miércoles, 22 de octubre de 2014

EL CLUB DE LOS HIJOS DE PUTAS

Me lo dijo un tipo, que decía ser abogado. Por los años y la mirada  creo que tenía más experiencia propia que la adquirida a través de sus clientes. Luego corroboré que era así. Me dijo: Hagas lo que hagas siempre serás un hijo de puta. Te hayas ido como te hayas ido. O te hayan ido. Te hayas llevado o no cualquier cosa. Te espere una amante o la soledad más absoluta. Le dejes deudas o fortuna. Te haya arrastrado el alcohol, el sexo, el juego, o un tumor en el cerebro. Da igual: has sido, eres y serás por los siglos de los siglos: un reverendo hijo de la gran puta.
Por no querer, por no querer seguir queriendo, por no aguantar, por no tener huevos suficientes. Por creer que los tienes en grandes dimensiones. Por concretar lo que se presumía y se reprochaba que no lo hicieras de una bendita vez. Por decidir por ti mismo…
No hay manera.
Entre diálogos, acuerdos, momentos de agradable franqueza, comprensiones compartidas, antes o después, tu verdadero nombre, ahora el definitivo, asomará en cada reunión, en las que no estarás presente, con toda su contundencia, y elocuencia: Fulano, el hijo de puta. O el hijo de puta de fulano. Invariablemente.
Si te ha ido mal, si te ha ido bien, si te hundes en las más horrorosas incertidumbres; si aciertas, al fin, y el destino te lleva a un abrazo desinteresado o a las fauces amorosas de una perfecta desconocida. Igual: serás el hijo de puta.
Aunque los pelos de ogro comiencen a blanquear o se evidencien irreparables calvas en el lomo de bestia, como sea serás un ogro. Aunque este estado, el de animal, seda paso con el tiempo a una persona –difícil pero posible-, lo que no va cambiar es esa denominación de origen grabada en tu frente por la bruja –ellas sí que cambian, hasta convertirse en dulcísimas damas, ya verás, también me dijo-. Lo que las delata es la boca ¡ay sus bocas! Tendrán siempre una memoria selectiva y antes de mencionar tu nombre dirán, a pesar de ellas mismas a veces, un hijo de puta casi deletreado: hi-jo-de-ppppu-ta. Así arrastrando la p casi con deleite. Matando dos pájaros de un tiro: te putea a ti y a tu madre. No, no hay eufemismos ni simplificaciones. No dice el canalla, el crápula, el jodido, el maricón. No, te menciona con nombre y apellido: hijo de puta. Y la referencia a tu madre no es antojadiza ¡qué bah! Expresa el odio a lo que eres, para ella, y a tus raíces más íntimas. Es más hiriente. Es una brochete infinita y caníbal.
No te resistas, me dijo, no te esfuerces en mejorar lo irremediable. La fuerza de la naturaleza femenina es de una potencia arrolladora. Te morderá, te pellizcará, te escupirá el hijo de puta allí donde te encuentres. Y con quien estés. Y si estás con más ahínco. Tratará de que el hijo de puta llegue a los oídos de tu compañía, sea ésta mujer o no, íntima o no, no importa. Intentará hacerte sentir culpable, lo seas o no. Y si tienes un mínimo de culpa te la apretará como un grano en tu culo. El hijo de puta lleva una culpa implícita y totalmente individual: la tuya, hijo de puta.
Y la de tu madre.
No importa tampoco lo que hayas hecho antes. Si antes eras un pobre infeliz, ahora eres, y serás, un hijo de puta. No quisiste morir como infeliz, morirás como un hijo de puta.
Y la culpa es toda tuya, hijo de puta.
Hay una solución poco probable, por no decir imposible: un trasplante de cerebro –el tuyo-. O un tratamiento que borre parcialmente la memoria –la tuya-. Al menos no sabrás por qué o quién te grita o susurra un hijo de puta con tanta vehemencia. Pero todo esto aún no se ha comprobado científicamente. Lo hicieron con bichos, pero los resultados han sido por así decir, poco menos que tremendos fracasos.  No lo recomiendo.
Así que, me dijo finalmente el tipo, la cura o el remedio al menos temporal para estos casos, es el siguiente: Consiste en un ejercicio realizado durante siglos por hombres de distintas latitudes y clases sociales diversas, en algunos casos hasta han sido más que satisfactorios, hay mucha bibliografía al respecto:
Ser un verdadero hijo de puta.
¿En qué consiste? Pues muy simple, aunque hay que tener, como diríamos, un par de..ya sabes, mucho temperamento, mucha decisión y sobre todo fe. Fe en ti mismo, digo.
Procedimientos: Que te gustan las mujeres ¡a por ellas! Que te beberías tal vino o tal whisky hasta caer redondo del pedo ¡pues hasta la última gota! Que te has quedado sin trabajo –por andar de copas o de putas-, y no llegas a pasar la mensualidad o el magro euro que deberías ¡pues no tengo, no has oído, n-o-t-e-n-g-o! ¿Que si tengo para el tabaco? ¡Por supuesto! ¡Y para el copón también! ¡Y para condones! ¿No soy el hijo de puta? ¡Pues ahí tienes!
Ajá, le dije al abogado. Y a ti te ha resultado, le pregunté.
-¿Qué cosa?-, me repreguntó para mi asombro.
-Y…ser un hijo de puta…verdadero.
-La verdad que no lo he intentado…es que yo, honestamente, ya no estoy en edad de hacer el tonto.

EL CLUB DE LOS HIJOS DE PUTAS

De a pares, tríos, cuartetos. Echando pestes, interrumpiéndose para agregar una coma, un punto, un acento, o una parrafada que el resto asentirá con una mirada a un cielo raso descascarillado, o un sacudón de cabeza eléctrico como si le tocaran el culo. No importa el qué o el cómo, ni el cuánto de cada uno. Todos llevan grabadas en sus frentes una firma, una inequívoca frasecita incandescente: hijo de una gran puta. Las caligrafías varían por personaje como si fuesen grafitis dolorosos, tatuajes hechos a mansalva. Bueno, no a todos les duele. Algunos lo lucen con un extraño orgullo. Al igual que los veteranos de guerra muestran con altanería sus viejas heridas, las cicatrices elocuentes de durísimas batallas y la satisfacción de haber sobrevivido a ellas, las heridas. En muchos casos la frase está como sobrescrita como si se la hubiesen tallado distintas personas. O la misma en diferentes ocasiones. Todos llevan el estigma. Ganado a pulso o de rebote. Da igual. Así se reconoce un colega con otro. Aún en la penumbra de una callejuela. Pertenecen al mismo club. Para siempre. Es cierto que los idiomas varían, pero en chino o indostaní, español o sueco, el que sea, el contenido es idéntico. Con más énfasis, con sutileza, adjetivos más o menos groseros, el hijo de puta es el principio o el fin. El leitmotiv. Quizá en chino suene más poético. Pero quiere decir hijo de puta, también.
Son manuscritos penosos pero no se relacionan necesariamente con los hijos de puta de la política, los hijos de puta de la bolsa, o los hijos de puta comunes: violadores, maltratadores, ladrones, usureros, sindicalistas, religiosos, deportistas, etcétera. No. Estos hijos de puta lamentables son gente de lo más…normal.
Separados o divorciados por las buenas o las malas. En el más amplio sentido. Lo de las buenas y las malas. Y la letra de sus ex se lee sin mácula.
Las reuniones suelen ser espontáneas y los relatos quejumbrosos. Poblados de excusas, justificaciones y lamentos. No es necesaria ninguna credencial para ingresar a éste nada selecto club. Ni ningún tipo de abono. Se presume que todos o casi todos ya abonaron lo suficiente, por anticipado, y si está en óptimas condiciones para ser socio es porque ya exhibe una ruinosa foto carnet de pobre infeliz. Sin foto. Es cierto que con todo, igualmente, muchos sonríen a la cámara con una soberbia mirada de huérfanos ancianos. De esas que luego ponen en sus perfiles de Facebook.
¿De qué se habla en estos encuentros? Pues de todo. Todo lo fatal que le ha sucedido a cada uno. Si hay hijos muchos ilustraran sus palabras mostrándoles al resto las fotitos que guarda en la cartera evitando mencionar lo evidente: se parecen a la madre. Y sí. Se parecen. Mucho.
Si no los hay enseñarán la de su perro. Que se quedó con la que firma su frente. Y sí. Ese se parece a él. Igualito.
Lo bueno de este club es que no tiene sede social. Cualquier sitio puede servir de lugar de confesión: un bar, la oficina, el rellano de la escalera de la comunidad, la plaza, el cajero automático, la cola en las oficinas de empleo.
La cárcel.
O el velorio de algún socio.
Están como en cualquier club, los veteranos y los novatos. También los reincidentes, esto es se fueron del club sin aviso y un día reaparecen más resabiados, excitados como si los hubiese perseguido un mastín o magullados pero con la sonrisa tonta de quien se ha fumado un porro demasiado espeso a profundas e ininterrumpidas caladas. El resto sabe que el efecto se le va a ir muy pronto y su próximo relato será más penoso que antes de su partida. Aunque intente justificar su desventura con las imágenes que guarda en el móvil de su nueva ex. Lo peor: son las tachaduras de la firma anterior con la intención de que se imponga la nueva talladura. El “hijo de puta” se ve como deforme. Pero se ve, claro. Y a la distancia.
No hay problema. Siempre serán acogidos con el rescoldo fraterno de hermanos en desgracia. Como desventurados machos que son.
Como ángeles caídos de un falso cielo de tradiciones.
Como aguerridos caballeros lanceados en plena…plenitud.

Como lo que son, fueron y serán hasta el fin de los tiempos: unos genuinos ¡hijos de putas!

viernes, 18 de abril de 2014

GABO

Cada cual recordará este día, o el de ayer, como un día de desgracia. Aunque no sepa muy bien por qué. Quedará en su memoria un luto extraño, un recuerdo ambiguo ensombrecido por una tristeza común. Pero no olvidará este día. O el día de ayer. Periódicos de todo el mundo resaltan en todas sus portadas el momento. Como lo hicieron con el señor Mandela. Como no lo han hecho ni lo harán por tantos millones de personas que han sido simplemente eso: personas. Los cientos de muertos en Siria serán simplemente eso: cientos. En Siria, Singapur, Malasia, Chile, México, Túnez, Costa de Marfil…en Colombia.  Ni muertos por enfermedades desconocidas, ni muertos a tiros. O machetazos. Ninguno tendrá nombre. No lo tienen.
Lo tienen unos pocos elegidos. 
Santos o malditos.
Cada cual llorará este día sin entender, en la mayoría de los casos, el motivo de sus lágrimas. Como si se le hubiese muerto un pariente muy lejano, un familiar que en algún recodo de su juventud supo señalar un hito imborrable del espíritu. Con Lennon sucedió lo mismo. Y con Gardel. Un periodista amigo me confesó una vez que caminando  por las calles de Estambul, ciudad a la que había viajado para cubrir no sé qué desastre, de pronto vio en la primera plana de un diario el rostro del ex Beatle con un titular sangriento. Se le caían las lágrimas, sin llanto. Solo con haberse enterado. Y no podía parar de llorar. Le habían matado a un amigo.  Aunque nunca lo conoció personalmente era su amigo. Un compañero del alma.
Y no era cuestión el que aquel muerto tuviese o no millones de dólares. Que fuese antipático en el trato cotidiano. Que amase o no a sus mujeres y amantes. El mérito consistía en algo sublime que aquel ser había parido más allá de su propia consciencia, y que ya vivo, habitaba ahora en otras existencias inesperadas. Un prodigio. 
Algo mágico.
El ser humano vive desesperadamente sediento de magia. Lo real está poblado de muertos sin nombres, de enfermedades espantosas, de una ruin certeza. El hombre necesita algo mágico para no sucumbir abruptamente. Algo así como el amor.
Que otra cosa puede ser sino amor la razón por la cual lloremos a quien nunca conocimos en persona, solo por sus actos que han llegado a nosotros como una llamarada, y de pronto nos dicen que ha muerto. Que un viejo mago ha muerto. Cuando se necesita tanta magia. Y sabiduría. 
Por fortuna, para nosotros, gente sin nombre, el mago no se guardó ningún secreto -¿o sí?-, y dejó volúmenes completos, tratados minuciosamente detallados de su magia.
Es un consuelo.

Gracias, adiós, Gabo.

viernes, 18 de octubre de 2013

LAS ISLAS DE LA MEMORIA y OTROS DEMONIOS (6ª parte)



El listado de islas insoportables es tan extenso como las distancias de éstas a otras más apacibles. Que además son muchas menos, por supuesto. Aunque son menos aún las placenteras. El dilema, la encrucijada, es como hacer de la isla actual, la cotidiana, un sitio que no deseemos abandonar cada noche. Aunque acabe quedando, de todos modos, perdida en el océano que navegamos. O bogamos.

LA ISLA ACTUAL
Nuestros demonios luchan por gobernar todos los recodos, y en esa batalla se “matan” entre sí.  Cosa que nos da de tanto en tanto un resquicio de luz, esos instantes, como ráfagas, en los que creemos que todo es posible. Que nuestros deseos pueden cumplirse sin más, con el solo impulso de nuestra voluntad. Eso me sucede a menudo, lo que me lleva suponer, primero, que la refriega entre mis demonios es incesante y despiadada –a veces escucho ayes dentro de mi, y en algunas ocasiones me salen esos quejidos por la garganta como un eructo, y otras por la nariz en forma de estornudo-. Segundo: Que mis deseos y mi voluntad tienen un conflicto aparte. Y tercero: Que al menos tengo suerte en percibir esas ráfagas.
Lo de que se “matan” (los demonios), está adrede entrecomillado. Nunca se matan. Siguen y seguirán a garrotazos brutales como aquellos del “Duelo a Garrotazos”, de Don Francisco de Goya y Lucientes. Pero imaginemos a unos cuantos y el cuadro es verdaderamente pavoroso. Pero no se matan. Como mucho quedan atontados por una temporada. Aunque siempre es mejor que se entretengan entre ellos. Que se rompan los cuernos.
La isla actual tiene todos los elementos y condimentos de las demás islas pero en proporciones variables, y cuando agotan sus momentos las escenas, con sonidos y olores incluidos, van a parar a sus respectivas orillas, y de ahí a las calles y barriadas de sus correspondientes islas, donde se archivarán sus diálogos en inmensos tinglados en los cuales se almacenan inútilmente miles de voces sin distinguir entre tonos graves y tonos agudos, ni entre propios y ajenos; ni los de mujer u hombre. Es un barullo como los que suelen desvelarnos en los pantanos de la madrugada. Así se repartirán y esparcirán las traiciones de ayer; las vergüenzas de hace un rato; los sueños de anoche y los de esta tarde; los miedos y las culpas; la furia y el anhelo…Cada cosa a un sitio que visitaremos un día desde una futura isla actual.
(Ya veré en qué isla me volveré a encontrar a María, a Antonio, a Angela, a Inés…)
Este círculo imperfecto de islas; este reguero de espacios y momentos diseminados en el mar nuestro de cada cúmulo de latidos me recuerda de algún modo a Cortázar –en otra isla mía, lejana, llena de personajes huidos, o emancipados de sus amos, como aquel rengo de Roberto Arlt, el de “El juguete rabioso”, al igual que su traidor). Julio escribió aquello de “La vuelta al día en ochenta mundos” –jugando con aquel título de su tocayo, Verne. Lo del Argentino es un metáfora maravillosa que deja al original en lo es, una entretenida aventura. Nada más. Nada menos.
La isla actual, por ser justamente eso, actual, parece más que una isla. Más bien un continente. Solo el tiempo le dará su tamaño específico. Deshilachada como un tejido corrupto, se desgajará y adelgazará, comprimiéndose hasta quedar hecha un pequeño territorio poblado por espectros entre los que podemos encontrarnos, ya como drama o parodia, o simple exaltación de los rasgos más burdos de nuestra naturaleza, la única cosa que no cambia de isla en isla. Un instante que fuimos. Un puñado de palabras, un sonrojo, unas lágrimas…algún beso. Quizá uno que vale por muchos que dimos rutinariamente. Uno que buscamos sin recordar en qué casa de qué barrio, de qué isla, dejamos como un tesoro. O amuleto contra los demonios que suponíamos nunca dominarían nuestra existencia. Un beso como el eslabón perdido de la pasión más genuina. E ingenua.
Un beso que tal vez solo fue el deseo de un beso, el sueño de un beso. Una isla sola para un beso.

lunes, 14 de octubre de 2013

LAS ISLAS DE LA MEMORIA y OTROS DEMONIOS (5ª parte)


No siempre elegimos las islas, muchas veces (digamos en un noventa por ciento), nuestras visitas son involuntarias. La isla viene a nosotros hasta confundirse con la actual. Entre las más peligrosas, o al menos, inseguras para uno y sus demonios -porque convengamos que no es “uno y sus circunstancias”, es uno y sus demonios-, son las siguientes:

La de la frustración, una isla poblada de caras largas y pasos cansinos. El ruido de pasos arrastrados se oyen desde el mar, y en medio de ese sonido agobiante se distinguen las voces penosas saturadas de arrepentimientos, cuando no de resentimiento o bronca. Los cierres de los locales insinúan una batalla perdida de antemano y en sus portales los camareros y los parroquianos solo cruzan palabras amargas de hechos decepcionantes. El cielo grisáceo nunca augura nada bueno y solo queda esperar una respuesta negativa. Sobre cualquier cosa.

La de la culpa.  Es un peregrinaje por parajes en donde nos infligen con dardos desde la llegada misma a sus playas, un agudo dolor en sitios que no podemos determinar pero duelen hasta la náusea. Estas playas no son de arena, no, son de piedras puntiagudas. Todo, hasta el aire espeso que acaba dañando la garganta, es un continuo martirio. ¿Cómo llegamos ahí? Pues como dije al comienzo, simplemente nos encontramos en sus tierras al igual que en las fauces de un león, porque saltamos de isla en isla, o ésta, la de la culpa, viene a nosotros y nos devora.  Allí vemos gente dándose la cabeza contra las paredes, otros tratando inútilmente de cortarse las venas o buscando un oído en donde descargar sus conciencias o justificar sus males. Escapar de esta isla es una de las tareas más complejas en la que podemos vernos envueltos. Con demonios y todo.

La de las traiciones. En apariencia un paisaje tranquilo, nada hace presagiar un golpe artero. Y es precisamente la isla ideal. La gente sonríe amablemente y las palabras amorosas no sugieren nada perverso, son eso, amorosas. Alguien pasa y te palmea la espalda y te inunda de halagos absurdos y desmesurados. Las miradas parecen amigables y se ofrecen dispuestas a oir una confesión. Todo se insinúa fiable, familiar y sin embargo al marcharte siente en la espalda un peso increíble. Te alejas de allí con el lomo hecho un erizo, lleno de puñales de todos los tamaños y formas. Y los demonios colgados de las empuñaduras.

La de la vergüenza. Ajena y propia. Andar por sus caminos, siempre súper poblados, supone una incomodidad extra a la ya de por sí incomoda sensación del sonrojo permanente y calores que suben a grados insufribles. Meteduras de pata, exhibiciones innobles, incontinencias verbales exasperantes, y exabruptos tan desmesurados como innecesarios. Exposiciones y discursos dominados por la euforia, la ignorancia, o simple y desagradable vanidad. Volvemos tostados como si nos hubiésemos dormido al sol a cuarenta grados. Y solo de frente. Y sin ningún tipo de crema bronceadora. Los demonios como camarones, y partiéndose de risa.

Esta noche creo que buscaré una isla a la que he ido pocas veces. Si los demonios no disponen otra cosa. Esta noche trataré de visitar la isla de la fe perdida. Ya ni me acuerdo, pero creo que estaba al sur. Muy al sur.

miércoles, 9 de octubre de 2013

LAS ISLAS DE LA MEMORIA y OTROS DEMONIOS (4ª parte)




La de los sueños es una de las islas más frecuentadas. Allí se levantan y desmoronan como castillos de naipes transparentes y multicolores infinidad de pretendidas vidas, anheladas ilusiones e insatisfacciones; escaparates y espejos en donde se reflejan las ansias y angustias de todas las edades. Ciudades enteras, países. El mundo todo de ese momento.
En sus avenidas circulan brillantes automóviles a gran velocidad, y se esfuman en el aire como una visión. Se arman y desarman escenas de amor, de logros y éxitos. De una euforia vibrante y contagiosa. Se ven a la distancia hogares de los que nos llega un aroma a especias y verduras rehogadas que despiertan el apetito. Y Se oye un rumor de voces apacibles que invitan a sobremesas con un prometedor café y una porción de tarta recién horneada. Y melodías nunca oídas que se renuevan constantemente. Hasta los demonios pierden la mueca de malicia y observan fascinados el paisaje como niños dentro de un fulgurante parque de diversiones.
Allí nos cruzamos con quienes nunca nos amaron y nos guiñan el ojo sugestivamente. Y a los que nos odiaron con un gesto de disculpas. Y a muchos criminales exhibidos en pelotas ante una muchedumbre jocosa. A represores encarcelados en prisiones inenarrables. A dictadores fusilados una y otra vez hasta el infinito.
Encontramos a aquellos muertos felizmente sanos y sonrientes, acercándose con ansia para contarnos lo maravilloso de la vida. Y a vivos despreocupados de la certeza de la muerte.
Como en un multicine se proyectan en incontables salas al aire libre, películas en las cuales somos los actores protagónicos. Y solo en cada una se nos iría la existencia contemplado las historias tan laboriosamente escritas por la imaginería febril del niño y el adolescente, y del adulto después, con algo más de barroquismo.
Deambulamos entre las pantallas y la misma realidad de fantásticos relieves hasta sentir en los labios los besos que una vez añoramos. La brisa tenue de tanto en tanto nos nombra con una vocecita irreconocible pero familiar, llena de ternura.
Miramos a la gente ir y venir de sus trabajos con una actitud alegre. Esperanzada.
Y los barrios mutan su fisonomía según nos acercamos, las casas lejanas dejan de ser simple arquitectura y se convierten en los hogares diseñados por el deseo. O la desesperación.
Es tan subyugante aquel ambiente que podríamos quedar atrapados para siempre, con nuestros demonios. Alguno de ellos suele ser el que nos rescata, ya sea por aburrimiento, o para fastidiarnos.
A veces cuando despertamos en medio de la noche, agitados y empapados de sudor, en verdad no es sudor, son los vestigios de ese mar que atravesamos, frenéticamente, de regreso de una de las islas.

martes, 8 de octubre de 2013

LAS ISLAS DE LA MEMORIA y OTROS DEMONIOS (3º parte)



En una de tantas islas que solemos frecuentar, sin darnos cuenta, suele pasar que nos llevemos de souvenir alguna una infección. La cual no da señales de existencia hasta mucho tiempo después. Lo terrible es que ese tipo de afecciones se hace más ruin en ciertos demonios proclives a pegárselas. Algo parecido al proceso de los “gremlins” al mojarse, para que se hagan una idea –bueno, por lo menos aquellos que hayan visto la película-. Aunque esto no tenga nada de ficción, y las secuelas sean verdaderamente catastróficas.
DEMONIOS MONSTRUOSOS
Cuando el demonio deviene en monstruo el problema es de índole terminal. Empieza una metástasis de proporciones nefastas para el individuo. ¿Cómo sucede? Al igual que cualquier otro, este virus se adueña del organismo ante el más mínimo síntoma de debilidad. Y los demonios se debilitan a la par de su portador. El virus aprovecha los espacios vulnerables, los corrompe y se apodera de ellos para instalar allí su letal carga. Así comienza una metamorfosis general.
Quienes lo hemos padecido, y sobrevivido, podemos dar testimonio de la cantidad y variedad de estragos que el curioso animal ha dejado en nuestras ya miserables existencias. El taimado maligno –otrora simple y vulgar demonio-, no tiene por objeto enloquecernos, no. Su objetivo es decididamente matarnos. Y la mayor de las veces lo consigue. Con mano propia o ajena.
En principio, tiene una lengua más filosa que la cimitarra de un sarraceno, y más delgada que una hoja de afeitar, también filosa, claro. Y más veloz en los retruécanos que el más hábil de los magos…o psicoanalista. Nos da las coartadas perfectas, en apariencia, y los mejores argumentos de respuesta a los efectos colaterales. Que son incontables.
Un ogro o una bruja parecen niños de pecho comparados con el engendro surgido de los pantanos más recónditos de las almas.
Son personajes parecidos a –otra vez una película-, aquel ser extraterrestre: Allien. Solo que los que llevamos dentro no saldrán nunca rompiéndonos el pecho. ¡Qué bah! Utilizan de un modo perverso el aspecto humano para acometer sus tropelías. Camuflados de personas destruyen todo a su paso. Hasta que son abatidos como burdos criminales, o suicidados por el último resquicio de lucidez del auténtico. O, en contados casos, reducidos por éstos en un esfuerzo titánico.
La sintomatología varía de acuerdo a la característica del demonio-monstruo y a la de su victima. El entorno del invadido puede intentar diversas curas –sin curas-, aunque lo usual es aislar definitivamente al demonio, al monstruo y al individuo. Suele ser lo más sano. No para evitar un posible contagio sino más bien para no sufrir sus estragos. Los entornos que no perciben esa peste acaban colapsando junto con el pariente. O por el pariente.
Hay que decir que la lucha entre el bicho y la persona es brutal. Imaginemos la mesa de un bar con dos hinchas, uno de Boca y otro de River –O del Madrid y del Barsa-, no importa. Dos fanáticos enfrentados y enzarzados en una dialéctica pueril pero sin piedad, conocedores ambos de las historias reciprocas, lanzándose todo tipo de puyas y golpes bajos, groserías y sonseras; gestos obscenos y guiños desafiantes, y algún que otro puñetazo a la mesa. Así están el individuo y su alimaña. En todo momento, día tras día. Noche tras noche.
Cuanto más de debilita el poseído más se crece la cosa. Tiene más hueco. Más carne en descomposición para alimento.
Quienes lo hemos padecido y sobrevivido –como dije antes-, podemos dar cuenta de la enorme gama de recursos utilizados en la feroz lucha. En la que dejamos, no podía ser de otra manera, buena parte de nuestra condición humana. Porque para someter al bicho tuvimos que convertirnos en lo más parecido a su naturaleza: un bicho. Y así, eso ya no se quita, permanecemos.
El maldito, de todas formas, no muere. Queda atado y maniatado, y en particular, amordazado. No muere. Solo podemos mantenerlos controlados. A él y al resto de demonios que pretendan liberarlo. Son demonios y hacen cosas de demonios. No les importa que el monstruo los devore también a ellos. Bueno, no todos. Algunos demonios hayan incompatible su razón de ser –creen tenerla-, con la del monstruo. Eso nos favorece. No harán nada por evitar que se suelte, pero tampoco van a echarle una mano. Van de neutrales.
En tanto la persona –o lo que queda de ella-, el auto exorcizado, el ex zombie, trata de recomponer lo que aún conserva noble entre las ruinas del combate.
Y para ello nada mejor que visitar otras islas.