro respondió: veinte años de matrimonio. Le conté el chiste a una mujer y me sugirió algo muy interesante: un poco más de lo que le lleva a un hombre convertirse en un “ogro”, ¿no?
Llevaba razón. Y cuánta. Siempre que miremos a través de los ojos de unas y otros, por ejemplo: La “bruja” puede ser en realidad una dulce y apasionada amante, decidida a todo, siempre y cuando el ser indicado –el menos esperado- acerque su mechero a la pólvora que el “ogro” imaginaba definitivamente extinguida. Y ¡oh, milagro! Ahí estaba la sonrisa compasiva y amorosa que se escondía tras el gesto de disgusto automático y mal disimulado –lo suficiente como para ser percibido de todas formas-, la caricia espontánea y comprensiva, el guiño y la atención verdaderamente interesada, y lo más importante de todo: el brillo en la mirada. Si hay algo que hace detectable a la “bruja” es la opacidad de la mirada hacia su “ogro”. Y viceversa.
El brillo en la mirada es la vida. Es el futuro.
Es el brillo que puede durar lo que un hechizo. El mismo que nos vuelve “ogros” y “brujas”. Y es el día y la noche. Extremos del amor pasado por el tamiz del matrimonio. El cual se convierte, la mayoría de las veces, en “patrimonio”. Un activo, o pasivo, que “está ahí” después de un intenso y laborioso trajinar de años. Como en los versos del himno nacional Argentino: “…que supimos conseguir”. Y que sean eternos los “laureles”. Solo ellos. Por que el “patrimonio” se perderá un día. Y se llorará su pérdida, claro. Y también las excusas.
Entonces ¿era amor? Digo, entre “ogros” y “brujas”. Claro que sí, ajado tal vez, mustio, hasta sombrío. O confundido por los remolinos del tiempo. Era amor. Lo demás son excusas: Que por los niños, que por comodidad, hay muchas cosas en común –bienes-, etcétera.
Solo nos enamoramos una vez por cada vez, y al principio. Es la “soldadura” del amor. El chisporroteo y el rojo vivo de la costura dura lo que tiene que durar para unir dos piezas, a veces muy diferentes, tanto que la soldadura no tarda en romperse. Materiales incompatibles, aleaciones parecidas, pero solo eso, parecidas.
Y al final: “brujas” y “ogros”.
¿No era el sexo? No. Un hombre puede tener “buen” sexo con cualquiera, pero al día siguiente no quiere ni acordarse del asunto, o solo lo hace para florearse con un amigo. Con “su” pareja es distinto, al día siguiente se siente “dueño y señor” para planificar un poco la mañana, y quizá también la tarde-noche…
En la mujer, la intimidad con “cualquiera”, no. Hay excepciones, por supuesto, y oficios. Pero las mujeres, para empezar, planifican antes, durante y después. Quieren tenerlo todo, o casi todo, “seguro”. Medido, catalogado, guisado, atado…seguro. Para eso disponen de una capacidad cerebral mayor que la de un hombre: los estudios científicos constataron que la parte dedicada al sexo en el cerebro de un hombre es dos veces y media mayor que en el de una mujer. Supongo yo, no lo dicen los científicos, que en algo ocuparan las mujeres ese espacio extra, si no está en el sexo, en qué ¡pues en escanearnos a nosotros y a sus congéneres! Y hay que tener mucha cabeza para procesar tanta información. Es una cuestión de “seguridad”. Es el elemento clave. Aunque la realidad se empeñe en contradecir tanta teoría. La realidad es que no hay método. La realidad es que el amor varía de persona a persona, y de pareja a pareja. Solo tenemos “muletillas” para no chocarnos como ciegos en la multitud.
La realidad, ese entorno que nos ha tocado –y a veces creemos modificar- esta atiborrado de “muletillas”, cegueras y contradicciones; aquello que queremos oír para justificar nuestros argumentos. La mayoría de ellos insostenibles, prestados de vidas ajenas tan distantes de las nuestras que es imposible reconocer su procedencia genuina.
Ahora las preguntas son: ¿Cuándo empezamos a convertirnos en “brujas” y “ogros”, y viceversa? Y más importante aún: ¿Por qué?
La rutina, me dijo alguien. El aburrimiento, agregó.

ENGAÑOS y DESENGAÑOS ENTRE BRUJAS Y OGROS.

El “ogro” está cómodo con su “bruja”. Está ahí. Comparte o asume la total responsabilidad en los asuntos que el “ogro” se siente incapacitado, a saber: La economía hogareña, la educación de los hijos, el aseo –hasta la del propio “ogro”-, la planificación de vacaciones, de vivienda, en fin…Y hasta cumple con el ritual amoroso. El “ogro” satisfecho. Total, para embelecos y pasiones furtivas y perecederas, otra. Sea del trabajo, de la calle, del autobús. Otra.
Claro que suele pasar que “esa otra”, si ella lo ve interesante, pretenda erigirse en la única a sabiendas que se llevará a uno que deja de ser “ogro” para convertirse en “indeseable”. Lo que lo vuelve más manipulable, ya que un hombre que a cierta edad toma esa decisión queda en un estado de indefensión total. Temerá más que a la muerte una mínima zozobra de la “nueva embarcación”. Aunque ésta solo sea una frágil balsa en medio del océano.
¿Y la “bruja”?
Cuando la “bruja” da el salto es porque ya lo calculó con infinidad de variantes. A diferencia del hombre, ella no teme al futuro. No solo eso: se siente más segura y fuerte que nunca.
Me decía una mujer de unos cincuenta y tantos, abogada, para más datos, y recién separada: “Por fin me quité al “Pepito Grillo” de encima…¡y hasta tengo todos los armarios para mi sola!”. El “Pepito Grillo”, su ex, claro. ¿Qué ella lo había dejado? No. ¡El se fue con su secretaria! (lugar común si los hay) Y la abogada tan feliz y contenta.
La libertad tiene para la mujer un significado mucho más sólido y amplio que para un hombre. Así que cuando se les da la oportunidad, o la toman ¡Olvídate! Ellas lo han rumiado de un modo que al hombre le costaría siquiera pensarlo. Lo han hecho incesantemente, con una constancia y una precisión de cirujanos. No por eso actúan con “justicia”, pero lo van a hacer sin piedad, y sin importarles el de enfrente, al menos, no profundamente, ya habrán desalojado para entonces de sus almas cualquier resquicio de conmiseración hacia el ya definitivamente ex. Para eso se tomaron su tiempo, buscando con lupa dentro de sí algún resto de cariño que llegado el momento pudiese afectar la resolución del caso. Es cierto que muchas veces hay intentos parecidos al “salto”, pero son solo pruebas; como la carrera que realizan los saltadores olímpicos. Van una vez, otra…están midiendo la tensión muscular justa. Pero para ese momento ya estaban muy preparados.
En los hombres –“ogros” o no -, el “salto” siempre es con ayuda. Aún en aquel tango “Justo el 31”, hay un dejo de auto compasión y rabia, y despecho. Por un lado se alegra de que la mujer lo haya dejado, se haya ido. Pero el fue incapaz de marcharse aunque la mujer que describe era casi el mismo demonio. El tipo no la deja. Solo cuando ella lo abandona, el malevo se despacha a gusto, y bronca, resentido hasta lo más hondo. Un ejemplo universal de la condición masculina.
En el mundo occidental, por lo menos, las mujeres equilibraron la balanza. Y aunque el mito de su “frágil” naturaleza con respecto a la del hombre nos ha enseñado un “ser débil”, la realidad es con mucho, muy diferente. Mental y físicamente la naturaleza las ha provisto de una fortaleza, más poderosa aún porque no lo aparentan. Lo contrario del hombre. Justo lo contrario. Y esa “fragilidad” masculina es la que ha construido miríadas de leyendas y prejuicios. Un cuerpo que está “preparado” para llevar dentro de sí otro cuerpo, alimentarlo, y protegerlo…dista mucho de lo débil. Aunque sobre todo para sectores religiosos siga siendo “devil”.

ADIOS de OGROS y BRUJAS

Un hombre separado siempre tiene un aire de “niño abandonado”, aunque se haya ido por propia voluntad –también los hay-. Siempre tiene un ojo en el hogar perdido. Siempre cree que “su propiedad” – la ex¬- sigue siendo parte de “su capital”, algo “suyo”. Por eso deambula, aún con amantes, pensando siempre en recuperar el “trono”. Y aunque lo piensen de un modo inocuo, lo piensan. Eso les da un rictus, un destello, una mueca de nostalgia y pena, poco compatible con un “volver a empezar”. Como el malevo del tango, parecerá contento de que la fulana se haya llevado hasta el cordel de colgar la ropa. Pero su alma está llena de piedras, al igual que la de los perros que se recogen en sitios de abandono. Siempre que te acercas para acariciarlos meten la cola entre las piernas temerosos del palazo. La “paliza” no se olvida nunca.
En las mujeres que ya dejaron de ser “brujas”, el disfrute de su “nueva” realidad las abstrae por completo. ¿No han notado nunca que los rostros de las mujeres separadas tienen un aire de paz y plenitud, que rara vez vemos en un hombre? Sus ojos tienen brillo. La mayoría se ha aprendido la lección, y es muy difícil que se equivoquen de nuevo. No en lo de volver a casarse, el de perder su independencia. Lo que sí les dificulta encontrar un hombre que acepté tal cosa de buen grado.
El hombre no tarda nada en colocarse él solito un nuevo arnés. Si se sentía que vivía bajo un yugo, lo más seguro es que se encadene con más candados. Creyendo que así sí, la cosa va a durar. Si antes con la “bruja” sentía celos de todo, con la “nueva” es un sin vivir. Y una resignada aceptación del “destino”. Del “qué bueno que me la quite de encima”, se pasa al “al menos me esperaba con comida caliente”.
Y luego al “al menos me esperaba”. La “nueva” tiene un tácito constante: “te estoy salvando”. El hombre es, por fin, consciente de que los recursos no son inagotables, y para peor: ahora es una mezcla de “ogro” y chucho apaleado.

LA “VOZ” de la SABIDURIA

Un anciano me decía una vez, con voz grave y en tono de confidencia, como si quisiera transmitirme una sabiduría que no le había solicitado pero que él estaba dispuesto a dejarme de “herencia pa`un hijo gaucho”, era algo así:
-Detrás de una “bruja” puede haber una “femme fatal” (o una mujer apasionada). Pero detrás de un “ogro”, un narcicismo en franca decadencia (un fracasado).
Y agregó, como poniendo su firma: “ninguna mujer quiere vivir con un fracasado…o un poeta. ¿Vos me dijiste que eras periodista, no?”.

SEXO inVIRTUAL

El tsunami informático no tiene fin. Y recién ha comenzado. Antes, y digo antes hace unos diez años, la “cosa” era virtual. Pero ese concepto ya es “arcaico”. Es físico. O tan virtual como una llamada telefónica. Necesitas medicamentos: internet. Herramientas: internet. Repuestos de coches, pasajes de avión, un calentador de agua caliente: todo internet. Sexo, amistades, una oreja, todo. Y sobre esto último, la variedad que prefieras o ni te imaginas.
Los portales para hallar “relaciones serias” no les van saga a las de “relaciones fugaces”. Y todos están comunicados con todos. Es un laberinto en donde no sabemos dónde empieza lo discreto y dónde acaba lo promiscuo. El auténtico “Cambalache” de la búsqueda de la pasión, o simplemente sexo.
A propósito de esto leía hace unos días, un reportaje en un periódico de España. Una página completa de entrevistas a mujeres –que no dieron su nombre, por supuesto-, y sus experiencias con las “Agencias de Relaciones Serias”. Todas las entrevistadas decían estar casadas. Y aburridas de la rutina matrimonial. Una de ellas relataba la cantidad de citas a las que había asistido: cincuenta. De las que confesaba solo concretó plenamente, y sin quejas: diecisiete. No todos a la vez ¡epa! Llevaba un bolso de gimnasio en el que portaba una indumentaria nada deportiva. Bueno, para ciertos “deportes”, tal vez. Su afán de demostración la condujo al baño del bar en dónde se realizaba el reportaje. Un bar común y corriente. Y allí se transformó en dos minutos. Como los súper héroes. Vestido ajustadísimo, tacones de diez centímetros, en fin, toda una diva. Otra, de unos cuarenta años, contaba como la habían puesto en contacto con tal o cual agencia, todo a través de internet. Todo menos el sexo, claro. Y el pago realizado en metálico en un banco, para que no haya vestigios del gasto.
Era el modo, decía otra, de concretar fantasías que su marido nunca aceptaría, y que además ella tampoco consideraba fuese posible realizar por pudor o prejuicios, o simplemente porque justamente de eso se trataba la fantasía: hacerlo con un extraño. Es la mejor forma, aseguraba una cuarta, de mantener su matrimonio.
Todo sonaba muy parecido al antiguo “ir de putas”, de los hombres. Aunque las entrevistadas decían que sus experiencias fueron con tipos corrientes, no trabajadores del sexo. Para eso las agencias, que recababan suficientes datos antes de conceder las citas. Solo polvos, espolvoreados con bastante adrenalina. Y por lo general, algunos gastos pagados por el caballero semi anónimo.
Debo confesar que yo era muy escéptico con el tema de las relaciones de internet. Claro, me quedé en la época del chat de Hotmail, sin cámaras ni micrófonos. La tecnología arrasó mi recelo. Y ahora con los móviles, los sms, etc. Se de parejas muy felices unidas con un click.
Antes, con el simple chateo, todo era un palabrerío poco fiable, un ejercicio de onanismo universal: Que tengo treinta años y en realidad pasaba los cincuenta; que la soledad, esto y lo otro y en verdad tenía un familión y una prole de varios pueblos a la redonda; que le gustaba el sexo tántrico y se conocía el kamasutra de memoria pero la realidad es que no le veía “la cara a Dios” desde hacía varias generaciones. En fin, en su momento me inspiro una canción que ahora ya suena antigua, por supuesto:
“Le habla de sus ansias, de su modo de ser
Y él la sueña cada noche cuando cierra el Messenger…
Ella no le ha dicho nunca que cumplió cincuenta y seis
Y él no dice que postrado en ese lecho lleva tres…”
(Messenger, 2001)
Ahora con el Facebook es muy diferente. Antes de solicitar, o conceder una amistad a un desconocid@, ya sabes qué música le gusta, qué lee, que estupideces comenta –lo que da una aproximación a su coeficiente intelectual-, si va mucho al cine, si le gusta mucho el trago…todo el curri y el culum completo. Así pues si surge una cita real la sorpresa no es tan traumática. No más que la te llevas luego de unos años de casad@.
Algunas veces simplifica las cosas. Directamente van al sexo, que es lo que les falta conocer del otro. Lo demás consta en su perfil. Si mienten el fraude se devela muy rápido. Por no hablar de las antiguas parejas que se reencuentran y las que se separan. L@s ex que reaparecen subitamente enamorados, o furiosos, envíando vídeos sugestivos, indirectas apasionadas, "me gusta" hasta la errata, sonrisas de paréntesis interminables. Sin necesidad de usar el chat para que nadie se entere: mensajes y mensajes a cual más besucón, o abrazón. Claro, que aquí también hay trampa, cómo no...La realidad, la palpable y cotidiana, y el efecto que produce en cada vida con sus más y sus menos, segundo a segundo, es muy distinta a la rabia y la baba virtual.
Ahora, igual, para estar actualizado escribí una canción sobre el Facebook.
“…golpes militares y romances de escuela
Que evoca una foto que vi en FB…
…dónde en septiembre ya es primavera
Aquella muchacha ya es una mujer
Que cuelga en su “muro” con orgullo de abuela
La imagen del niño que acaba de nacer…”
(La foto de Facebook)
No sé cuánto tiempo tardará en estar caduca, pero así es la vida, bueno, la tecnología.

miércoles, 12 de octubre de 2011

DECALOGO MACHO: Qué queremos los hombres, de ellas.

Lo que escribiré a continuación no pretende ser nada original, qué bah, son más bien tópicos pero como lo que abunda no daña, dicen, no está demás si sirve para echar un poco de luz. Por echar algo. Que por ahí van los tiros. Los nuestros. “¡Macho!”, dijo la partera.
Antes de nada, y para entrar de lleno en los puntos esenciales, los hombres queremos que ellas siempre estén disponibles. Ya me entienden, disponibles…Es una cosa primitiva, ya lo sé, pero es lo que hay. Todavía, miles de años después. Como ya lo describí más “largamente” en anteriores entradas: el que manda es “EL”. Con mayúsculas. Si nos quieren tener contentos tienen que darle de tanto en tanto el gusto. Más de tanto que “de tanto en tanto”. Por lo demás estamos para servirlas, siempre y cuando no juegue nuestro equipo favorito, eso es bastante sagrado. Ellas saben ¡y vaya si lo saben! Que para nosotros el sexo es lo primero. Y lo segundo, y lo tercero. Aunque a determinadas edades lo segundo ya es una tarea improbable. Y peligrosa. En fin, he aquí una breve enumeración de -esta vez sí- pretenciosa y secular fantasía masculina, una utopía…tras otra.
PRIMERO: Que no nos recriminen por mear fuera de taza del wáter. Les explico a las que no lo sabían: (ya sé que les da igual las razones, pero a lo mejor pillo a alguna distraída, y le hago un favor a un amigo, o no) Cuando nos levantamos se suele levantar también el mozo, está tenso, y tan atontado como su portador. Lo cual hace muy difícil direccionar con exactitud su desahogo. Y más aún contener la densidad de éste. ¿Han visto las regaderas de los parques? Tienen el grueso del fluido en un sentido bien definido. Visto de lejos es casi perfecto. Pero según nos acercamos vemos que de la boca de salida surge un rocío que nos acaba mojando los pies. Tal cual. En especial de mañana, estando medio dormidos. Y de noche, si estamos medio borrachos. Deberíamos limpiar, y lo haríamos si nos quedara tiempo entre mirarlo, saludarlo, sacudirlo, embolsarlo y desperezarnos aliviados. Como lo que cae al suelo lo pisamos sin darle mucha trascendencia, aunque esté húmedo y nosotros descalzos (siempre hay cierta humedad en el suelo del baño, no sé por qué). Luego posamos nuestras manazas en el lavabo para tratar de reconocernos en el espejo, nos restregamos los ojos, bostezamos o eructamos, o ambas cosas, nos rascamos el culo, nos picamos la nariz para quitar algún moco molesto y finalmente abrimos el grifo y nos lavamos las manos. Lo primero que pensamos es que tenemos que afeitarnos. Y esa obligación ya nos pone de mal humor.
Ya ven, mujeres, que lo nuestro no es fácil.
De los momentos posteriores a la mañana, o anteriores a la borrachera nocturna, no se me ha ocurrido ningún pretexto. Pero, tranquilas, que lo hay, seguro, siempre…ya pensaré en algo. Esto es solo una síntesis, eh, que no pretendo escribir una enciclopedia, faltaba más.
SEGUNDO: Queremos que se vistan “sexis” en casa. Y que salgan a la calle, aunque tengan que llevar sus currículos a la “Stándard Oil”, como si estuviesen en casa, no “sexis” si no más bien lo contrario y si le agregan ese rictus de odio que se les queda después de haber visto la taza del wáter, mejor. Mucho mejor.
TERCERO: Que no nos acosen con reproches justo en el momento en el que juega nuestro equipo favorito. Es de cajón, para apostar y no perder, que siempre que estamos subyugados por un jugadón que puede acabar en gol, en vez de ver de cerca las piernas que llevan el balón, nos sorprenden las piernas –bonitas, sí muy bonitas- de ellas, entre nosotros y la pantalla de la televisión. Y sus voces: “¡Desde mañana el baño lo limpias tú!”.
Y no les basta que le digamos “sí, sí”, instintivamente mientras manoteamos el aire sugiriéndoles que se aparten, o que inclinemos nuestras cabezas buscando un hueco, no. Ellas, brazos en jarra nos clavaran sus miradas para que las miremos a los ojos, para asegurarse que les prestamos verdadera atención. Es en ese preciso momento en el que escuchamos: “¡Gooooool!” . Y como no veíamos, no sabemos si es a favor o en contra. Ahí, ellas sí giran sus cabezas y miran. Y dejándonos como un estropajo nos dicen, yéndose satisfechas: “Después lo repiten en las noticias”. ¡Pero no es lo mismo! Esto está en directo. Y nos lo perdimos.
ANEXO AL PUNTO SEGUNDO: Sí, queremos que se vistan “sexis” cuando salen…con nosotros.
Por eso:
CUARTO: Que no nos pregunten cien veces: “¿Estoy bien así?”. Nunca vamos a coincidir. Ellas esperan a que les demos una respuesta desde un punto de vista femenino ¡pero si tuviésemos ese punto de vista tan pronunciado seríamos gays! Ellas están pensando en detalles que verán o presumen que verán otras congéneres, aparte de los hombres, pero por sobre todo la “competencia”. Y en eso no tenemos la más pálida idea.
Ellas realizan una carambola con sus pensamientos, más o menos así: piensan qué pensará fulana que piensa zutano que vino con mengana, cuando me mira el escote. Por ejemplo. Y hasta “qué piensa fulana…” la seguimos, luego, imposible. Porque a no confundirse, amigos: ellas piensan “en” nosotros, no lo piensan “como” nosotros. Y la diferencia es esta: los hombres exhibimos un “trofeo”, mientras que ellas imaginan una galería y en la galería el reflejo de sus siluetas en los cristales de los escaparates donde se exhiben trofeos, y comparan mentalmente las otras siluetas reflejadas y el brillo de los ojos de los hombres que buscan los escotes, sin dejar, ellas, de comparar otros escotes y criticar los “trofeos” exhibidos por marmotas como uno. ¿A qué es complicado? ¿A qué marea un poco? Yo tampoco sé cómo lo hacen, pero lo hacen.
QUINTO: Que estén siempre “disponibles”…¿Qué ya lo dije?...bueno, entonces…corrijo:
QUINTO: Que no nos pidan que hagamos orden y/o limpieza “como ellas”. Para nosotros lo que no se ve, no se ve. Por ejemplo, la parte de atrás de los libros en las estanterías. O la parte superior de los libros en los estantes más altos ¿quién mira ahí? Nadie. Salvo que saquemos uno no lo notamos. Y si tiene un poco de polvo, con soplar, asunto arreglado. Con las sábanas lo mismo ¿quién se da cuenta que no están bien tendidas? Ni siquiera uno al acostarse nota la diferencia, ¿no? Bueno, ellas sí. Aunque las arrugas estén de “nuestro” lado. Uno se entera que ellas lo saben cuando comienzan a tironear de un modo nervioso por debajo de la almohada, la nuestra. Y en el momento en el que empezábamos a quedarnos dormidos.
El baño ¡santuario si los hay! ¿Limpiarlo? Claro, por qué no. Alguna vez, por supuesto. Pero el remedio es peor que la enfermedad. Una cosa es que te digan: “¡Mañana el baño lo limpias tú!”, y otra, muy distinta: “¿Y el espejo? ¿No le has pasado el limpiacristales nuevo que compré? ¿Cómo que no sabes dónde está? Está ahí, junto a los productos de limpieza ¿Cómo que cuál es? ¿Eres tonto? ¡El que dice limpiacristales!”.
Ni habíamos mirado, la verdad.
“¿Y la taza del wáter?”. Ya estamos de nuevo. “¿Para qué tenemos ese trapo, con los guantes de goma..? ¡Ay! La bañera llena de pelos…”
-He pasado la fregona…-, alegamos tímidamente.
“¿La fregona? Pero si es que no has barrido antes (¡Ups! Había que barrer)…¿Le has echado desinfectante al agua, por lo menos?”. No, no, se lo echamos. Así que finalmente llega la eterna frase: “¡Para limpiar “así” mejor no hubieses hecho nada!”.
Exacto. Si de eso hablaba yo.
Pero entonces vienen otras tareas, puesto que en las anteriores demostramos nuestra estupenda inutilidad.
-El grifo pierde…a ver cuándo lo arreglas…
Ese “a ver” es ya.
Y nosotros: “¿Qué grifo?”. Ah, ése…
Una gotita de mierda que no molesta a nadie. Solo a ellas.
-Mira la marca que ha hecho en el costado del fregadero…-, dramatizan. Y lo hacen a las mil maravillas.
¿Qué “marca”? Uno la verdad que no ve nada. Pero seguro que está “marcado”. Si lo dice así.
A buscar la llave inglesa…y toda la caja de herramientas, porque nunca se sabe. Además, si no la montamos bien grande no estamos tranquilos. Ahí sacamos pecho, a lo macho, cuando empezamos a desparramar toda clase de artilugios metálicos. Y sucios. Entonces nos advierten:
-Después limpias todo eso, eh…y no apoyes esas “cosas” en la encimera, ponlas en el suelo…
Es que nos quedan lejos, si nos falta algo tenemos que estar agachándonos todo el tiempo. No, no lo entienden.
-…y pon un plástico debajo.
¿Y de dónde saco yo un plástico ahora? Pensamos mirando a todos lados, desorientados.
Y ellas saben que ya nos han puesto en aprietos. Creo que lo disfrutan. Entonces, sacudiendo la cabeza con fastidio, nos dan un hule todo dobladito que guardaban en un cajón de la cocina que no sabíamos que existía. El cajón. Ni el hule tampoco.
-Usa esto…
Sentimos que el tiempo se nos va, inútilmente. Podíamos haber estado haciendo nada, que es lo que mejor se nos da, aún con el eco de unos rezongos a nuestro alrededor. Y se nos seguirá yendo el tiempo, luego, reordenando el desorden que organizamos, dejando huellas de dedos por cantidad de sitios que serán pasto de futuras reclamaciones. ¡Vaya uno a saber qué productos usarán ellas para quitar esas marquitas en tan variadas superficies! Si cuando ya aprendimos que el embase de “etiqueta verde” servía para limpiar “única y exclusivamente, y con un chorrito así, ves…” el lavabo ¡Saz! Ya compraron otro de “etiqueta azul” y pico encorvado: “Este es igual que el de “etiqueta amarilla” que compré el mes pasado, y es diez céntimos más barato ¿sabes?..”. Ajá. “…y si le echas menos, así, dos gotitas, rinde lo mismo, ves…”. Ajá. “El de los muebles es este, ves que dice para madera…”. Ajá. “…no uses el de “etiqueta roja” porque le quita brillo, déjalo para los estantes, los de ahí arriba, de los libros…”. Ajá, así que “ahí” sí, ajá. Yo creo que intuyen que toda esa información que nos dan es gastar pólvora en chimangos. Es más, estoy convencido de que se lo repiten para ellas mismas, es una gimnasia mental. Es el modo en que mantienen ágil y lubricado el laberinto físico y virtual de sus cerebros. Esa inmensa autopista por donde circulan a altísima velocidad infinidad de vehículos cargados de notas de los niños, facturas nuestras, toneladas de comestibles, miríadas de productos de limpieza, sus precios, las caras de las cajeras de los supermercados, y la gotera del grifo, y la marca que dejó la gotera…y la taza del wáter…y el universo…
¿Cómo no les va doler la cabeza? Claro. A quién no. Bueno, a nosotros no.
Y eso parece ser el motivo, creo, ahora que lo pienso, de llegar tan agotadas al final del día….¡Justo cuando por fin las tenemos a mano!…¡disponibles! Solo faltaría que además estuviesen dispuestas, y eso ya sería la bomba.
Que sin lugar a dudas es lo que más queremos los hombres. De ellas.

viernes, 7 de octubre de 2011

El tiempo, la empleada pública, el tren y el chucho

Tengo cincuenta tacos, o pirulos. Como prefieran. Son años. Todos. Llevo en esta vida unos dieciocho mil cuatrocientos treinta días. Más o menos. Con sus respectivas noches, claro, lo que sumado sería algo así como treinta y seis mil ochocientos sesenta momentos diurnos y nocturnos. Sin contar las mañanas y las tardes. Que ellas también cuentan, por supuesto. Si las matemáticas no me fallan, en horas, la suma sería la siguiente, a ver: cuatrocientos treinta y ocho mil, minutos más, menos. Y en esto no van los nueve meses que me los pasé buceando. Que hay que tener agallas.
Ahora digo yo, después de semejantes cifras, por qué le tengo que aguantar la cara de culo a la empleada de turno de una oficina pública, en la que he gastado ingentes cantidades de esos números en proveerla de nómina y café, ¿eh? ¿Eeeeh?
A ver que alguien me lo explique. Que igual no me interesa que me expliquen nada. ¡Quiero que me atiendan con una mínima cortesía! Al menos que me presten atención, y no que esté atenta a sus teléfonos y/o su reloj, o a los gestos del coleguita de la otra mesa. Si espera a que llegue Brad Pitt para dar un trato amable, va frita. Ese no va ni a su propio escritorio a mirar los extractos de sus cuentas bancarias. ¿Se imaginan al personaje metiendo su libreta de debito en el cajero automático de la esquina? No, ¿no? Imposible. Yo me he imaginado a Demi Moore, en un par de ocasiones haciendo cola en mi sucursal bancaria. No les recomiendo ese ejercicio. Ni para hacer tiempo, mental. La sorpresa siempre es ingrata, se los aseguro. Un solo giro de cabeza de la imaginada, y del paraíso al infierno en un abrir y cerrar de ojos. Y a veces mejor dejarlos cerrados unos segundos hasta oír que los pasos se alejan. Lejos.
Es como cuando te subes al autobus, o al avión. O al tren y te ilusionas pensando que te va a tocar compartir ese largo viaje con una simpática modelo a la cual, casualmente, acaba de abandonar su novio. O que busca uno diferente a los del mundo de las pasarelas, el lujo, el glamour, la riqueza, la belleza…En fin busca a alguien simple, como uno, bah! Pero no, ahí viene esa inmensa mujer, cargada de bolsos, buscando su número de asiento, resoplando malhumorada; y uno empieza a murmurar para sus adentros, sin dejar de mirarla, como si pudiésemos hipnotizarla: “Aquí no. Aquí no. Aquí no”. Y a medida que se acerca cambiamos del conjuro al rezo: “Que no sea aquí. Que no sea aquí, que no sea aquí”. Cuando por fin la vemos pasar de largo suspiramos profundamente. Justo en ese momento, la que no vimos venir, porque venía de atrás, se agacha sonriente a ver el numerito sobre nuestras cabezas: “Es este”, susurra satisfecha. La anciana acomoda primero la cajita del perro sobre el asiento, y con el chucho en brazos, cual bebé, nos mira pidiéndonos socorro para que le subamos sus bolsos al portamaletas. Lo primero que se nos ocurre es preguntarle si va muy lejos, como si fuese un autobús que para en cada esquina. Madrid-Valencia, horas y horas. Sin paradas. Ni una.
Debería llevar el animalito en la caja, pero eso no sucederá. No lo va a hacer, no. Cómo va a hacer sufrir al pichicho. Más cuando otros, en asientos alejados, le hacen gestos de “qué lindo el perrito”. Una trae a su hija desde la otra punta del vagón y se lo enseña “mira qué bonito, y va a viajar con nosotras…ves, él no llora, se porta bien”. No el que llora soy yo. Por dentro. Y a lágrima viva cuando a los cinco minutos de ponerse en marcha el tren, la tipa comienza a sacar con dificultad de un bolso que parece una muñeca rusa, toda una parafernalia indescriptible de cacharritos y bolsitas de comida para ella y para el peluche malcriado. Y el asunto ahora, además, comienza a oler peor. Cuánto más nos arrinconamos contra la ventanilla, más espacio cedemos. Y lo ocupan. Casi que nos arrepentimos de haberle echado el maleficio a la gorda que pasó de largo. Hasta fantaseamos con que hubiese sido una agradable compañera de viaje. Ya la añoramos. Por lo menos era una sola “cosa”. Un consejo: ni se les ocurra tratar de caerle simpático al chucho. Misión imposible. Vamos a ver sus dientes durante toda la travesía, aunque su dueña se empeñe en explicarnos que lo que lo pone mal es el encierro. “El que se siente encerrado soy yo, señora-, me dan ganas de decirle, -pero me las aguanto”. Y así te pasas todo el camino, levantando la cabeza para ver si alguien se arrojó del tren y dejó un asiento libre para poder mudarnos de sitio, aunque sea pasillo. O en el pasillo mismo, si nos dejasen.
Lo único positivo es que no tienes que reprimirte. Si has ingerido un desayuno beligerante, o bebiste varias gaseosas, nada de contener hasta el límite ese deambular incesante de burbujas intestinales. Disimuladamente te relajas y dejas fluir. ¿Quién ha sido? El peludo y pulguiento polizonte, que ahora nos olfatea con más mala leche. Si su propietaria te pone fea cara, que se aguante también. Para el resto del pasaje: fue el chucho o su dueña, o ambos. Igual que con la empleada de la oficina pública. Que el resto del personal dude si fuiste tú, o ella. Con tantos cafés que bebe y tanto tiempo sentada. ¡Ahora tienes motivos para estar de mal humor, joder!