Hay gente que me ha dicho, a raíz de las últimas publicaciones –“entradas”, para decirlo con propiedad-, que éstas son una tontería. También hubo quienes las elogiaron. Pero lo más llamativo, para mí, es que unos y otros las han leído. Muchos de los cuales no leían ninguna de mis “sesudas reflexiones”. ¿Por qué será, no? Es, al fin, lo que aquel productor televisivo que mencioné en la primera “obsexiones”, declaraba a un periódico: el sexo tiene mucho rating. ¡Vaya descubrimiento!
Te puede gustar tal o cual música; tal o cual género literario; tal película, paisaje, mueble, inmueble, religión, ideología, yerba –pensaba en la yerba mate, pero ustedes elijan la que quieran, da igual-; tal o cual vino, comida…lo que sea: sin sexo todo sabe a poco. Y no me refiero solo al sexo explicito que en sí es bastante limitado –para los que somos “normalitos”-, sino al más vasto: el imaginario. El del deseo. ¿Qué sería del psicoanálisis sin el sexo? ¿Eh?
Por no hablar de las putas, oficio antiguo si los hay. Toda una tradición. Otra que los toros. Cuántos se han tragado unas buenas criadillas de toro con la vana ilusión de ingerir el gran elixir afrodisiaco. Y lo de afro me lleva a otra “larga” fantasía, tanto masculina como femenina. Muchas y muchos salieron defraudados del cine después de ver “Africa mía”. Sí, lo mismo que contaba ese cómico con lo de Clint Eastwood y los “Puentes de Madison”. Siempre parece una tontería pero a los hechos me remito. La fantasía no sabe de límites. Si no sería…una realidad. La cuestión es que a la leyenda –y no tan leyenda- de las enormes protuberancias genitales de los machos africanos, de raza negra para más datos, humanos, claro. Se suma la de las nalgas de las mujeres de la zona, turgentes, sólidas, resistentes a la celulitis y a otras afecciones más o menos comunes entre las mujeres occidentales, blancas, como ¿la flacidez? Bueno, pero este no era el punto. Pretendía hablar de los mitos –y no tan mitos- que no dejamos de mencionar durante al menos un par de horas al día, todos los días. No dos horas seguidas, aunque a veces sí. Si no intermitentemente con frases más o menos así: “Se hizo la picha un lío”. ¿Qué significa esto? ¿Qué la tenía tan larga que se le ha hecho un nudo? O “Ese negro tiene tres piernas” ¡Epa! Y si tiene qué. Es su problema. Qué es eso de meternos en la intimidad de los demás. El tema es nombrar, aún sin nombrarlo, el defecto o la virtud según los centímetros. Algunos pensarán que esto sucede en ámbitos de cretinos y maleantes. No, no, qué bah. Pasa en todas las clases sociales. En sectores más cultos disimulan mejor y hasta usan palabras extravagantes, pero les aseguro que la dedicación es la misma.
Si se le consulta a una mujer, de cualquier estrato social, sobre el tema, seguro dirá lo siguiente:
-¡No! El tamaño no importa, ese es un mito de ustedes, los hombres…Nosotras con unos buenos mimos, una buena conversación, una buena actitud, unos bombones o flores…
Bla, bla, bla, bla, bla, bla, y más bla, bla, bla…
La verdad es que si además rematas la noche –o el día-, después de un romántico paseo, y una buena conversación, y una buena actitud, y bombones y/o flores, con una “generosa” sorpresa, no te van a decir:
-¡No te hubieses molestado! Con las rabas a la romana y el vinito blanco era suficiente…
Para ser honestos, ellas tienen mucha razón en una cosa: nadie se enamora de un fragmento de otra persona. Aunque en algunos el fragmento pueda llevar un buen porcentaje del total. Me entienden. Y además hay otro factor. Uno común a todos, y a todas. Sí, el dinero. Pequeño gran detalle. Es un comodín que “estira” las propiedades de las que nos dotó la madre naturaleza, aunque solo sea de un modo semántico. Que no seméntico como les gustaría a tantos. Y por eso me he informado para relatarles la siguiente anécdota:
Se dice en ciertos libros biográficos –de unos biógrafos muy meticulosos, pero poco fiables, la verdad-, que el señor Eiffel, el de la torre de Paris, “sufría de un complejo de inferioridad por la notable –palabra contradictoria para su descripción, pero así lo apuntó un tal Francois Dummond o Drummond, porque hay dos libros similares en los que varía el apellido, aunque en ambos se lo cita como biógrafo- delgadez de su pene, amén de conciso”. O sea que la tenía re chiquita el tal Eiffel. Para resumir el extenso y profuso texto, colmado de abundantes detalles a cual más intrascendente, el hombre, luego de construir su legendaria obra metálica, vivió sus horas más felices rodeado de gente que le sobaba el oído con este halago: “La tuya es la más grande”. Y lo fue. Y aún mucho después de su muerte. Cosa verdaderamente insólita. Pero como decía Woody Allen: “los records están para ser superados”. Entonces un tal Van Alen, que no tiene nada que ver con Van Halen y el heavy metal, construyó el edificio Chrysler en Manhattan. Por un año, lo que duró su nueva marca, la tuvo más grande que el resto. Hay gente para la cual lo único importante es el tamaño.
En lo que a mí respecta, espero que esta “entrada” no le duela a nadie. Y que no pase inadvertida, porque eso sí que duele.
sábado, 1 de octubre de 2011
jueves, 22 de septiembre de 2011
OBSEXIONES: EL TAMAÑO IMPORTA
Basta ya con eso de que el tamaño no importa. Claro que importa ¡y mucho! Estoy harto de leer en diferentes medios especializados acerca del tema. Tanta cháchara se vuelve insoportable, amén de errónea. Se termina distorsionando la realidad de un modo tal, que la gente ya no sabe qué pensar. Un poco de claridad, al menos honestidad sobre el asunto, no nos vendría nada mal. A todos. Yo voy a sumar mi granito de arena, éste sí, chiquito.
Un FIAT, o SEAT si prefieren, seiscientos. Los famosos “bolita”. Nadie niega que eran la mar de simpáticos, muy prácticos sobre todo: se quedaba sin batería y los podías empujar solo, hasta les dabas un envión y de un salto ¡adentro! Ponías la marcha, y en una de esas arrancaba y todo. Lo mejor: lo metías en cualquier hueco. Sin embargo entre un seiscientos y un todo terreno, un buen BMW…bueno, aunque no sea un BMW, cualquier otro todoterreno, espacioso, ¡grande! ¿Con cuál te quedarías? Vamos, de verdad…¿No me vas a comparar, no?
Otro caso de dimensiones. Un pisito de treinta metros no es lo mismo que un chalet de dos plantas, jardín y piscina. Es muy cierto que el pisito es más fácil de limpiar, y te ahorras un buen dinero en muebles; con un par de cuadritos pintados por uno mismo o un amigo ya consigues un ambiente alegre; las cortinas pueden ser de los chinos que siempre traen unas telas muy curiosas, muy orientales, con dragoncitos y motivos así. ¡Pero no vas a compararme un chalet con “eso”! No importa el barrio, la ciudad, el país ¡ni los vecinos! Puedes tener hasta un garaje para llenarlo de porquerías ¡claro que el tamaño importa!
Y al igual que con el coche y la vivienda, hay otras cosas en las que el tamaño es fundamental. Otro ejemplo que me viene a la cabeza: un escritorio. Algunos no entran en el sitio en el que deseábamos ponerlo, es verdad. En el pisito de treinta metros seguro que no. No entra ni por la puerta. Pero en el chalet, en una de esas, hasta en el dormitorio principal. Porque hablo de un escritorio grande. Grande en serio. No de los pequeñajos y endebles, muy bonitos tal vez, de IKEA, en los que parece que todo lo que le pongas encima tiene que ser de IKEA: el lápiz, la carpeta, la tacita, el porta lápiz, el cuaderno…bah, como te lo presentan ellos, los de IKEA, y que al fin ni los niños le dan un uso siquiera parecido. Le ponen la mochila a la vuelta del cole y empiezan “¡Huy! Se salió la ruedita”. No, no, hablo de un escritorio machazo, de los de antes: sólido, amplio, de esos que satisfacen todas las necesidades. Que si tienes dos secretarias se puedan sentar una a cada extremo. Y si no eres de los que tienen secretarias, ¡que se siente quien se te dé la gana! ¿A que es mejor grande que pequeño? ¿A que sí? Claro.
Y se me ocurren todavía más cosas en las que el tamaño importa. Solo una más. Para no aburrir, pues la lista puede volverse interminable ¿O no? ¿A que a ustedes, lectores, les sucede algo parecido? Digo, se le ocurren muchos más ejemplos. Bueno, uno más: una carretera. ¿No es mejor que tenga varias vías, con su mediana correspondiente, a una ruta de mierda de dos manos? Por supuesto. ¡Si es que todos coincidimos! Si somos lo suficientemente honestos, sin prejuicios, seguro nos ponemos de acuerdo enseguida. No hay que ser condescendientes porque sí. Así que ¡basta de subterfugios y piadosas interpretaciones! ¡Basta de tanta filosofía, y de si el contenido es más importante que el continente! ¡Basta de pretender tender una mano a unas minorías que ya encontrarán sus propios espacios, sus huecos! ¡Basta de tanto blá, blá, blá!
El consenso, en democracia, debe y tiene que ser GRANDE. Y cuanto más GRANDE, mejor.
Le duela a quien le duela. ¿Y qué dice ese GRAN consenso? ¡Que el tamaño importa!
Igual ahora se me acaba de ocurrir otro ejemplo bastante gráfico, por cierto. Pero no quiero que me tilden de grosero. En todo caso, si se les ocurren a ustedes más ejemplos, me escriben y me lo cuentan. Tal vez los publique y todo. Eso sí, estoy seguro que coincidimos, ¿O no?
Un FIAT, o SEAT si prefieren, seiscientos. Los famosos “bolita”. Nadie niega que eran la mar de simpáticos, muy prácticos sobre todo: se quedaba sin batería y los podías empujar solo, hasta les dabas un envión y de un salto ¡adentro! Ponías la marcha, y en una de esas arrancaba y todo. Lo mejor: lo metías en cualquier hueco. Sin embargo entre un seiscientos y un todo terreno, un buen BMW…bueno, aunque no sea un BMW, cualquier otro todoterreno, espacioso, ¡grande! ¿Con cuál te quedarías? Vamos, de verdad…¿No me vas a comparar, no?
Otro caso de dimensiones. Un pisito de treinta metros no es lo mismo que un chalet de dos plantas, jardín y piscina. Es muy cierto que el pisito es más fácil de limpiar, y te ahorras un buen dinero en muebles; con un par de cuadritos pintados por uno mismo o un amigo ya consigues un ambiente alegre; las cortinas pueden ser de los chinos que siempre traen unas telas muy curiosas, muy orientales, con dragoncitos y motivos así. ¡Pero no vas a compararme un chalet con “eso”! No importa el barrio, la ciudad, el país ¡ni los vecinos! Puedes tener hasta un garaje para llenarlo de porquerías ¡claro que el tamaño importa!
Y al igual que con el coche y la vivienda, hay otras cosas en las que el tamaño es fundamental. Otro ejemplo que me viene a la cabeza: un escritorio. Algunos no entran en el sitio en el que deseábamos ponerlo, es verdad. En el pisito de treinta metros seguro que no. No entra ni por la puerta. Pero en el chalet, en una de esas, hasta en el dormitorio principal. Porque hablo de un escritorio grande. Grande en serio. No de los pequeñajos y endebles, muy bonitos tal vez, de IKEA, en los que parece que todo lo que le pongas encima tiene que ser de IKEA: el lápiz, la carpeta, la tacita, el porta lápiz, el cuaderno…bah, como te lo presentan ellos, los de IKEA, y que al fin ni los niños le dan un uso siquiera parecido. Le ponen la mochila a la vuelta del cole y empiezan “¡Huy! Se salió la ruedita”. No, no, hablo de un escritorio machazo, de los de antes: sólido, amplio, de esos que satisfacen todas las necesidades. Que si tienes dos secretarias se puedan sentar una a cada extremo. Y si no eres de los que tienen secretarias, ¡que se siente quien se te dé la gana! ¿A que es mejor grande que pequeño? ¿A que sí? Claro.
Y se me ocurren todavía más cosas en las que el tamaño importa. Solo una más. Para no aburrir, pues la lista puede volverse interminable ¿O no? ¿A que a ustedes, lectores, les sucede algo parecido? Digo, se le ocurren muchos más ejemplos. Bueno, uno más: una carretera. ¿No es mejor que tenga varias vías, con su mediana correspondiente, a una ruta de mierda de dos manos? Por supuesto. ¡Si es que todos coincidimos! Si somos lo suficientemente honestos, sin prejuicios, seguro nos ponemos de acuerdo enseguida. No hay que ser condescendientes porque sí. Así que ¡basta de subterfugios y piadosas interpretaciones! ¡Basta de tanta filosofía, y de si el contenido es más importante que el continente! ¡Basta de pretender tender una mano a unas minorías que ya encontrarán sus propios espacios, sus huecos! ¡Basta de tanto blá, blá, blá!
El consenso, en democracia, debe y tiene que ser GRANDE. Y cuanto más GRANDE, mejor.
Le duela a quien le duela. ¿Y qué dice ese GRAN consenso? ¡Que el tamaño importa!
Igual ahora se me acaba de ocurrir otro ejemplo bastante gráfico, por cierto. Pero no quiero que me tilden de grosero. En todo caso, si se les ocurren a ustedes más ejemplos, me escriben y me lo cuentan. Tal vez los publique y todo. Eso sí, estoy seguro que coincidimos, ¿O no?
miércoles, 21 de septiembre de 2011
MARTIN PESCADOR, UN JUEGO
-Martín Pescador, ¿me dejará pasar?
-Pasará, pasará, pero…
Algo se debía dejar por el camino. Un peaje irrisorio, pero peaje al fin.
Pagar para seguir. El continuar no es gratis, ni en un juego de niños. Y cada mañana, mucho tiempo después, repetimos la pregunta al pararnos frente al espejo rumbo a lo cotidiano.
-Martín Pescador, ¿me dejará pasar?
Y la misma pregunta la vemos en miles de rostros que se cruzan fugazmente con nuestro propio interrogante. En muchos percibimos la respuesta, en otros, la angustia de un vago presentimiento. Pero todos sabemos que hay una ofrenda, un pago ineludible.
Martín Pescador, ese personaje pérfido e implacable, esa metáfora de portero insobornable sigue presente en nuestras vidas. Y no se cansa de sacar, como si de la galera de un mago se tratase, una infinita gama de sanciones y estipendios, multas absurdas y facturas ingratas, una variedad de tributos, a veces, de chiste; muchas otras de una crueldad que pareciera que el fondo de su chistera estuviese en el mismísimo infierno.
Pero él no hace el destino, solo es un empleado. Un funcionario más del insondable universo. De nada vale insultarlo, ni para desahogo. Está ahí para levantar la barrera después de la pregunta de rigor, y la inevitable respuesta. Que nos es igual para nadie. Ni previsible.
Sabe, es su trabajo, que todos pagaremos. A gusto o a disgusto. Todos, absolutamente todos, tendremos, siempre, algo con qué pagar. Nosotros lo sabemos, y el saberlo tiene doble filo: en tanto preguntemos hay camino, y pérdida.
Una sabiduría ancestral ha diseñado un sistema didáctico –uno de tantos-, para que de un modo lúdico incorporemos una regla esencial de nuestras existencias. Nos educa desde pequeños en el precioso, y doloroso, arte de vivir.
“Para nacer hay que romper un mundo”, escribió Hermann Hesse, el gran novelista y filosofo alemán. Del mismo modo que los pollos rompen el cascarón. Y las serpientes. Lo hacemos a diario. Con vehemencia, con desesperación, solos. No hay otro modo. La naturaleza social del ser humano ha buscado diversas formas de minimizar ese terror individual, el pavor a la respuesta del portero. Casi siempre erróneas.
-Martín Pescador, ¿nos dejará pasar?
Así, en plural, gritan a coro multitudes. Como si en la masa, el personaje no pudiese distinguir a cada uno de los componentes del colectivo. El tipo levanta la barrera pero sin mover una ceja da a cada uno su correspondiente factura. Desigual, por supuesto. A cada cual un monto diferente. Y arbitrario. Por eso, Dios. La imagen universal que justifica lo injusto. O merecido. O simplemente inexplicable. Dios, el supervisor del portero, el gerente de la gran empresa. Los reclamos nunca se los hacemos al guardia, dirigimos nuestra ira al jefe. Pedimos hablar con el gerente. Pero como en cualquier administración, nos conminan: pague primero y luego eleve su queja donde corresponda. Lo peor, al igual que en los contratos que firmamos ciegos de ilusión con los bancos creyendo tener asegurada la mensualidad eternamente. Y en el momento más acuciante nos dan a leer la letra pequeña. ¡Ahí va! Esa que subestimamos. ¡Ah, sí, cierto! En fin ¡qué cagada!
-Martín Pescador, ¿me dejará pasar?
Preguntamos nuevamente, solos.
-Pasará, pasará, pero…
Algo se debía dejar por el camino. Un peaje irrisorio, pero peaje al fin.
Pagar para seguir. El continuar no es gratis, ni en un juego de niños. Y cada mañana, mucho tiempo después, repetimos la pregunta al pararnos frente al espejo rumbo a lo cotidiano.
-Martín Pescador, ¿me dejará pasar?
Y la misma pregunta la vemos en miles de rostros que se cruzan fugazmente con nuestro propio interrogante. En muchos percibimos la respuesta, en otros, la angustia de un vago presentimiento. Pero todos sabemos que hay una ofrenda, un pago ineludible.
Martín Pescador, ese personaje pérfido e implacable, esa metáfora de portero insobornable sigue presente en nuestras vidas. Y no se cansa de sacar, como si de la galera de un mago se tratase, una infinita gama de sanciones y estipendios, multas absurdas y facturas ingratas, una variedad de tributos, a veces, de chiste; muchas otras de una crueldad que pareciera que el fondo de su chistera estuviese en el mismísimo infierno.
Pero él no hace el destino, solo es un empleado. Un funcionario más del insondable universo. De nada vale insultarlo, ni para desahogo. Está ahí para levantar la barrera después de la pregunta de rigor, y la inevitable respuesta. Que nos es igual para nadie. Ni previsible.
Sabe, es su trabajo, que todos pagaremos. A gusto o a disgusto. Todos, absolutamente todos, tendremos, siempre, algo con qué pagar. Nosotros lo sabemos, y el saberlo tiene doble filo: en tanto preguntemos hay camino, y pérdida.
Una sabiduría ancestral ha diseñado un sistema didáctico –uno de tantos-, para que de un modo lúdico incorporemos una regla esencial de nuestras existencias. Nos educa desde pequeños en el precioso, y doloroso, arte de vivir.
“Para nacer hay que romper un mundo”, escribió Hermann Hesse, el gran novelista y filosofo alemán. Del mismo modo que los pollos rompen el cascarón. Y las serpientes. Lo hacemos a diario. Con vehemencia, con desesperación, solos. No hay otro modo. La naturaleza social del ser humano ha buscado diversas formas de minimizar ese terror individual, el pavor a la respuesta del portero. Casi siempre erróneas.
-Martín Pescador, ¿nos dejará pasar?
Así, en plural, gritan a coro multitudes. Como si en la masa, el personaje no pudiese distinguir a cada uno de los componentes del colectivo. El tipo levanta la barrera pero sin mover una ceja da a cada uno su correspondiente factura. Desigual, por supuesto. A cada cual un monto diferente. Y arbitrario. Por eso, Dios. La imagen universal que justifica lo injusto. O merecido. O simplemente inexplicable. Dios, el supervisor del portero, el gerente de la gran empresa. Los reclamos nunca se los hacemos al guardia, dirigimos nuestra ira al jefe. Pedimos hablar con el gerente. Pero como en cualquier administración, nos conminan: pague primero y luego eleve su queja donde corresponda. Lo peor, al igual que en los contratos que firmamos ciegos de ilusión con los bancos creyendo tener asegurada la mensualidad eternamente. Y en el momento más acuciante nos dan a leer la letra pequeña. ¡Ahí va! Esa que subestimamos. ¡Ah, sí, cierto! En fin ¡qué cagada!
-Martín Pescador, ¿me dejará pasar?
Preguntamos nuevamente, solos.
martes, 20 de septiembre de 2011
OBSEXIONES ORALES: siempre hablando de lo mismo...
Hace poco leí en un periódico la noticia de la remake de un viejo programa de televisión. En la nota el productor dejaba claro que “por supuesto no va a faltar el sexo, es un ítem que concita mucha audiencia”. El sexo lo es todo. Para todos. ¿Quién no piensa aunque más no sea un minuto al día en el sexo? Que no me cuenten que el monje tal o la monja cual, porque solo por negarlo lo menta. ¿Quién no se hace una pregunta con respecto al sexo, hasta la más elemental? Veamos:
¿Es igual el sexo para la mujer que para el hombre? ¿Y después de los cuarenta? ¿Y después de los cincuenta? ¿Y después…? ¿Por qué los hombres buscan tener relaciones con jovencitas? ¿Por qué las mujeres buscan tener relaciones con jovencitos? ¿El tamaño no importa? Me refiero a todos los tamaños, los de todas las cosas. ¿Importa el color? ¿Con pelos o sin pelos? ¿Y los olores? ¿Por qué habiendo un campo de hierba tan delicado insistimos en jugar la revancha en una cancha embarrada? ¿Les gusta a ellas o es un “sacrificio” en aras del bien común? ¿Es un acto de dominación o un desesperado recurso de un ser disminuido? Porque a lo mejor el tipo cuenta con un equipamiento reducido para la magnitud de la obra, pero quiere demostrar toda su voluntad, con la mejor de sus intenciones.
¿Cuánto fingen las mujeres? ¿Y los hombres? Porque el desahogo no es un síntoma de satisfacción total, más aún si lo realiza con la ayuda de una imaginación muy activa. En pocas palabras: recreando las nalgas de su compañera de oficina.
-Tengo las caderas demasiado anchas, ¿no?
-¿Qué? No, para nada, cariño, están perfectas…¿qué te pareció el “amigo”?
-Es el más grande que he visto…en mi vida…es…es…muy grande…
Grande, claro, mayorcito, dirá, casi anciano. Pero él, contento. Se lo cree.
No; por supuesto no todos son (somos) así. No tanto. Ni siempre. Mucho menos al principio. Al principio de la relación, digo, cuando vamos convencidos y anhelantes por descubrir “el nuevo mundo”. Queremos el menú completo. Con postre y todo. Vamos y metemos la boca por todos lados. La boca, la lengua, la nariz…Desplegamos toda la artillería en un afán inútil: como nosotros, ninguno. Al menos por un instante es así. La novedad. Y a veces no importan los olores ni los sabores.
Una tipa decía una vez por televisión, y en horario de tarde-noche, o sea, familiar, a un presentador ávido de confidencias, decía ella: “A mí me sabe a lejía”, refiriéndose al semen, “pero me gusta tragarlo”. Toda una princesa.
Y un tipo, en otro canal: “No quiero que mi mujer bese a los niños con la misma boca que me la chupa…por eso prefiero ir con putas”. Todo un santo, el hombre.
Se preguntarán por qué veo programas tan cutres, bueno, ver lo que se dice ver, es puro zapping. Además cuál es el problema, la realidad es que están ahí, y lo que es más importante: el sexo está ahí. Todo el tiempo.
¿Realmente las mujeres soportan mejor la falta de sexo que el hombre? ¿Se masturban menos? ¿Las pajas mentales son menos “nocivas” que las físicas? ¿Hiere más un engaño físico ocasional o un engaño mental constante?
Un amigo, ya entrado en años, me soltaba su enorme sabiduría con respecto al sexo, como si fuese todo un mandamiento: “Los mejores polvos son los de soltero, y la mejores pajas, las de casado”. Qué tal el filosofo.
¿Con cuántos polvos al mes, o a la semana, o al día, un hombre viviría satisfecho?
Pensemos: ¿Uno al día? ¿Dos al día? ¿Tres..? Contando que el domingo se descansa como ordena el mandato bíblico.
Qué excita más de una peli porno: ¿Las poses? ¿Las dimensiones? ¿El decorado? ¿La iluminación? ¿Los falsos gemidos? ¿La duración? Porque yo no sé, esos tipos no es que aguantan lo indecible sino que parece que para acabar necesitaran un sacacorchos, les ves las caras y pensás: “Este se muere”. En sus compañeras suele ser evidente la actuación. Y en algunos casos, también la incomodidad. Eso sí todos ganan muy buen dinero, así que el esfuerzo vale la pena. En ocasiones, realmente se rompen el culo trabajando. Venía medio cantado el chiste.
Qué produce más celos, en el hombre: ¿Imaginarse a su pareja con otro hombre? ¿Con otra mujer? Bueno, con otra mujer en una de esas no produce celos, sino otra cosa. En la mujer, en cambio, además de sorpresa, es lo que me han dicho, también sentirían celos sin importar el sexo. Celos casi idénticos. El engaño es engaño y punto. Dicen. Ellas.
Pero volviendo a los celos, en el hombre, y profundizando en el tema: ¿Teme que otro les dé más placer? Algunos creen que se lo brindaban cuando ellas…fingían. Hace no mucho no necesitaban fingir porque el hombre descontaba que ellas no estaban ahí para eso. Pero el tiempo cambia los hábitos. Y aunque el hábito no hace al monje, ya sabemos.
Una de las fantasías más tenebrosas para los tipos es proyectar la imagen de su pareja en una situación, para sí, excitante: El rostro ruborizado de ella acercando la boca abierta con glotonería en dirección a un enorme falo, ajeno. Ahora si lo excita o no qué cosa, no sé, pero va unido al dolor. Al igual que imaginarse los grititos de placer ante cada envestida, grititos que en realidad nunca escuchó de la mujer pero imagina serían posibles. Claro que es una pajería. Pero así funcionan (funcionamos) los hombres. Y peor.
¿Y las mujeres?
Una decía, en la tele, sí, también, también…”A mí lo que más me dolería es que se “enamorase” de otra”. ¿Solo eso? Un amigo que conozco le hubiese respondido: “No te preocupes, mi amor, que enamorar, lo que se dice enamorar, ni loco...quedate tranquila, es una aventurita, nada más…”. Porque el tipo es así de noble.
¿Es una cuestión de “justicia”? ¿De igualdad? A ver: ¿Qué les duele a las mujeres en equivalencia a un dolor de testículos después de un calentón interruptus?
Vas a cenar, luego unas copas con morreo, luego morreo de regreso, luego…”No, esta noche no”. El personaje ya tenía la bala en la recamara, y el cargador lleno. Próximo campo de tiro, el wáter. Una amiga me contaba –no, no trabaja en la tele-, que para ella una buena cena, unas copas y un par de besos eran más que suficientes, por ser la primera noche. Que si bien podría avanzar más, y en alguna ocasión lo hizo, le encantaba ese toque de romanticismo, a la antigua. Y si valía la pena, el galán, esperaría. Me aclaró que todo dependía del sujeto, y las circunstancias, por supuesto. Si el tipo le despertaba expectativas suficientes, o sea, de cierto futuro “que se aguante y espere”. Si solo era atractivo y no daba visos de cosa seria “para que esperar a mañana”. En pocas palabras: cuánto más interesante, menos prisa. Y viceversa. Bueno, interesantes les resultaban ambos, pero para diferentes proyectos.
Para el hombre, sabemos, el proyecto es uno, y solo uno. Empieza y acaba…cuando acaba. Todo lo demás es aleatorio y puede mejorar o arruinar el plan. El único. Si todo sale “bien” hasta puede tener futuro, mucho futuro. Claro, en particular si desiste de usar el adecuado, y esencial adminículo…¡Ya sabía que caerían en el chascarrillo ese!, ya, ya…no, no hablo del cerebro. El preservativo, ¡el preservativo!
¿Es igual el sexo para la mujer que para el hombre? ¿Y después de los cuarenta? ¿Y después de los cincuenta? ¿Y después…? ¿Por qué los hombres buscan tener relaciones con jovencitas? ¿Por qué las mujeres buscan tener relaciones con jovencitos? ¿El tamaño no importa? Me refiero a todos los tamaños, los de todas las cosas. ¿Importa el color? ¿Con pelos o sin pelos? ¿Y los olores? ¿Por qué habiendo un campo de hierba tan delicado insistimos en jugar la revancha en una cancha embarrada? ¿Les gusta a ellas o es un “sacrificio” en aras del bien común? ¿Es un acto de dominación o un desesperado recurso de un ser disminuido? Porque a lo mejor el tipo cuenta con un equipamiento reducido para la magnitud de la obra, pero quiere demostrar toda su voluntad, con la mejor de sus intenciones.
¿Cuánto fingen las mujeres? ¿Y los hombres? Porque el desahogo no es un síntoma de satisfacción total, más aún si lo realiza con la ayuda de una imaginación muy activa. En pocas palabras: recreando las nalgas de su compañera de oficina.
-Tengo las caderas demasiado anchas, ¿no?
-¿Qué? No, para nada, cariño, están perfectas…¿qué te pareció el “amigo”?
-Es el más grande que he visto…en mi vida…es…es…muy grande…
Grande, claro, mayorcito, dirá, casi anciano. Pero él, contento. Se lo cree.
No; por supuesto no todos son (somos) así. No tanto. Ni siempre. Mucho menos al principio. Al principio de la relación, digo, cuando vamos convencidos y anhelantes por descubrir “el nuevo mundo”. Queremos el menú completo. Con postre y todo. Vamos y metemos la boca por todos lados. La boca, la lengua, la nariz…Desplegamos toda la artillería en un afán inútil: como nosotros, ninguno. Al menos por un instante es así. La novedad. Y a veces no importan los olores ni los sabores.
Una tipa decía una vez por televisión, y en horario de tarde-noche, o sea, familiar, a un presentador ávido de confidencias, decía ella: “A mí me sabe a lejía”, refiriéndose al semen, “pero me gusta tragarlo”. Toda una princesa.
Y un tipo, en otro canal: “No quiero que mi mujer bese a los niños con la misma boca que me la chupa…por eso prefiero ir con putas”. Todo un santo, el hombre.
Se preguntarán por qué veo programas tan cutres, bueno, ver lo que se dice ver, es puro zapping. Además cuál es el problema, la realidad es que están ahí, y lo que es más importante: el sexo está ahí. Todo el tiempo.
¿Realmente las mujeres soportan mejor la falta de sexo que el hombre? ¿Se masturban menos? ¿Las pajas mentales son menos “nocivas” que las físicas? ¿Hiere más un engaño físico ocasional o un engaño mental constante?
Un amigo, ya entrado en años, me soltaba su enorme sabiduría con respecto al sexo, como si fuese todo un mandamiento: “Los mejores polvos son los de soltero, y la mejores pajas, las de casado”. Qué tal el filosofo.
¿Con cuántos polvos al mes, o a la semana, o al día, un hombre viviría satisfecho?
Pensemos: ¿Uno al día? ¿Dos al día? ¿Tres..? Contando que el domingo se descansa como ordena el mandato bíblico.
Qué excita más de una peli porno: ¿Las poses? ¿Las dimensiones? ¿El decorado? ¿La iluminación? ¿Los falsos gemidos? ¿La duración? Porque yo no sé, esos tipos no es que aguantan lo indecible sino que parece que para acabar necesitaran un sacacorchos, les ves las caras y pensás: “Este se muere”. En sus compañeras suele ser evidente la actuación. Y en algunos casos, también la incomodidad. Eso sí todos ganan muy buen dinero, así que el esfuerzo vale la pena. En ocasiones, realmente se rompen el culo trabajando. Venía medio cantado el chiste.
Qué produce más celos, en el hombre: ¿Imaginarse a su pareja con otro hombre? ¿Con otra mujer? Bueno, con otra mujer en una de esas no produce celos, sino otra cosa. En la mujer, en cambio, además de sorpresa, es lo que me han dicho, también sentirían celos sin importar el sexo. Celos casi idénticos. El engaño es engaño y punto. Dicen. Ellas.
Pero volviendo a los celos, en el hombre, y profundizando en el tema: ¿Teme que otro les dé más placer? Algunos creen que se lo brindaban cuando ellas…fingían. Hace no mucho no necesitaban fingir porque el hombre descontaba que ellas no estaban ahí para eso. Pero el tiempo cambia los hábitos. Y aunque el hábito no hace al monje, ya sabemos.
Una de las fantasías más tenebrosas para los tipos es proyectar la imagen de su pareja en una situación, para sí, excitante: El rostro ruborizado de ella acercando la boca abierta con glotonería en dirección a un enorme falo, ajeno. Ahora si lo excita o no qué cosa, no sé, pero va unido al dolor. Al igual que imaginarse los grititos de placer ante cada envestida, grititos que en realidad nunca escuchó de la mujer pero imagina serían posibles. Claro que es una pajería. Pero así funcionan (funcionamos) los hombres. Y peor.
¿Y las mujeres?
Una decía, en la tele, sí, también, también…”A mí lo que más me dolería es que se “enamorase” de otra”. ¿Solo eso? Un amigo que conozco le hubiese respondido: “No te preocupes, mi amor, que enamorar, lo que se dice enamorar, ni loco...quedate tranquila, es una aventurita, nada más…”. Porque el tipo es así de noble.
¿Es una cuestión de “justicia”? ¿De igualdad? A ver: ¿Qué les duele a las mujeres en equivalencia a un dolor de testículos después de un calentón interruptus?
Vas a cenar, luego unas copas con morreo, luego morreo de regreso, luego…”No, esta noche no”. El personaje ya tenía la bala en la recamara, y el cargador lleno. Próximo campo de tiro, el wáter. Una amiga me contaba –no, no trabaja en la tele-, que para ella una buena cena, unas copas y un par de besos eran más que suficientes, por ser la primera noche. Que si bien podría avanzar más, y en alguna ocasión lo hizo, le encantaba ese toque de romanticismo, a la antigua. Y si valía la pena, el galán, esperaría. Me aclaró que todo dependía del sujeto, y las circunstancias, por supuesto. Si el tipo le despertaba expectativas suficientes, o sea, de cierto futuro “que se aguante y espere”. Si solo era atractivo y no daba visos de cosa seria “para que esperar a mañana”. En pocas palabras: cuánto más interesante, menos prisa. Y viceversa. Bueno, interesantes les resultaban ambos, pero para diferentes proyectos.
Para el hombre, sabemos, el proyecto es uno, y solo uno. Empieza y acaba…cuando acaba. Todo lo demás es aleatorio y puede mejorar o arruinar el plan. El único. Si todo sale “bien” hasta puede tener futuro, mucho futuro. Claro, en particular si desiste de usar el adecuado, y esencial adminículo…¡Ya sabía que caerían en el chascarrillo ese!, ya, ya…no, no hablo del cerebro. El preservativo, ¡el preservativo!
sábado, 10 de septiembre de 2011
HISTORIA DE UNA CANCION: Serrat, el catalán...
Cuando comencé a escribir VOCES, el tema que dedicaba a Joan Manuel Serrat, no sabía muchas cosas -aún no las sé, o no sé muchas otras-, y compuse el tema con una mezcla de ideas y sentimientos que recogían mis vivencias con el acompañamiento de su obra –ver el vídeo VOCES a Serrat, en youtube-. Allí en Argentina, la gente que llegó a escucharlo, en especial personas con cierta edad, se sintieron identificados. A muchos les gustó a pesar de la atmósfera melancólica que envolvía dicha canción. Era –es- muy emotiva, claro, no podía ser de otra manera, por lo menos para mí. Como cualquier fan, en más de una ocasión fantaseé dedicándosela en su presencia. ¿Por qué no?
En la época que la grabé, 1999, mis recursos eran escasos, económicamente hablando, así que tenía dos copias en cassette y una en cedé. Nada más.
Con ellos llegué a España en el 2002. Y con una idea muy diferente de la realidad española.
No es que desconociese la situación política, al menos la que nos llega a través de los medios de información diariamente. El gobierno actual –el de ese momento-, el largo conflicto con los nacionalismos…Pero no al punto de los fanatismos y sectarismos que luego, viviendo aquí, en Madrid, uno, extranjero, descubre que es el pan de cada día –el pan duro-.
En Argentina, como en cualquier sitio, hay regionalismos, localismos. Envidias, recelos, desprecios, pullas, entre gente de distintas zonas del país. Pero nadie discute si o no es Argentino. Y eso que hay una distancia enorme, cultural, política y económica entre, por ejemplo, un jujeño –norte- y un rionegrino –centro sur-. Pero eso es allá. Donde compuse esa canción llamada VOCES.
Una de las primeras cosas que hice recién llegado, fue ir hasta las oficinas del representante de mi “ídolo”, ahí en la Castellana, y les dejé el cassette, en mano, a personas que me aseguraron lo harían llegar a las oficinas de Barcelona. Por si acaso, una semana después les llevé otro. No fuese que se perdiera por el camino.
Insistente y caradura, muy obstinado la verdad, no perdí oportunidad de contactarlo. Así que por una de esas casualidades, andando por Alonso Martínez, me crucé con Sabina, sí, sí, el mismo, acompañado por un par de personas –quizá sus representantes-, él, con lentes oscuros, y aire distante, me sonrió al oírme ¡Sabina! Hablé con él dos segundos, o tres, tiempo suficiente para sacar de mi cartera la letra manuscrita de VOCES, y pedirle (¿?) “Vos que lo conocés…”
-Claro, somos muy amigos-, me dijo
-Si tenés oportunidad ¿No le darías esta letra? Es una canción que le dediqué…-
-Sí, déjamela-, me respondió guardándola en el bolsillo de su chaqueta.
-Gracias, te lo agradezco mucho…¡y un gusto enorme!-, lo despedí estrechándole la mano y hablándole ya a su perfil que se alejaba.
Las cosas hay que intentarlas, ¿No?
Escribí la letra recordando el año en el que escuché por primera vez “Tu nombre me sabe a hierba”, en la radio. Año 1969. Un verano en el que como tantos otros, viajaba con mi madre desde Buenos Aires hasta la provincia de Neuquén. El trayecto en tren era en sí toda una aventura, mínimo 24 horas, y en clase turista. Directo desde la estación de Constitución hasta Cutral-có, cuando todavía circulaban trenes a todas partes. Otro país, sin duda. El convoy atravesaba de este a oeste aquella cintura argentina. Bahía Blanca, parada de dos horas. Río Negro, el Alto Valle con sus interminables alamedas y sus plantaciones de manzanas…
“Tu voz me trae un verano,
Un aroma dulzón de manzanas…”
Eran, aquellos días, tiempos de gobiernos militares, pero la ruina económica vendría después, empezaría a mediados de los 70, con el “gobierno” civil de la Viuda de Perón, Isabel Martínez, y definitivamente con los criminales de Videla y compañía.
“Entre ruidos de amor y metralla
Tu voz me lleva de la mano…
Y me enciende otra luz de miradas
Es país que no encuentro y palabras
No dichas jamás entre hermanos
No dichas siquiera entre lágrimas…”
A través de internet, estando aún en Argentina, me contacté con unas radios de Cataluña que recibieron con agrado la premisa de un tema dedicado a Serrat. Luego no recibí más respuesta.
No les habrá gustado, pensé. Nunca se sabe.
Aquí en España la canté varias veces en distintos sitios pero me llamaba la atención que los elogios o comentarios los recibía de otros latinoamericanos…Rara vez de un español. Tan rara que no lo recuerdo.
Una vez en las oficinas del representante de Ana Belén, le dejé a éste el único cedé original con algunas de mis canciones, entre ellas, VOCES, y un ejemplar de un libro con mis letras, que había auto editado. Nada.
Y más allá de cualquier otro tipo de valoración artística, me di cuenta del “error”, la canción tenía, y tiene –no la pienso cambiar, claro-, un profundo, grave, brutal pecado de ignorancia y nada menos que en el estribillo:
“No es tu culpa la herida, el pasado,
Cicatrices, ausencias, encantos…
El acento español de tu voz catalana
En aquella Argentina feroz de mi infancia…”
Sí, estaba ahí, ahora más que nunca lo comprendo: lo que para mí era un reconocimiento, un detalle, un guiño a su naturaleza regional era…¡una ofensa! Una terrible e imperdonable ofensa. Para algunos hasta una burla. Cómo podía decir que su “voz catalana” tiene “acento español”. Cómo no sabía yo que Joan Manuel, el “Nano”, era súper, hiper, requetenacionalista…
“Tu voz me trajo otras voces,
Que me traen aún la esperanza…
…La ilusión de otra vida en lengua castellana
Te la debo en mi rima, te la obsequia mi alma…”
Más agravios: “la ilusión de otra vida en lengua castellana”. ¡Castellana! No, catalana.
Las otras voces de las que habla mi canción eran las de Antonio Machado, Miguel Hernández, León Felipe…Todos poetas de lengua española. Idioma en el que Joan Manuel Serrat llegó a mis oídos. Y escribí la canción desde mis sentimientos, desde la influencia de su música y su poesía, en mí y en tantos colegas argentinos.
Difícilmente yo, y unos cuantos millones en toda la América hispanohablante, le hubiésemos prestado atención de haber cantado sólo en catalán. Dudo que “Mediterráneo”, como otras tantas magníficas canciones suyas tendría una pizca de la popularidad que gozan –y merecen-, de haberlas cantado “solo” en su –respetable, por supuesto- lengua materna.
Mea culpa: pretendía rendir tributo a uno de los grandes de la música –para mí, sí, para mí-española, y creo, compuse una hiriente tonada “anti catalanista”.
Lo mío, una nadería, salí con un tenedor y llovía sopa.
En la época que la grabé, 1999, mis recursos eran escasos, económicamente hablando, así que tenía dos copias en cassette y una en cedé. Nada más.
Con ellos llegué a España en el 2002. Y con una idea muy diferente de la realidad española.
No es que desconociese la situación política, al menos la que nos llega a través de los medios de información diariamente. El gobierno actual –el de ese momento-, el largo conflicto con los nacionalismos…Pero no al punto de los fanatismos y sectarismos que luego, viviendo aquí, en Madrid, uno, extranjero, descubre que es el pan de cada día –el pan duro-.
En Argentina, como en cualquier sitio, hay regionalismos, localismos. Envidias, recelos, desprecios, pullas, entre gente de distintas zonas del país. Pero nadie discute si o no es Argentino. Y eso que hay una distancia enorme, cultural, política y económica entre, por ejemplo, un jujeño –norte- y un rionegrino –centro sur-. Pero eso es allá. Donde compuse esa canción llamada VOCES.
Una de las primeras cosas que hice recién llegado, fue ir hasta las oficinas del representante de mi “ídolo”, ahí en la Castellana, y les dejé el cassette, en mano, a personas que me aseguraron lo harían llegar a las oficinas de Barcelona. Por si acaso, una semana después les llevé otro. No fuese que se perdiera por el camino.
Insistente y caradura, muy obstinado la verdad, no perdí oportunidad de contactarlo. Así que por una de esas casualidades, andando por Alonso Martínez, me crucé con Sabina, sí, sí, el mismo, acompañado por un par de personas –quizá sus representantes-, él, con lentes oscuros, y aire distante, me sonrió al oírme ¡Sabina! Hablé con él dos segundos, o tres, tiempo suficiente para sacar de mi cartera la letra manuscrita de VOCES, y pedirle (¿?) “Vos que lo conocés…”
-Claro, somos muy amigos-, me dijo
-Si tenés oportunidad ¿No le darías esta letra? Es una canción que le dediqué…-
-Sí, déjamela-, me respondió guardándola en el bolsillo de su chaqueta.
-Gracias, te lo agradezco mucho…¡y un gusto enorme!-, lo despedí estrechándole la mano y hablándole ya a su perfil que se alejaba.
Las cosas hay que intentarlas, ¿No?
Escribí la letra recordando el año en el que escuché por primera vez “Tu nombre me sabe a hierba”, en la radio. Año 1969. Un verano en el que como tantos otros, viajaba con mi madre desde Buenos Aires hasta la provincia de Neuquén. El trayecto en tren era en sí toda una aventura, mínimo 24 horas, y en clase turista. Directo desde la estación de Constitución hasta Cutral-có, cuando todavía circulaban trenes a todas partes. Otro país, sin duda. El convoy atravesaba de este a oeste aquella cintura argentina. Bahía Blanca, parada de dos horas. Río Negro, el Alto Valle con sus interminables alamedas y sus plantaciones de manzanas…
“Tu voz me trae un verano,
Un aroma dulzón de manzanas…”
Eran, aquellos días, tiempos de gobiernos militares, pero la ruina económica vendría después, empezaría a mediados de los 70, con el “gobierno” civil de la Viuda de Perón, Isabel Martínez, y definitivamente con los criminales de Videla y compañía.
“Entre ruidos de amor y metralla
Tu voz me lleva de la mano…
Y me enciende otra luz de miradas
Es país que no encuentro y palabras
No dichas jamás entre hermanos
No dichas siquiera entre lágrimas…”
A través de internet, estando aún en Argentina, me contacté con unas radios de Cataluña que recibieron con agrado la premisa de un tema dedicado a Serrat. Luego no recibí más respuesta.
No les habrá gustado, pensé. Nunca se sabe.
Aquí en España la canté varias veces en distintos sitios pero me llamaba la atención que los elogios o comentarios los recibía de otros latinoamericanos…Rara vez de un español. Tan rara que no lo recuerdo.
Una vez en las oficinas del representante de Ana Belén, le dejé a éste el único cedé original con algunas de mis canciones, entre ellas, VOCES, y un ejemplar de un libro con mis letras, que había auto editado. Nada.
Y más allá de cualquier otro tipo de valoración artística, me di cuenta del “error”, la canción tenía, y tiene –no la pienso cambiar, claro-, un profundo, grave, brutal pecado de ignorancia y nada menos que en el estribillo:
“No es tu culpa la herida, el pasado,
Cicatrices, ausencias, encantos…
El acento español de tu voz catalana
En aquella Argentina feroz de mi infancia…”
Sí, estaba ahí, ahora más que nunca lo comprendo: lo que para mí era un reconocimiento, un detalle, un guiño a su naturaleza regional era…¡una ofensa! Una terrible e imperdonable ofensa. Para algunos hasta una burla. Cómo podía decir que su “voz catalana” tiene “acento español”. Cómo no sabía yo que Joan Manuel, el “Nano”, era súper, hiper, requetenacionalista…
“Tu voz me trajo otras voces,
Que me traen aún la esperanza…
…La ilusión de otra vida en lengua castellana
Te la debo en mi rima, te la obsequia mi alma…”
Más agravios: “la ilusión de otra vida en lengua castellana”. ¡Castellana! No, catalana.
Las otras voces de las que habla mi canción eran las de Antonio Machado, Miguel Hernández, León Felipe…Todos poetas de lengua española. Idioma en el que Joan Manuel Serrat llegó a mis oídos. Y escribí la canción desde mis sentimientos, desde la influencia de su música y su poesía, en mí y en tantos colegas argentinos.
Difícilmente yo, y unos cuantos millones en toda la América hispanohablante, le hubiésemos prestado atención de haber cantado sólo en catalán. Dudo que “Mediterráneo”, como otras tantas magníficas canciones suyas tendría una pizca de la popularidad que gozan –y merecen-, de haberlas cantado “solo” en su –respetable, por supuesto- lengua materna.
Mea culpa: pretendía rendir tributo a uno de los grandes de la música –para mí, sí, para mí-española, y creo, compuse una hiriente tonada “anti catalanista”.
Lo mío, una nadería, salí con un tenedor y llovía sopa.
martes, 30 de agosto de 2011
Almodóvar, Garci, Woody Allen, Luppi y la política
Recuerdo cuando Almodóvar aún me divertía. Bueno, sus películas. Las disfrutaba sorprendido por el despliegue de absurdos e irreverencias, el desprejuicio. Hasta esperaba con ansia, allí, en Buenos Aires, el anuncio de la próxima. Eso hasta La Mala Educación. Ya aquí, en España. Sus claroscuros se volvieron demasiado oscuros, para mi gusto. Claro que ver en Argentina, como veía, las pelis del manchego, era transportarse a una España delirante, colorida, snob, estrafalaria; costumbrista pero no solemne, simpática casi…y uno después conoció la verdadera, y en voz de sus protagonistas auténticos, la de los ochenta-noventa. No tan divertida y con estragos perpetrados por el “caballo” y el Sida. Aquella España que observábamos, por ejemplo, en Mujeres al borde de un ataque de nervios, contrastaba con otro cine y otra España: la de Solos en la Madrugada, de José L. Garci, desde luego que por el contenido y la forma, la estética, el lenguaje, y no porque Garci no tuviese genio para tener su propio sello, que lo tiene, claro. A tal punto que es un clásico. Y Pedrooooo, no lo era. La diferencia en su momento era como la de escuchar a un talentoso concertista de piano y a un músico como Johnny Rotten, de los Sex Pistols. La misma. De hecho Almodóvar era un punky más. Luego, para mí, se volvió un clásico. Ya es un clásico. Trata de ser punk pero el esmoquin no cuadra. Y lo que antes era puro desparpajo se convirtió en un discurso ácido, pero resentido. Sin ninguna gracia. Peor aún, sin magia. Y eso para el cine es fatal. Cambio el tono de burla por uno de revancha, la ironía a veces grotesca, por el grotesco sin ironía alguna. Le pasó como a muchos grandes artistas: se acercaron demasiado al fuego de la política…y se quemaron. No hay nada más patético que ver un gran transgresor contribuyendo al discurso oficialista. Sea del signo que sea. Por qué esto no le sucede, por ejemplo, a Woody Allen. Sí, las diferencias son muchas, que sí, que sí…pero por qué –diría Mourinho-. Porque su talento jamás se ha dejado arrastrar por los cantos de sirenas ideológicas. Mucho menos partidistas. Y su crítica, su burla, su ironía no tiene prejuicios…se ríe de sus miedos, sus raíces, su entorno, y de sus prejuicios. Esa era una de las cosas que me encantaban de Almodóvar: el desprejuicio.
Es inevitable que hallemos reiteraciones en todos los autores a través del tiempo, pero eso no los hace menos brillantes. Es más, suele ser parte de la trayectoria y de su propio aprendizaje, del que luego resultan obras sublimes. Son como ondas que oscilan de arriba hacia abajo. Ojalá que la curva, para mí, hoy descendente de Almodóvar no demore demasiado en volver a subir. Quizá un cambio de gobierno en España le de nuevos bríos.
Un caso que me afecto mucho en su momento –y me duele rememorarlo-, fue el de Federico Luppi. Y por dos motivos en particular, uno: es argentino, como yo; y dos: es un actor que admiro desde joven. Quedó como la cara de una operación política, con la que podía simpatizar, por supuesto, pero no encabezar. Es el día de hoy que lo mencionan como el del “cordón sanitario”. Aquí, llevo casi diez años ininterrumpidos en España, no hay una guerra civil para tomar partido tipo “combatiente internacionalista”. La estrategia política de un partido para monopolizar el poder, estigmatizando a los opositores, es una estrategia válida en tanto no se recurra a la violencia, pero Federico había llegado, como el mismo relató en varios reportajes, después de haber sido literalmente esquilmado por el “corralito”, el cual no fue sino producto de gobiernos como el de Menem que realizaron, entre otras, privatizaciones salvajes que vaciaron al país. Muchas de las cuales las hicieron con empresas españolas en épocas de Felipe González (Telefónica, Repsol, etc, etc.). Bien por España, mal por Argentina. Pero por qué un argentino como vos, Federico, con la relevancia de tu trayectoria, con tu talento, tiene que venir a España a hacerle el caldo gordo a un sector político. Sos actor, un pedazo de actor. Quizá, es mi opinión, uno de los mejores de Argentina, y para mí, también es mi opinión, claro: te usaron.
Visceral y honesto, campechano y sin medias tintas, te dejaron como al “Chavo” cuando todos hacían silencio de golpe. Quedó tu cara y tu voz en una actitud francamente fascista: “hay que hacer un cordón sanitario”. Es decir, enfrente, quizá no te lo dijeron, había un electorado de más de diez millones de personas a las que “ni agua”. Un alcalde dijo no hace mucho, “esos tontos de los cojones que votan a…”. Después de muchos años de ser alcalde de la misma ciudad acaba de perder las elecciones. Y además, sos argentino, como yo ¿qué derecho tenemos a decirle a los españoles qué hacer o no hacer? Sí además, llegamos como llegamos…Vos con el bagaje de ser un referente artístico –por eso te usaron-, y yo, como cientos de miles, para laburar en lo que sea…Tenía ganas de decirlo –y decírtelo- desde hace tiempo, aunque soy un simple admirador de tu trabajo. Nada más.
Volviendo al tema del cine y la política, hace poco leí en twitter, a propósito de un evento de documentalistas mejicanos, el siguiente twitteo, en parte una invitación a concurrir a dicho evento: “El cine es para denunciar”. Así, sin que se les caiga un pelo. No me pude resistir y les contesté: “eso es como decir: el sexo es para procrear”. No me respondieron. Como buenos marxistas, ateos, eran religiosamente fundamentalistas, y lo mío les habrá parecido una herejía. Digo yo.
Es inevitable que hallemos reiteraciones en todos los autores a través del tiempo, pero eso no los hace menos brillantes. Es más, suele ser parte de la trayectoria y de su propio aprendizaje, del que luego resultan obras sublimes. Son como ondas que oscilan de arriba hacia abajo. Ojalá que la curva, para mí, hoy descendente de Almodóvar no demore demasiado en volver a subir. Quizá un cambio de gobierno en España le de nuevos bríos.
Un caso que me afecto mucho en su momento –y me duele rememorarlo-, fue el de Federico Luppi. Y por dos motivos en particular, uno: es argentino, como yo; y dos: es un actor que admiro desde joven. Quedó como la cara de una operación política, con la que podía simpatizar, por supuesto, pero no encabezar. Es el día de hoy que lo mencionan como el del “cordón sanitario”. Aquí, llevo casi diez años ininterrumpidos en España, no hay una guerra civil para tomar partido tipo “combatiente internacionalista”. La estrategia política de un partido para monopolizar el poder, estigmatizando a los opositores, es una estrategia válida en tanto no se recurra a la violencia, pero Federico había llegado, como el mismo relató en varios reportajes, después de haber sido literalmente esquilmado por el “corralito”, el cual no fue sino producto de gobiernos como el de Menem que realizaron, entre otras, privatizaciones salvajes que vaciaron al país. Muchas de las cuales las hicieron con empresas españolas en épocas de Felipe González (Telefónica, Repsol, etc, etc.). Bien por España, mal por Argentina. Pero por qué un argentino como vos, Federico, con la relevancia de tu trayectoria, con tu talento, tiene que venir a España a hacerle el caldo gordo a un sector político. Sos actor, un pedazo de actor. Quizá, es mi opinión, uno de los mejores de Argentina, y para mí, también es mi opinión, claro: te usaron.
Visceral y honesto, campechano y sin medias tintas, te dejaron como al “Chavo” cuando todos hacían silencio de golpe. Quedó tu cara y tu voz en una actitud francamente fascista: “hay que hacer un cordón sanitario”. Es decir, enfrente, quizá no te lo dijeron, había un electorado de más de diez millones de personas a las que “ni agua”. Un alcalde dijo no hace mucho, “esos tontos de los cojones que votan a…”. Después de muchos años de ser alcalde de la misma ciudad acaba de perder las elecciones. Y además, sos argentino, como yo ¿qué derecho tenemos a decirle a los españoles qué hacer o no hacer? Sí además, llegamos como llegamos…Vos con el bagaje de ser un referente artístico –por eso te usaron-, y yo, como cientos de miles, para laburar en lo que sea…Tenía ganas de decirlo –y decírtelo- desde hace tiempo, aunque soy un simple admirador de tu trabajo. Nada más.
Volviendo al tema del cine y la política, hace poco leí en twitter, a propósito de un evento de documentalistas mejicanos, el siguiente twitteo, en parte una invitación a concurrir a dicho evento: “El cine es para denunciar”. Así, sin que se les caiga un pelo. No me pude resistir y les contesté: “eso es como decir: el sexo es para procrear”. No me respondieron. Como buenos marxistas, ateos, eran religiosamente fundamentalistas, y lo mío les habrá parecido una herejía. Digo yo.
domingo, 28 de agosto de 2011
"Viejbook" Como el aroma del pan
Es maravilloso como una melodía o una fragancia nos transporta en el tiempo. Suficiente con un par de acordes, unos pocos compases…y el entorno cambia de tal modo que podríamos quedarnos parados a observar hasta el mínimo detalle de un momento que creíamos enterrado para siempre en los confines del olvido. Momentos sin nada de trascendencia aparente: una calle en plena tarde de enero rumbo hacia algún sitio; cómo daba el sol contra los muros de aquellos edificios; la temperatura; el aire apenas perceptible.
Nada. Absolutamente nada especial. Sólo el tiempo. Aquel tiempo. El nuestro, recién comenzado. Nada más, nada menos.
Por lo general el viaje se realiza a ciertas estaciones de la juventud. Es lo recurrente. El lugar común de la nostalgia. Casi nunca a la niñez. A ese tren nos suben los psicoanalistas. O la muerte. El regreso al que nuestro inconsciente está dispuesto a retornar, y para eso usa todo tipo de triquiñuelas, es la juventud.
Ahora además de los sentidos mencionados, tenemos la vista. Ver. Ver, por ejemplo, en Facebook una foto que “colgó” un nuevo “amigo”. Que no es otro que aquel viejo compañerito con el que nos dimos algunas piñas y unos cuantos abrazos, y con el que no nos despedimos nunca. Simplemente dejamos de vernos. Y que ahora nos encontró la vida a través de la red.
Impresionante. Ni en las mejores fantasías de ciencia ficción imaginamos este futuro.
Y ahí estamos –en la foto-, uniforme y peinado, y formación. Está la chiquita que no me daba ni la hora, y la otra que sí me daba bola pero no me gustaba para nada. El flaquito alto que traía un mazo de barajas pequeñitas para el truco del recreo; el otro, que se compraba un alfajor pero se lo comía en la casa, eso decía, porque merendaba solo; ¡el “colorado”! que tenía una nube de pibas atrás de él, y él, meta hacer tonterías y gracietas de mal gusto, como mear detrás de las estufas, que con la temperatura, ya se sabe, eso se vuelve un hedor insoportable. Pero cuanto más guarango más parecía divertir a su séquito. El grupo de los “intelectuales” era muy reducido, y tampoco tenía mucha influencia sobre nadie. No, yo no pertenecía a ese grupo. Eran bastantes engreídos, y despectivos con los que pertenecíamos a un sector social con menor poder adquisitivo. Bah, pobres. Y se notaba en nuestros zapatos. Algo que el uniforme obligatorio del colegio no podía disimular. Bueno, yo, además, jugaba al fútbol en el recreo, así que mi calzado tenía un desgaste doble. Eso sí, aunque para mis hijos soy –y fui-, un patadura, grité muchos goles. ¡Y qué goles!
Pero me fui del tema. La foto. Y de la música. Esto también me recuerda un cuento: “El sonido de un trueno”, de Ray Bradbury –uno de mis escritores favoritos-. Solo podemos mirar. El pasado. No podemos alterar ni la más mínima partícula de ese momento. Y si fuese así, como en el cuento, el futuro, o sea nuestro presente podría ser muy distinto, para peor.
Uno de los problemas de esta recreación virtual de nuestras existencias es que evita mostrarnos –o no la queremos ver- la circunstancia en la que decidimos lo que decidimos, y no hay melodía ni fragancia que nos aproxime lo suficientemente cerca para decir: “Ah! Claro, fue por tal o por cual…”. No hay “rewind” como en los viejos “walkman”, en los que oíamos esas canciones que hoy nos recuerdan ¡qué eran los walkman!
A veces me pasa que al observar como un intruso aquellos momentos, me siento como un fantasma, ese del que nos reíamos: “¿Hay alguien aquí? Buhhhh”, decía alguno en esas noches en las que de aburridos nomás nos sentábamos alrededor de una mesa con la tabla Ouija, o una copa boca abajo, un “sistema” más humilde para convocar almas en pena. “Que son ángeles”, “Que no, que son demonios”…Si alguien se hubiese atrevido a decir que éramos nosotros mismos treinta y tantos años después, merodeándonos, lo hubiésemos tratado como a un loco. Seguro.
Sin embargo prefiero sentirme un viajero, más que un fantasma.
Que además era algo que ilusionaba de niño. No necesito música ni fragancia, ni foto, para recordar el día en el que en el triciclo de dos asientos lo invité a mi vecino, Jorgito –sí, mi tocayo-, el tanito –por ser hijo de italiano, en España le llaman así a los gitanos-, lo invité, decía, ¡a recorrer el mundo! Ni más ni menos. Por suerte nos encontró un albañil que trabajaba en mi casa: estábamos a punto de cruzar una ruta, no casualmente llamada de la muerte ¡y con un triciclo! Me imagino la cara que habrá puesto aquel tipo al ver a esos dos niños a punto de ¡suicidarse! Nos salvó las vidas, seguramente.
A mi pobre amigo le dieron una típica paliza italiana, y a mí unos cuantos tirones de oreja y reclusión en el fondo del patio. A ese tiempo me lleva casi siempre el aroma del pan, ese aroma de pan recién horneado.
P/D: De mi último “viejbook” recibí críticas de mis “contables” lectores. Cosa que me alegra: lo leyeron. Pero, está claro que hay mucho más. Por supuesto que hay mucho más. Tanto como personas que circulamos en internet. Y también las que no están allí.
Nada. Absolutamente nada especial. Sólo el tiempo. Aquel tiempo. El nuestro, recién comenzado. Nada más, nada menos.
Por lo general el viaje se realiza a ciertas estaciones de la juventud. Es lo recurrente. El lugar común de la nostalgia. Casi nunca a la niñez. A ese tren nos suben los psicoanalistas. O la muerte. El regreso al que nuestro inconsciente está dispuesto a retornar, y para eso usa todo tipo de triquiñuelas, es la juventud.
Ahora además de los sentidos mencionados, tenemos la vista. Ver. Ver, por ejemplo, en Facebook una foto que “colgó” un nuevo “amigo”. Que no es otro que aquel viejo compañerito con el que nos dimos algunas piñas y unos cuantos abrazos, y con el que no nos despedimos nunca. Simplemente dejamos de vernos. Y que ahora nos encontró la vida a través de la red.
Impresionante. Ni en las mejores fantasías de ciencia ficción imaginamos este futuro.
Y ahí estamos –en la foto-, uniforme y peinado, y formación. Está la chiquita que no me daba ni la hora, y la otra que sí me daba bola pero no me gustaba para nada. El flaquito alto que traía un mazo de barajas pequeñitas para el truco del recreo; el otro, que se compraba un alfajor pero se lo comía en la casa, eso decía, porque merendaba solo; ¡el “colorado”! que tenía una nube de pibas atrás de él, y él, meta hacer tonterías y gracietas de mal gusto, como mear detrás de las estufas, que con la temperatura, ya se sabe, eso se vuelve un hedor insoportable. Pero cuanto más guarango más parecía divertir a su séquito. El grupo de los “intelectuales” era muy reducido, y tampoco tenía mucha influencia sobre nadie. No, yo no pertenecía a ese grupo. Eran bastantes engreídos, y despectivos con los que pertenecíamos a un sector social con menor poder adquisitivo. Bah, pobres. Y se notaba en nuestros zapatos. Algo que el uniforme obligatorio del colegio no podía disimular. Bueno, yo, además, jugaba al fútbol en el recreo, así que mi calzado tenía un desgaste doble. Eso sí, aunque para mis hijos soy –y fui-, un patadura, grité muchos goles. ¡Y qué goles!
Pero me fui del tema. La foto. Y de la música. Esto también me recuerda un cuento: “El sonido de un trueno”, de Ray Bradbury –uno de mis escritores favoritos-. Solo podemos mirar. El pasado. No podemos alterar ni la más mínima partícula de ese momento. Y si fuese así, como en el cuento, el futuro, o sea nuestro presente podría ser muy distinto, para peor.
Uno de los problemas de esta recreación virtual de nuestras existencias es que evita mostrarnos –o no la queremos ver- la circunstancia en la que decidimos lo que decidimos, y no hay melodía ni fragancia que nos aproxime lo suficientemente cerca para decir: “Ah! Claro, fue por tal o por cual…”. No hay “rewind” como en los viejos “walkman”, en los que oíamos esas canciones que hoy nos recuerdan ¡qué eran los walkman!
A veces me pasa que al observar como un intruso aquellos momentos, me siento como un fantasma, ese del que nos reíamos: “¿Hay alguien aquí? Buhhhh”, decía alguno en esas noches en las que de aburridos nomás nos sentábamos alrededor de una mesa con la tabla Ouija, o una copa boca abajo, un “sistema” más humilde para convocar almas en pena. “Que son ángeles”, “Que no, que son demonios”…Si alguien se hubiese atrevido a decir que éramos nosotros mismos treinta y tantos años después, merodeándonos, lo hubiésemos tratado como a un loco. Seguro.
Sin embargo prefiero sentirme un viajero, más que un fantasma.
Que además era algo que ilusionaba de niño. No necesito música ni fragancia, ni foto, para recordar el día en el que en el triciclo de dos asientos lo invité a mi vecino, Jorgito –sí, mi tocayo-, el tanito –por ser hijo de italiano, en España le llaman así a los gitanos-, lo invité, decía, ¡a recorrer el mundo! Ni más ni menos. Por suerte nos encontró un albañil que trabajaba en mi casa: estábamos a punto de cruzar una ruta, no casualmente llamada de la muerte ¡y con un triciclo! Me imagino la cara que habrá puesto aquel tipo al ver a esos dos niños a punto de ¡suicidarse! Nos salvó las vidas, seguramente.
A mi pobre amigo le dieron una típica paliza italiana, y a mí unos cuantos tirones de oreja y reclusión en el fondo del patio. A ese tiempo me lleva casi siempre el aroma del pan, ese aroma de pan recién horneado.
P/D: De mi último “viejbook” recibí críticas de mis “contables” lectores. Cosa que me alegra: lo leyeron. Pero, está claro que hay mucho más. Por supuesto que hay mucho más. Tanto como personas que circulamos en internet. Y también las que no están allí.
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